Camino a Etiopía

Pero ella vivía ahora en un país que pocas personas sabían localizar en el mapa. “En el cuerno de África, en la mitad superior, en la costa oriental… la parte que parece la cabeza de un rinoceronte y mira hacia la India”, solía explicar (Abraham Verghese, Hijos del Ancho Mundo)

Estaba hecho a la idea de que me iba a hartar de zapatos. Nunca me han interesado, pero no puedo evitar que mi mirada se fije en esa parte ante la incómoda cercanía de un extraño, justo enfrente, en los asientos de espera de los aeropuertos. Los zapatos son aburridos y discretos, no desatan salvo los cordones, nada que ver con las delatadoras caras, los gestos, los largos suspiros, la imaginación de averiguar un destino, un sueño, una rutina, una esperanza de sorpresa en quien te espera o quien se ausenta en la llegada.
Observé los míos, igual de reveladores. Podría ir a cualquier sitio del mundo. Diferente sería si el interesado me mirase a la cara. Advertiría señales claramente fijadas desde hace meses, desde el día en que a un “nos vamos” le siguió el “¿nos vendrás a ver, no?” Pregunté si allí llegaba algún autobús directo de los Amarillos, pero a cambio me encontré con dos transbordos, sólo dos y suerte me decían, y un comandante turco. “¿Desde cuándo los turcos tienen fama de buenos pilotos?; haciendo kebabs mira, pero llevando un avión”, me preguntaba desde el día que les confirmé mi próxima llegada.
El plan era el siguiente, diseñé: cogería el primer elefante libre que me llevase hasta el centro y me refugiaría en lo primero que se me pareciese a un bar, desde donde mandaría las coordenadas. No iba a esperar en el aeropuerto. Había que convenir que era mejor plan que aquel con otros amigos del JFK. “¿Dónde nos encontramos?” “Nos vemos en la máquina de la coca-cola”.
En la espera, tenía que ahuyentar mis temores, y no sólo el de un preventivo ataque kurdo a bordo. Decidí que quizá sería más fácil saltar a un león que correr sin rumbo. Asumí la delgada línea que separa a un blanco muy blanco casi transparente de ser considerado un Dios o un avío del puchero en un país de 67 millones de negros. Y sobre todo razoné que, si debía ir al baño en algún bar, nunca, y me insistí mucho en eso, nunca dejaría que mi afán competitivo me llevase a participar si alguno de los presentes improvisaba un concurso de a ver quién la tiene más grande.
Reafirmadas mis precauciones, tuve tiempo de pensar en los anfitriones y en su envidiable y sana locura. Me sorprendí de que escasearan en mi memoria recuerdos de cada uno por separado, aunque no habían pasado tantos años desde que se conocieron. De algún modo más o menos indirecto, había participado en aquella relación. Él era un gacelilla que saltaba alegremente por la redacción de un periódico y atrajo la mirada de ella, la antílope. No mucho tiempo después ella refrendaría esta versión de la historia. “¿Y a ti qué fue lo que más te gustaba de él?” “A mí, el cuello”. Le tenía sentado delante y se relamía al imaginarse un día asaltando a aquella rizada presa. Con ayuda o sin ella, el cervatillo picó el anzuelo y desde entonces, cual avatares de la vida, se formalizó una profunda unión entre coleta y colita.
Esperar es más liviano en compañía, tracé en mi plan de vuelo. Cada pareja tiene sus momentos y, sobre ellos, sus recuerdos. No tienen por qué ser los mismos, ni éstos tienen que ser idénticos a los que los demás tenemos. Para mí, hubo un momento clave en el que bendije la relación, más allá de sus exhibicionistas arrumacos, a veces infantiles, otros casi romboides. Los detalles que a unos se nos escapan y ven los otros. Y fue el día en que ella también probó y accedió a comer con zumo de tomate, como hacía él. Uno ya no andaría sin el otro.
Mientras preparaba mi camino, reconocí que a ninguno de los dos les había visto mejor antes. La felicidad es esquiva. Hay ocasiones, y todos podemos recordar alguna, en que nos sentimos hasta culpables. Eres tan feliz que de repente te estremeces al asaltarte la idea de que un final puede estar cerca y deseas con todas las fuerzas que nadie te lo arrebate. Será miedo o el animal instinto humano de supervivencia, de que no todo está hecho y podemos incluso temer a los mejores momentos de nuestra vida.

De camino a un país ajeno, hay tiempo no sólo para fijarse en los zapatos extraños. También para pensar. En los buenos momentos. Ya me recreo en ellos incluso antes de que hayais partido y sin que ninguno de nosotros aún haya dejado pasar las horas, pensando, en algún aeropuerto. Todos los pasos de nuestros caminos están por dar y estoy seguro de que pronto volveremos a vernos. Nos imagino andando juntos, descalzos, felices, riendo, si desde el cielo miro abajo al árido desierto. Distingo nuestras figuras entre el matorral pardo que, a kilómetros de altura, da la bienvenida a la empinada escarpadura que anuncia la exuberante y montañosa meseta de Etiopía.

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3 Respuestas a “Camino a Etiopía

  1. Por una vez te corrijo para decirte que él no era una gacelilla, sino todo un señor jefe de planta en la redacción del periódico… Salvo ese matiz, es precioso lo que has escrito, como siempre!

  2. AAAWWWWWWWWW qué bonito, sí señor!!! y, además, dejas constancia de tu inminente visita a la ciudad de la nueva flor!!! CÓMO TE VAMOS A ECHAR DE MENOS!!! Encima, tendremos que cambiar el zumo de tomate por vino de miel o cualquier otro invento amarico…
    UN BESO ENORME

  3. Fuentes, lo bordas, con puntilla y todo!!!! la verdad es que con estos dos mamíferos que emigran a tierras africanas me pasó lo mismo: en gran parte de los recuerdos que tengo de ellos aparecen los dos juntos. Todavía recuerdo a la meri contando los acercamientos a su presa, los juegos iniciales, el no saber si sí o no.., precioso Antonio, de verdad, y suerte (desde la envidia, claro), a los viajeros!!!!

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