La chica indecisa y el sabor de los helados

A esas horas pensaba que era la persona más desdichada del planeta. Volvía a casa tras más de diez, quizá doce, horas de trabajo. Un asesinato tétrico a media tarde de un domingo desemboca en la madrugada para un redactor de periódico, que no huele a sangre, sino a tinta. Los bares en los que se agolpaban por la mañana los invitados a las bodas, padrinos y novios, echan ahora el cierre. Sólo queda abierta la heladería de la esquina, la más afamada de la ciudad dicen, y tengo hambre. En el interior, sólo una cliente. No me sorprenden los harapos de sus ropas, ni lo sucio de su pelo, ni siquiera que esté descalza. Son sus ojos, y no hace falta que me miren. Analizan, escrutan, diría que adivinan los sabores de los helados. No se decide ante la inquieta mirada de las dependientas. Sólo mira. Sus ojos recorren cada sugerente nombre, cada llamativo color, deleita cada cucharada. Demasiados sabores para tan pocas oportunidades, pienso.
A ella no la localizo, creo que no la he visto antes. Ni es de las que pasan las mañanas en la plaza, ni es de las que duermen por la noche en los soportales. Veo cada día al hombre de la barba y el perro fiel. Siempre sentado en la esquina, medio arrodillado. No pide, no habla, no ruega al que pasa, tan sólo mira al frente. Me dijo un taxista que es buena persona, que sufrió una desgracia. A unos metros cae inerte otro hombre, de más larga barba enmarañada. Un día amenazó con tirarme una litrona cuando pasaba por su lado y desde entonces le guardo distancia. Cada mañana amanece, mínimo, con unos cinco cascos de cerveza vacíos. “No sé como vive aún, está fatal ¿te has fijado en las rodillas?”, advertimos hace unos días. A unos metros duerme una señora en un fortín de cartones. Si estuviera detrás del mostrador de una mercería o un quiosco, por ejemplo, no extrañaría. Lo que da miedo e inquieta es verla a la intemperie. Unos pasos adelante se sienta un belga, justo enfrente del payaso, que por ser pelirrojo me solidaricé, recuerdo, y un día le di cuando pedía. De eso hace dos años, y ahí sigue. No es que con mi limosna fuera a comprarse un yate, pero iluso pensé en aquel momento que puede que ayudase y poco a poco saldría de la calle. Ahora es duro pasar al lado y hacerse el despistado, como si fuera a reprochármelo. “Oye, ¿y hoy por qué no?” O ayer, o antes de ayer. A los de la otra acera no les pongo cara, transito poco por aquel extremo y, si lo hago, ya están dormidos.
No voy a decir para quedar bien que he tenido alguna acción altruista, he hablado con alguno de ellos o me he interesado por sus vidas. Soy sólo un viandante y esto no es un reportaje. Todos los que van por ese camino hacia el centro los conocen y, sin embargo, son los más desconocidos de la ciudad. Duermen al lado de mi casa, y seguro que nuestros sueños no son distintos.
Pero ahora el único deseo es un helado de chocolate. Ella entonces repara en mi presencia, sería más riguroso decir que en mi preferencia, y compruebo cómo la medita. Chocolate. Quizá sea eso lo que busque, lo que complete la noche, lo que esta vez le apetezca. Dejo la heladería y todavía no se ha pronunciado. Baño la desdicha de un día difícil en el helado. Cuando mañana amanezca llegarán los nuevos y viejos proyectos, los encuentros postergados, el sueño aplazado, quizá hasta otro helado. Seguro que si ahora no hubiera escrito esto, pese al cansancio, mañana ya no me acordaría. Ella para entonces quizá recuerde el sabor elegido. Espero que haya acertado (y no haya elegido el de mascarpone, no sé a la gente por qué le ha dado por ahí).

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3 Respuestas a “La chica indecisa y el sabor de los helados

  1. Del chocolate dicen lo que dicen. Acertaste, sí.

  2. Es que el de mascarpone es el mejor. No tiene comparación, especialmente el de esa heladería. Inconmensurableeeee!!!!! Mmmmmmmm. Ahora se me ha antojado un helado.

  3. Antoñito, no has perdido facultades, se nota que te ha sentado bien el verano (nene, a ver cuando te pasas por alguna quedadilla cervecera, que contigo no hacemos afición).

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