Tú, yo, me, mi, contigo

Echa la vista diez años atrás, ¿te reconoces? Ahora remóntate quince, o veinte años. ¿Qué tienes en común? ¿Y entre ellos? Si pudieras hablar con tus antiguos tú, los consejos más interesantes se los darías al de más edad, previniéndole de lo más cercano, y con el otro, más enano, os divertiríais jugando a los parecidos, embobados mirándoos uno al otro. No somos los de antes, ni seguramente aquellos se imaginaban que iban a ser como eres ahora.
He echado un vistazo a mis notas de párbulo, de cuando tenía cinco años. Es un papel amarillo que conservo plegado entre las páginas de un libro tras la sorpresa de su hallazgo hace unos tres o cuatro años. Ese pequeño-antiguo yo quería mostrarse orgulloso ante sus padres y así lo evaluaba su profe de preescolar: “Ha progresado desde el principio hasta ahora de una forma espectacular ¡Les felicito!”. Reconozco a ese crío. Le cuesta arrancar, se impone la meta de no decepcionar a los demás y concluye exhausto y aliviado. También identifico a mi ex yo en los tres cates, donde necesita mejorar: No utiliza la plastilina de manera creativa (lo mío no han sido nunca las artes manuales), no recorta y pega con destreza (ídem) y no diferencia el concepto espacial derecha-izquierda (profecía temprana de otro concepto futuro, el político).
Estas torpezas se reproducen en mi segundo ex yo, el adolescente. En artes manuales, mis porros eran auténticas trompetas. Recortar los golpes y pegar tampoco se me dio bien en las peleas de pandilla, yo era más de fuerza moral. Y por mi dislexia, creo que se retiró mi profesor de autoescuela (“gire la primera a la derecha, ¡he dicho a la derechaaaaaaaaa!”). Pero en otras cosas, iba mejorando. A ése yo no le importaba tanto lo que pensaran los demás, ni siquiera sus padres, y pronto comenzaría a tomar sus propias decisiones. Estudiaría lo que le apeteciera, probaría, descubriría, arriesgaría y viviría a su manera.
Esta regresión de la que hablo adquiere sentido ante un inminente acontecimiento: dejo mi pisito de soltero.
Puede que dentro de diez años, mire atrás y me vea, al yo de ahora, recogiendo sus pertenencias para disponerse a empezar una nueva etapa. De ahí que dé importancia a la criba de objetos y demás que desecharé y nunca volverán y a aquellos otros que decidiré me acompañen en adelante.
Las cortinas, aunque las donase mi madre, se quedan fuera. “Son antiguas”. “¿Estás llamando antigua a mi madre?” “A tu madre no, a las cortinas”. Está bien. Lo de la ropa a los pobres ha sido cosa mía. Alguna le cabría a mi ex yo de hace diez años, al actual no, compruebo. Me veo a los indigentes de la calle Imagen vestidos en dos días con camisetas sin mangas y pantalones rajados por las rodillas.
Asunto más delicado. Con las revistas porno, ¿qué hago? Mi ex yo adolescente lo tiene claro. Ábrase aquí un capítulo aparte.
Puede que se dé el caso de que algunos seres humanos masculinos conserven algunos ejemplares de este tipo de revistas (no necesariamente duras, algunas pseudo eróticas) desde su más tierna adolescencia, como recuerdo de aquel periodo de iniciación. Años atrás, constituían un preciado tesoro entre sus congéneres. Pasaron los años ocultos a ojos extraños, en un altillo o entre las toallas por ejemplo, algunas de ellas han sobrevivido incluso al olfato inquisidor y omnipresente de una madre, y a pesar de que pudieran haber perdido su utilidad original, desprenderse de este material deja siempre un pozo de melancolía. Esas chicas, se entienda o no, fueron las primeras confidentes de nuestras fantasías y ahora por el simple hecho de irse a vivir con una real, no tienen por qué verse abocadas al frío destierro. No hay deseo, son como nuestras primas. Con dos tallas más de sujetador y sin aparatos, pero como si fueran de la familia. “He decidido donarlas a una biblioteca”, decido generoso. “Puedes hacer lo que quieras, si quieres te las quedas”. Pero ya he decidido desprenderme de ellas, no me acompañarán.
Ha sido un golpe duro, no puedo ceder más. “¡El cacharro de poner velas que me regaló mi amigo Juan se viene!“. Negocio sin rival, ella ni siquiera sabe de qué estoy hablando. Entonces reculo: “La verdad es que tampoco a mí me gusta demasiado, ni siquiera lo he utilizado, además hace como ocho años que no veo a mi amigo Juan”. “Pues ponle una vela a ver si aparece”, masculla. Sólo quiere que la deje dormir.
Hago un repaso de las cosas materiales que quiero llevarme de este piso. La verdad, es que ni siquiera llego a contar con los dedos de una mano las que mi yo futuro puede echar en falta. No es eso lo importante.

Por eso convocadas todas las versiones, concluimos que hay que seguir adelante, una nueva etapa. Lo hemos decidido no por lo que se espera de nosotros, sino porque así lo hemos querido. Sin nadie que nos evalúe, nos fuerce o nos indique la dirección. Progresamos adecuadamente, pensamos. En el nuevo piso nos reuniremos aquellos que fui, lo que soy, lo que seré y tú. Espero que haya sitio.

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3 Respuestas a “Tú, yo, me, mi, contigo

  1. profundamente entristecida te escribo. pense que eras mi chico perfecto. pwero en vista de que no lo seré, desecho mis extraños pensamientos. ja ja. bueno en realidad cuadno staba leyendo esto hice una expresion de sorpresa. fue muy emocionante gritar “ehhhh???” y que nadie a mi alrededor me escuchara. pero segui leyendo. y como siempre me gusto muho lo que leí. no se que decir. tal vez felicidades. o feliz navidad. o feliz 2011. y pues este blog tiene toda la onda. en mi lenguaje coloquial. te quiero mucho nadamas porque escribes bonito. ya. de mi parte es todo. me despido.

  2. Muchísima suerte en tu nueva etapa. A tu ex tu, a ti y a ella os irá genial. Mis mejores deseos

  3. Me gusta lo que escribes…..Me identifico en algunos parafos de tus historias. Todas son muy buenas pero yo me sigo maravillando con la teoria de las aceitunas….Pues aun no e conocido a la chica que todo lo sabe…jejej un saludo y no cambies

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