Manhattan-morfosis

Me ciega el primer rayo de sol que entra por la ventana. Dicen que se trata de un paréntesis: volverán las nevadas y la ciudad quedará de nuevo sepultada bajo un manto blanco. ¿Por qué he patinado como un pato estos días pasados con destinos no siempre claros y ahora que está soleado me quedo encerrado escribiendo en un (cuco) apartamento del Lower? Trataré de explicar el cambio, la transformación, la new yorker actitud, la manhattan-morfosis.
De todos es conocido que cada país tiene sus costumbres, sus modos de hacer, sus way of life, y entre los visitantes hay quien se adapta más o menos a ellos.
El principio pintó bien. Recién llegado del aeropuerto, la primera cerveza no tardó mucho en llegar, para ir aclimatando el cuerpo. Fue en un garito del Lower East con un dibujo de los Kiss en la fachada. Country, generosos escotes y cuatro pantallas con retransmisiones deportivas. Podría acostumbrarme.
Pero los primeros desajustes culturales no tardarían en llegar. Al día siguiente, bajé a desayunar. De muchos es conocido que servidor, con sólo un café, puede empalmar cuatro raves sin dormir, por lo que uno de mis primeros retos pasaba por pedir un café para llevar a las newyorkinas maneras, eso sí, descafeinado. “I want a coffe without coffe”, me lancé con mi inglés de Muzzy y quizá aún influido por el jet lag. Segundo intento: “I want a coffe without, without caffeine, like cocacola to sleep”.
No fue hasta el tercer intento cuando reparé en que el camarero posiblemente me comprendiera mejor en español, porque era básicamente primo hermano de El Puma. Así fue y él me enseñó cómo tomar algo calentito los próximos días sin riesgo de que me suba con los nervios a algún rascacielos. “Discoffe”, le entendí de primeras, lo que me torció el gesto porque me sonó a algo como café para discapacitados, para los que no aguantan el tirón de un buen café y me sentí herido en mi orgullo masculino, pero luego le entendí y me tomé el litro y medio de ‘dicoffe’ que me puso con un baggel, el mejor invento que he probado hasta ahora.
Lo peor aún estaba por llegar, porque en los capítulos decisivos para llegar a la manhattan-morfosis iba a tener que luchar contra mis dos déficits de personalidad históricos y ganar a la nación más poderosa con la que jamás me haya enfrentado y que aún me esperaba en Nueva York (ver capítulos anteriores): los coreanos, más en concreto, las coreanas.
Uno de mis déficits históricos es superar la atracción que me causa la palabra ‘descuento’ o en este caso ‘sale’ (la tarjeta de crédito sí que se `sale’ de órbita) y que me llevó a gastarme cien euros en calzoncillos en el Century, en el distrito financiero. Ir a NYC a comprarse calzoncillos no es muy espectacular, pero se me entenderá cuando en un rato relate mi experiencia llevando leotardos. Mi segundo déficit de personalidad pasa por que me digan: te puedes echar lo que quieras, es decir, buffet libre, porque ahí se desata un aspecto de mi personalidad que me lleva a experimentar, a probar sabores, a cómo pegará esto con aquello, y a crear, pocas veces suculentos manjares, las más de las ocasiones desafíos culinarios para la humanidad.

Sara es más de sopita de puchero con pringá

Esto pasó al entrar en un bar de esos de comida rápida y bocadillos gigantes tras cinco horas de andar (si se le puede llamar así) bajo la nieve. Para paliar el esfuerzo, me dije: voy a comer algo contundente y pedí un bocata de bacon, queso y huevo. “Lo siento señor, desayunos hasta las once”, me contestaron. Me invitaron a continuación a ponerle al bocata lo que deseara. Y yo que soy muy de mis cosas, dije “bacon, queso y huevo” y, de nuevo henchido mi orgullo, añadí pollo takisaki, cebolla y “¿eso qué es? Ah, pues guindillas”, esperando que alguna alarma sonara avisando “por fin, hay un valiente entre nosotros”, pero el tío me seguía mirando como si aquello fuera el entrante, un bocata Light.

EEUU en homenaje a los caídos por su fast food. Yo ya me veía ahí en medio con mi banderita del cádiz

Media hora después, creo, empezó la transformación. Creí que mi antiguo yo se moría y daba paso a otro. En mi estómago algo se movía y no iba a ser bueno. Tenía más grasa en las arterias que un cochino. El espíritu hipocondríaco de Woody Allen me poseía. Juré que sólo comería ensaladas de aquí en adelante, implorando clemencia, pero la manhattan- morfosis había comenzado. Los leotardos para aguantar el frío en esta ciudad nevada se convertían en mi segunda piel, aunque no daban más de sí.

Cuando conseguí respirar, ya era un auténtico newyorker. Entonces me reconocieron las coreanas. En mi anterior visita al MOMA, fui yo quien seguí a una y vi lo que ella quiso ver. Me la tenían guardada y esta vez son ellas las que me siguen a mí. Veo coreanas por todas partes y no hay manera de zafarme de ellas. De todos los varones es conocido que una visita al MOMA es ideal para: 1.- decir, esto lo pinto yo con los huevos y 2.- quedarte mirando absorto una de las obras de arte que pasan por allí, poner cara de interesante y rezar porque alguna se crea tu fingido interés y comience una conversación. Pero a mí sólo se me acercaron coreanas dormidas. En grupo. Y cuando intentaba ver algo, allí las tenía delante del cuadro haciéndose fotos.

ésta iba en plan amelie (para los detractores de mi fotografía: o sacaba la cabeza al enano y la coreana o a washington)

No sólo allí. En un supermercado me quedé alelado viendo cómo la gente se servía fruta de unos estantes, para imitarles yo a continuación, cuando una voz a mi espalda dijo “gai, i´m going to work”, que traducido es algo así como “maricón, deja de estorbar que me tienes hasta el coño”. Cuando me di la vuelta, sí, no podía ser otra.
Reconozco que esto sólo acaba de comenzar y que la transmutación es aún incipiente. Ni yo mismo puedo aún adivinar hacia dónde me conducirá. Por ahora me he comprado un reloj Kenneth Cole (no he llevado reloj en 31 años), duermo en una colchoneta en el suelo como los newyorkers, ya no me despierto con las sirenas de la Policía y ansío que llegue el fin de semana para ir juntos al puente de Brooklyn (y a los grandes almacenes de Nueva Jersey con sus ‘descuentos’, ‘sales’ y ‘your credit card is on fire’). También habrá tiempo de emborracharse a las newyorkinas maneras y buscar el mejor buggle de la ciudad, en el Upper East. Volveré pronto, así que, ladrones, abstenerse de entrar en mi piso, si no quereis ser sorprendidos por este auténtico Newyorker.

si quieres ser un auténtico newyorker, fijate en todos los complementos (yo voy así por la calle y ni me sacan coplillas ni ná)

Nota del autor: Quizá por evitar a las coreanas hoy escribo y aún no he salido a la calle, pese a que hoy no nieve y haya menos frío. Otra de las razones es que Sara me ha encargado hacer la colada en una de esas tiendas tan misteriosas llenas de lavadoras y que, seguro, no voy a saber utilizar y escribir es casi la única razón que tengo para librarme. Otra es que no puedo quitarme los leotardos parta lavarlos después de mi manhattan-morfosis; he cogido unos kilos y me rozan los muslitos. También temo porque la nieve, hoy hielo, vuelva a empaparme los calcetines, y por coger un resfriado por el sitio más insospechado, porque a pesar de los cero grados, mantengo mi costumbre española de ir enseñando la rajilla cada vez que me agacho. Y otra es que ayer vimos el musical de Spiderman y me recordó tanto a mí (un superhéroe en leotardos en Nueva York, con enemigos tan feos) que he preferido ponerme a contar historias. No obstante, ha comenzado a nevar. Es hora de volver a vivir otras 24 horas en NYC.

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4 Respuestas a “Manhattan-morfosis

  1. De todos los varones es conocido que una visita al MOMA es ideal para: 1.- decir, esto lo pinto yo con los huevos. “Genial”.

    Déjate de bocadillos raros. Tu eres más de berenjenas, estés en el Lower ese o donde sea.

    Esos leotardos dan casi el mismo repelus que el día que te vi con falda.

  2. Prueba a correr desde Broadway hasta Central Park y tendrás dos cosas: una experiencia inolvidable y que los leotardos se ajusten convenientemente. Una ciudad nueva vista desde unas zapatillas de correr, y marinada con sudor de verdad, la puede convertir en más tuya que otra cosa. Asi invertirás tu manhatan-morphosis: no será la ciudad quién te transforme, serás tú quien transforme a la ciudad.

  3. CONGRATULATIONS!

  4. Antonio, mucho sin leerte… lo que me estaba perdiendo. Eres mu grande, espero que lo sepas. Un beso enorme

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