Si Félix siguiera vivo…

Si hace unos años, incluso unos meses, hubieran proyectado un video en el que se me viera un sábado por la noche inserto entre un grupo de biólogos discutiendo apasionadamente sobre las extrañas costumbres migratorias de la malvasía cabeciblanca, una de dos: hubiera atribuido las imágenes a un montaje o habría denunciado mi secuestro.

le quitas el rimel y esto con patatas no te creas tú que...

Sin embargo, y antes de que a los del wikileaks les dé por destapar mis oscuras confidencias pajareras, confirmo que es cierto. Mientras en una pantalla del restaurante ponían fútbol, del Madrid para ser exactos antes de la debacle, allí estaba servidor inquieto ante las vicisitudes diarias de esa especie de pato medio mariquita de pico azul y otros de sus congéneres amenazados como el avetorillo común, la garcilla cangrejera o sin duda, el que más entusiasmo provocaba entre los comensales, el zarapito real.
No me he vuelto loco, media sonrisilla me asomaba de vez en cuando. La veracidad de la escena se explica en la pérdida de interés por otra clase de fauna, la política, que me ha llevado en las últimas semanas a escaparme allí donde me llamen a hacer reportajillos de bichos complejos y casi extintos que sortean las dianas de los cazadores, justo en el lado contrario en mis preocupaciones de los simples y numerosos políticos que persiguen ser el centro del objetivo de los informadores.
Para uno que no es de montaña ni por asomo, el primero de los desafíos es imaginarse cuánto de frío puede hacer en lo alto de una cumbre en los Picos de Europa. Hasta un oriundo gaditano puede imaginarse la respuesta: Un güevo.
Después de la última experiencia de subir a lo más alto de Sierra Nevada en chanclas porque era junio y así lo dicta el proverbio (un gaditano no se quita las chanclas de mayo a octubre), considero que debo equiparme adecuadamente para la aventura. Así que echo en la maleta todos los calcetines disponibles y un pijama de esos gorditos, de franela. ¿Algo más? Pues sí, según todos los expertos consultados, me hace falta un chubasquero, un chaquetón que me tape el culo o un plumífero, un forro polar, un gorro, una bufanda, unos guantes y unas botas de montaña. Aun así vestido de oso de las nieves no se me garantiza que no me congele, y me dicen eso a mí, que soy tan friolero que creo que el único especimen en este mundo que no pasa frío es el pollo asado.

adivina adivinanza: averigüen quién es el tío de cádiz

Apunte aparte merece el tema del calzado, uno de mis déficits históricos. Porque, ¿cómo se explica que vaya a una zapatería el día de antes a la partida y pida al dependiente muy convencido “unos zapatos para ir al campo”? Así, como si al día siguiente me fuera al cortijo a estrenar mis náuticos mientras cabalgo a mi Babieca. Diez minutos, el tiempo que evité matarme montado en sus resbaladizas suelas por la plana calle Imagen, fueron suficientes para cerciorar lo que todo el mundo presuponía al ser informado de la compra: con eso te despeñas al primer risco que veas.
Ni cabe decir lo que hubieran pensado los paisanos de las montañas lebaniegas, con barba espesa de nido de pájaro y vara de avellano, si me ven intentando subir a la montaña en náuticos. Gracias a los sufridos asesores de última hora pude acudir a la cita como se merecía: equipado como una barbie montaña.

atención: los prismáticos se venden por separado

Todo para contribuir a que con el artículo se salve de la extinción el pájaro más feo que la humanidad haya visto en su vida, el quebrantahuesos, que éste por lo menos tiene un ojo demoníaco y da más vidilla para escribir que el afeminado malvasía cabeciblanca, que sólo le faltan mis náuticos para que lo fiche el Sálvame.

no es tan feo, es que tiene el pelo mojao

Así lo expuse en la cena junto a los biólogos, quienes para mi suerte también relataron las experiencias de los pastores de las montañas con los buitres, los rebecos, los osos, y sobre todo, los sanguinarios lobos. En Asturias o Cantabria tienen un debate interesante y humano: si se ponen al lado de los ecologistas y sus políticas de protección de las especies para conseguir el equilibrio ecológico o pasan de literatura verde y al primer bicho que vean al lado de sus corderos le pegan un tiro. Durante la cena, una manada de lobos mató a diez ovejas de un pastor conocido y hubo gabinete de crisis, lo que para mi suerte desvió la atención depositada sobre malvasías y demás.
Ya de vuelta, montado en otro AVE y en clase preferente, que uno es pajarero pero pasajero con glamour, volvimos a avistar a la folclórica fauna autóctona. Un ex ministro que vuelve al nido de la Junta a la caza de la enésima subvención y a la ex presentadora estrella de Canal Sur con su rebaño de aduladoras, que no pararon de gritar en las dos horas y media de viaje mientras el pasaje deseaba verla a la sombra de un ciprés mejor que a la de un pino. Por cierto, que habría que definir si fumar un cigarro de plástico con una espesa nube de humo de mentirijillas es dañino para la naturaleza o sólo para la salud mental de la afectada. Si el amigo Félix Rodríguez de la Fuente levantase la cabeza, no me cabe duda, volvería a apasionarse por los animales que pasan de los amiguismos y no van en AVE.

Autónomos

En la cantidad de trabajos que existen, ninguno me agrada lo bastante como para decir: yo me dedicaría a eso toda la vida. No. Yo me dedicaría toda la vida a algo que no sea trabajar o a hacer lo que me diera la gana en cada momento. Que quiero escribir, escribo. Que quiero tumbarme a la bartola, me tumbo. Que quiero escribir tumbado con la bartola al lado. Pues eso.
Otra cosa es que haya que trabajar, por cojones, que es lo que nos pasa a la mayoría de los humanos. Entonces hay que buscarse algún trabajillo con el que no doblarla mucho y que te parezca soportable para el resto de la vida diaria. Otra cosa, y de esto versará lo que a continuación se sucede, es que se elija un trabajo para ligar, cosa que de primeras puede sonar frívola e inmadura, pero que se tiene en cuenta más de lo que pudiera pensarse, sobre todo, si el sujeto que piensa es un tío.
Vale que quien esté libre de culpa tire la primera piedra y que puede ser que conozca a uno que eligió Periodismo porque pensaba que aquello iba a estar lleno de tías. Vale. Lo admito. Otra cosa es que me imaginara que iba a estar lleno de tías buenas. Ahí ya no estuve tan fino, pero algo se podía rascar. En lo que erré de pleno fue en el precipitado pensamiento de que eso de ser periodista le iba a molar a las tías. No sé de qué chistera me lo saqué, pero ni rastro del conejo.
Porque hoy, después de tantos años, puedo concluir y concluyo, que con eso de decir que eres periodista no te comes un rosco. Nada. Recuerdo al menos una decena de ocasiones en que me han presentado, exhibido y a veces elogiado con el título de “éste es mi amigo, periodista” y no recuerdo sin embargo ni un “mmmm, qué interesante” a cambio. Ellas se quedan tan panchas y, a veces, incluso se les nota un poco cara de asco. Eso si no vienen ya de fábrica con ‘caradeasco’, como he leído a unos colegas que califican así a las tías que van a discotecas con ‘caradeasco’ desde que salen por la puerta de su casa.
Lo que se consigue hay que currárselo, pero lo del título, ni fu ni fa. Entonces pienso en los curros que tiene que haber por ahí con los que se tiene que ligar un montón. El que se lleva la palma y todos los chiquillos de 13 años hemos soñado ser alguna vez de mayor es uno en concreto que ahora que soy mayor y lo pienso me da un poco de reparo y me surgen dudas sobre si será para tanto o no. Ginecólogo. Cierto es que te dan el trabajo hecho, eso sí, tocar teta tocas, pero ligar no sé yo. Luego están los clásicos, bombero, astronauta, futbolista, trabajos de esos en los que te arriesgas la vida o ganas mucho dinero, señuelos irresistibles.
Pero lo que definitivamente no me creo y un amigo insiste en convencerme es que se ligue por los bares diciendo que eres electricista. Vale que lo seas, por mí guay, pero que te hinches a ligar con eso ni de coña.
“Pues tiene su público”, dice. “Un carajo que tú te comas”, respondo en el lenguaje de la tierra, para que lo entienda. “Hombre, así a pelo electricista no, yo digo que soy empresario”. Y me enseña una tarjetita. “Ah bueno, eso ya es otra cosa”, concedo. “Bueno, más que empresario, yo pongo que soy autónomo”. Estoy por decirle que no lo diga tan alto, no vaya a ser que sólo con mencionar la palabra (‘Autóooonomo’) se le vayan a caer las bragas al grupo de chavalas que está al lado.
“Entonces un periodista con sus cuatro o cinco años de carrera no se come un colín con su título, ni es guay ni mola ni nada, y un electricista que va por ahí diciendo que es autónomo, que no puede ser la palabra más estúpida, se lo come to”, resumo a mi colega, que asiente con la cabeza y bendice mis palabras como si fueran lo más cierto que se ha escuchado nunca en este mundo. “Ahora sí que te vas al carajo”, doy por finalizada la conversación, ya no quiero escuchar más gilipolleces. El tema está zanjado. “Autónomo, pues más te vale que te sepas valer por ti mismo que te vas a hartar de autoconocerte por las noches…”, insisto 20 minutos más tarde.

Huelga de corbatas

(A quien interese)

Vaya por delante que no apoyo la huelga general. En los últimos días he leído, meditado y dialogado sobre los cientos de matices a favor y en contra de apoyar la protesta. He aplacado mi responsable espíritu de hormiguita fatigona que pone el trabajo por encima de casi todas las cosas para analizar si me quedaba quieto, parado, este 29-S y tras decidir que no la secundo, hoy me he reafirmado en lo acertado de mi (personal) decisión.
Porque esta mañana he visto miedo, y en eso no me permito ser cómplice. El del chino de la esquina apostado en, valga la redundancia, otra esquina, vigilante. El del comercio con la puerta entornada, con el frutero, quiosquero, empleado, que atiende desde la calle. Y el miedo de los de las corbatas, esa especie que inunda la ciudad a diario y que hoy se la han dejado en casa por temor a ser reconocidos como trabajadores. “Nos lo ha recomendado el jefe, para evitarnos problemas por la calle”, me ha comentado un amigo de una oficina cercana. Y me he preguntado, ¿tiene que tener el trabajador miedo de quien dice que le representa?
Vaya por en medio que no me fío ni en pintura de un sindicalista de CCOO y UGT. No me vale lo que hicieron o lograron hace 20 años, sino lo que hacen ahora y me da por pensar que sólo se representan a ellos mismos y, cuando les viene en gana, apelan a un sentimiento de espíritu colectivo y reivindicativo para ganar a masas de las que, mañana, si te he visto no me acuerdo. Lobos con piel de borregos. ¿Quién me quita la sensación de que todo esto no es una pantomima para justificar su marchamo de defensa de la clase proletaria, que todo está pactado con el Gobierno y que, cuando hagan unos matices en la reforma la semana que viene, seguirán dándose besitos? Cómplice del miedo y del paripé, ya van dos razones para justificar mi no.
Luego, en los piquetes, he visto el espíritu borrokero de una con bandera en mano que, mañana, volverá a su puesto de trabajo en el PSOE a ganar su buen sueldo conseguido por su papi. Y me he preguntado, ¿y la coherencia? ¿Por qué será que los que más ganan son los que están más preocupados de que les echen? ¿Tan poca confianza tienen en que hacen bien su trabajo y que su sueldo es merecido? Van tres, ni soy cómplice del temor, del seguidismo ni de la incoherencia personal.
Entonces he visto a los políticos. Y me he preguntado, ¿para una vez que se preocupan de lo realmente importante, el trabajo, vamos y los trabajadores no trabajamos? Salga bien o mal la reforma, es distinto y nadie puede predecir si será bueno o malo, así que habrá esperar que sea mejor de lo que ya tenemos, que todos se lo saltan a la torera: políticos, sindicatos y empresarios. “Por favor, no demonicen a los sindicatos”, dicen. Todos juegan en el mismo tablero.
Entre los políticos andábamos los periodistas, algunos, los de prensa escrita, agencias, que no estábamos convocados a la huelga hoy, sino ayer. ¿Para qué? Para que mañana puedan salir retratados. ¿Estamos en un escalón inferior que el resto de trabajadores? ¿Qué problema había en que mañana no haya periódicos porque hoy esos periodistas, como el resto de la población, estábamos ejerciendo el legítimo derecho?
Sólo nos quieren para su provecho y, como no voy a ser cómplice de la amenazante, impersonal y mediática convocatoria de huelga general de estos sindicatos, hoy, ayer y mañana trabajo, que eso con suerte me lo gané, gano y seguiré ganando yo solito. Y no me pongo corbata, porque no necesito que nada ni nadie me apriete el cuello. Salvo cuando yo quiero, claro.

La chica indecisa y el sabor de los helados

A esas horas pensaba que era la persona más desdichada del planeta. Volvía a casa tras más de diez, quizá doce, horas de trabajo. Un asesinato tétrico a media tarde de un domingo desemboca en la madrugada para un redactor de periódico, que no huele a sangre, sino a tinta. Los bares en los que se agolpaban por la mañana los invitados a las bodas, padrinos y novios, echan ahora el cierre. Sólo queda abierta la heladería de la esquina, la más afamada de la ciudad dicen, y tengo hambre. En el interior, sólo una cliente. No me sorprenden los harapos de sus ropas, ni lo sucio de su pelo, ni siquiera que esté descalza. Son sus ojos, y no hace falta que me miren. Analizan, escrutan, diría que adivinan los sabores de los helados. No se decide ante la inquieta mirada de las dependientas. Sólo mira. Sus ojos recorren cada sugerente nombre, cada llamativo color, deleita cada cucharada. Demasiados sabores para tan pocas oportunidades, pienso.
A ella no la localizo, creo que no la he visto antes. Ni es de las que pasan las mañanas en la plaza, ni es de las que duermen por la noche en los soportales. Veo cada día al hombre de la barba y el perro fiel. Siempre sentado en la esquina, medio arrodillado. No pide, no habla, no ruega al que pasa, tan sólo mira al frente. Me dijo un taxista que es buena persona, que sufrió una desgracia. A unos metros cae inerte otro hombre, de más larga barba enmarañada. Un día amenazó con tirarme una litrona cuando pasaba por su lado y desde entonces le guardo distancia. Cada mañana amanece, mínimo, con unos cinco cascos de cerveza vacíos. “No sé como vive aún, está fatal ¿te has fijado en las rodillas?”, advertimos hace unos días. A unos metros duerme una señora en un fortín de cartones. Si estuviera detrás del mostrador de una mercería o un quiosco, por ejemplo, no extrañaría. Lo que da miedo e inquieta es verla a la intemperie. Unos pasos adelante se sienta un belga, justo enfrente del payaso, que por ser pelirrojo me solidaricé, recuerdo, y un día le di cuando pedía. De eso hace dos años, y ahí sigue. No es que con mi limosna fuera a comprarse un yate, pero iluso pensé en aquel momento que puede que ayudase y poco a poco saldría de la calle. Ahora es duro pasar al lado y hacerse el despistado, como si fuera a reprochármelo. “Oye, ¿y hoy por qué no?” O ayer, o antes de ayer. A los de la otra acera no les pongo cara, transito poco por aquel extremo y, si lo hago, ya están dormidos.
No voy a decir para quedar bien que he tenido alguna acción altruista, he hablado con alguno de ellos o me he interesado por sus vidas. Soy sólo un viandante y esto no es un reportaje. Todos los que van por ese camino hacia el centro los conocen y, sin embargo, son los más desconocidos de la ciudad. Duermen al lado de mi casa, y seguro que nuestros sueños no son distintos.
Pero ahora el único deseo es un helado de chocolate. Ella entonces repara en mi presencia, sería más riguroso decir que en mi preferencia, y compruebo cómo la medita. Chocolate. Quizá sea eso lo que busque, lo que complete la noche, lo que esta vez le apetezca. Dejo la heladería y todavía no se ha pronunciado. Baño la desdicha de un día difícil en el helado. Cuando mañana amanezca llegarán los nuevos y viejos proyectos, los encuentros postergados, el sueño aplazado, quizá hasta otro helado. Seguro que si ahora no hubiera escrito esto, pese al cansancio, mañana ya no me acordaría. Ella para entonces quizá recuerde el sabor elegido. Espero que haya acertado (y no haya elegido el de mascarpone, no sé a la gente por qué le ha dado por ahí).

Verdades universales

El Hawking lía un sindiós y los seres humanos nos quedamos huérfanos en este mundo sin verdades universales, ésas que sólo pueden ser así y no de otra manera. El Hawking, tan chulito él, va y dice que probablemente Dios no existe, y ahora a ver quién ha hecho todo lo que anda, salta o gatea por aquí, sin Creador que lo cree ni lo creará. Yo, a estas alturas de siglo, algo me sospechaba, pero como no quiero dármelas de resabiado, no voy a quitarle méritos al chaval. Si no hay Dios, reflexiono, han estado unos cuantos años tomándonos el pelo, a los humanos digo, aunque hay que reconocer que a los guionistas la Biblia les quedó chula. Como no hay Dios que nos diera unos mandamientos, habrá que inventarse unos nuevos, me pongo a ello. Mientras tanto, para no lamentarnos de que la Verdad Absoluta ya no es tan verdad, propongo otras más actualizadas para los próximos siglos que seguro no tienen discusión y que he recopilado este último fin de semana:

1-Todo el mundo cree que una buena forma de ligar es preguntar en un bar “perdona, ¿sabes adónde se puede ir después de esto?” Verdad, verdad absoluta. Un clásico del género varón. A medio camino entre el carácter informativo y la intención aviesa. Sin riesgo y sin compromiso de meter la pata, sin necesidad del comentario ingenioso ni de la demostración de habilidades. Vas, te acercas, lo sueltas y punto. Qué más da que vivas en la calle de al lado y que te sepas el historial de cada uno de los bares de esa ciudad, desde el día que lo abrieron hasta cómo se llamaban los dos que había antes. Y si preguntan de dónde eres y se te escapa “yo, de aquí, de toda la vida”, ni siquiera quedas mal ni se preguntan si eres un monje con permiso de fin de semana. Por eso se quedará para siempre como lo que es, y no puede ser de otra manera, una verdad absoluta para intentar ligar.

2-Todos los tíos de pueblo creen que los que llegan de fuera tienen más probabilidades. Verdad, verdad absoluta. Como tío de pueblo, lo confirmo. Como tío que ha estado en decenas de otros pueblos, no lo confirmo tanto. Pero es universal que si hablas con los autóctonos de una población, siempre pensarán que las oriundas se fijan en lo desconocido, así el tío lleve los ojos atados a los cordones. El de pueblo lo sabe, porque ha sido así toda la vida y así seguirá siendo.

3-Todos los turistas hacen cosas raras. Verdad, verdad absoluta. El otro dí vi a dos guiris poniéndose delante de dos caballos de policía para echarles unas fotos. No lo habrían visto nunca y los caballos estuvieron a punto de levantar las patas con el revuelo y llevárselas por delante. Estoy seguro de que si voy a ver camellos o elefantes, el que está con la cámara debajo de las patas soy yo. Así somos los turistas.

4-Todo el mundo ha escuchado a un cantautor en su casa. Verdad, verdad absoluta. Son progres, lloricas, pagafantas aporreando una guitarra. Vale, pero los has escuchado. El mejor cantautor es un cantautor muerto. Vale, pero se te ha pegado esa jodida canción. Canta de pena y no entiendes que la gente diga que tiene unas letras cojonudas. Vale, pero un día te descubres cantándola en la ducha y, al día siguiente, buscas el disco y te lo pones. En tu casa, donde nadie te ve.

5-Todas las personas de este mundo piensan que su madre es la más pesá del globo terráqueo. Verdad, verdad absoluta. Pues no llevan razón. La más pesada es la mía.

6-Las tías del PP son las que están más buenas. Verdad, verdad absoluta. Esto aún está a prueba de algunas validaciones, pero transcenderá a la posteridad como una verdad absoluta. Digan lo que digan, si las más pijas, si las que tienen más tiempo para arreglarse, lo que sea, todo el mundo coincide y así lo proclaman a quien quiera enterarse: las tías del PP, oé, oé, oé.

7-En todas las películas que salga Leonor Watling, se la zumban. Verdad, verdad absoluta. No creo que alguien vaya únicamente a ver una película por si sale esta señorita, ahora, si surge que esté en el reparto, teta ves fijo. Me dio este finde por ver la de Lope, hubiera preferido muerte, y al menos me tranquilicé cuando la vi aparecer de secundaria por allí. A la media hora, cronometrado como en toda película española, pumba.

8-Todas las mujeres saben cuando les están mirando el culo. Verdad, verdad absoluta. No soy mujer, pero según mis amigas, esto es cierto. Tienen al menos la discreción de no decirte cuando eres tú el que lo está mirando, que es de agradecer, pero si compartes que un tío te cae mal, dirá: “Ese tío es un salío, me miró el culo”. Pondrás cara de “ayqueverconel tio” y la vida seguirá su curso, ignorante de que saben que tú también lo has hecho. Valga el sitio para decir, chicas del mundo, que sí, a todas os hemos mirado el culo.

9-No te has casado hasta que cambias el estado en el Facebook. Verdad, verdad absoluta. Ha quien tiene más amigos en la red que en la red-alidad, así que es lógico. ¿Quien va a invitar a más de mil amigos al convite? Así que cuando el mundo realmente se entera de las cosas es cuando lo haces saber por donde se saben las cosas. Puedes estar un año contándoselo a los amigos, pero amigo, hasta que no lo publiques en el Facebook, no cuenta.

10-Lo que sientes por él/ella, se sabe cuando lo/la ves durmiendo. Verdad, verdad absoluta. Pues eso, me está entrando sueño.

No te fíes de las chicas que piden fuego en un bar, eso es de los 80, y otras historias para no dormir (cosas que no hacer en Córdoba)

Madrugada de sábado. Ciudad de Córdoba.

Llega, elige, ¿vence? Todos los dioses que este mundo ha conocido saben que, a la hora de salir de noche, mi prioridad la tendrán aquellos bares en los que me guste su música y que tengan a bien reservarme al menos una baldosa por si me apetece moverme y un centímetro cuadrado de aire por si me apetece respirar. Salvo una excepción: que sea verano. Entonces, al menos una noche, sacrifico mis principios por, ábrase de nuevo corchete, ver chicas pijas en su apogeo estival que una vez al año no hace daño y alguna otra cosa que ahora no recuerdo. En Córdoba ciudad, diría que casi en todas las ciudades, tienes dos opciones: o vas a los bares que sabes que te gustan pero no hay ni cristo, o vas a los bares que les gusta a las tías pijas y que están llenos, llámense en esta ocasión bares del Vial Norte. Nadie ha muerto por intentarlo…

Las solteras ni enteras ni se enteran. Tomada esta opción, apúntate dos cosas. Lleva billetes, las copas no bajas de los siete euros, y lleva tapones en los oídos para la música. No hará falta que te los quites cuando se aproxime un grupo de chicas. Uno, porque no van a hablarte. Dos, porque en el caso de que lo tú lo hagas, no van a escucharte. Puede que se dé el caso de que huyendo de la masa que se agolpa, uno, de chicos en torno a la barra, dos, de forzudos que se pavonean en torno a un grupo de tías buenas que no les echan ni puta cuenta, subas por una escalera de lo que parece una zona VIP y consigas aire. Da igual que a ese recóndito lugar al que nadie te ha invitado lleguen hasta tres grupos distintos de despedidas de soltera, en total, casi 50 chicas y que los únicos que se parezcan a un ejemplar hombre en metros a la redonda seáis tú y tu colega. Ellas no repararán en vuestra presencia, ni siquiera cuando les hablas, así que relájate y disfruta. Eres el hombre invisible.

La teoría del jarrón chino. Dicen que las cordobesas, por lo general, son guapas y complicadas. De lo que no me cabe duda es que antes de salir de casa no han dejado nada a la improvisación, al menos las chicas que van al Vial Norte. Da igual si tienen 14 años. Ellas quieren correr rápido, saltarse los tiempos y ser mayores, ya. Pienso que quizá tengan más presente la última vez que se pasaron con la raya de los labios que de aquella otra que, despreocupadas, se mancharon las manos de chocolate con un helado. Es Córdoba e ir siempre guapas tiene un precio. Apunta, la primera vez que hables a una desconocida te mandará a la mierda. Si sigues intentándolo, correrás la misma suerte. Si tienes tanta confianza en tus habilidades que vuelves a por una tercera, suerte. Las chicas en el vial son como un jarrón chino, bellas, pero no te atrevas a tocarlas o algo te romperán.

La chica a la que habría que prender con un bidón de gasolina. Suerte que generalizar es sinónimo de errar. No todas las chicas son iguales y siempre hay alguna simpática con la que se pueda hablar, sin intención de más. Rodeando la manzana, a la espalda de las terrazas del vial, hay un pequeño Long Rock, cueva de transeúntes y maleantes. El único lugar fiable donde llevaría a mi chica. Los vaqueros gastados ganan a los cinturones-falda. Allí incluso puedes tener la oportunidad de que una mujer mayor, con experiencia, de la que ha recorrido mundo y se le nota en la cara, quiera ligar contigo. “¿Perdona, tienes fuego?”. Sí señor, así se ligaba a finales de los 80 y así se lo aprendió ella. “Este sitio está muy bien, viene gente de nuestra edad”. Sí señora, ella sí que sabe subirte la autoestima. El Long Rock te da al menos media hora de conversación con una mujer curtida en la vida, no como esas niñas que van de perfectas una esquina atrás. Es un bar popular y cabe de todo, aunque a veces eso se note en la selección musical. Imagino a los de la barra diciéndose por el pinganillo: “¡Rápido!, quitad al Nino Bravo que los heavys se nos están durmiendo”. Heterogéneo y, por lo tanto, recomendable.

No me eches que (aún) llevo chanclas. Como el Long Rock grande esta cerrado no sé por qué leches nos explicaron de la licencia municipal, puedes tener la intención de querer entrar en uno que está en la esquina y que reconocerás por la cola enorme de gente que siempre lleva anexa en la puerta, el Góngora. La primera vez pasamos de largo en busca de mejor suerte en el Underground y similares pero, oh temeraria ignorancia, puede darte por pensar que si allí va la gente es porque algo tendrá y decidirás probar suerte una vez más. Tanta dedicación le pusimos al empeño que nos chupamos media hora de cola. Apúntate para tu visita a Córdoba no ser de Cádiz, porque los porteros no comprenden que, un gaditano que se precie, se pone las chanclas el 1 de mayo y se las quita el 1 de octubre. Así que será que en esta ciudad no somos un must de temporada.

La última copa, siempre en casa. Error cometerás, anota, no sólo en esta ciudad sino en todas, si ante un imprevisto como el que no te dejen entrar en un bar, reclamas venganza. Te vengarás si buscas otro bar abierto para la última copa, sí, pero contra tu hígado, que el pobre no ha hecho nada más que acompañarte. No recuerdo el nombre del último bar, así podría llamarse ésta y otras de mis letras, así que hasta aquí llegó esta guía de una remota visita a Córdoba con el deseo de que, en un futuro cercano, se sucedan los próximos capítulos.

Olepa-pel

A partir de mañana 15 de julio, el Olepapa se publicará en los periódicos del Grupo Joly, en sus ediciones de Sevilla (Diario de Sevilla), Huelva (Huelva Información) y Granada (Granada Hoy) a la espera de que se sumen otros diarios de la empresa que me da de comer. Con muchas novedades¡¡

Y en los próximos días y sólo durante verano, me mudo a http://blogs.grupojoly.com/ole-papa/ (ya disponible). Espero contar con la fidelidad  que me habeis demostrado durante todo este tiempo, ahora que el blog se abre a nuevos y desconocidos lectores. Temblando estoy…

Muchos besos