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No te fíes de las chicas que piden fuego en un bar, eso es de los 80, y otras historias para no dormir (cosas que no hacer en Córdoba)

Madrugada de sábado. Ciudad de Córdoba.

Llega, elige, ¿vence? Todos los dioses que este mundo ha conocido saben que, a la hora de salir de noche, mi prioridad la tendrán aquellos bares en los que me guste su música y que tengan a bien reservarme al menos una baldosa por si me apetece moverme y un centímetro cuadrado de aire por si me apetece respirar. Salvo una excepción: que sea verano. Entonces, al menos una noche, sacrifico mis principios por, ábrase de nuevo corchete, ver chicas pijas en su apogeo estival que una vez al año no hace daño y alguna otra cosa que ahora no recuerdo. En Córdoba ciudad, diría que casi en todas las ciudades, tienes dos opciones: o vas a los bares que sabes que te gustan pero no hay ni cristo, o vas a los bares que les gusta a las tías pijas y que están llenos, llámense en esta ocasión bares del Vial Norte. Nadie ha muerto por intentarlo…

Las solteras ni enteras ni se enteran. Tomada esta opción, apúntate dos cosas. Lleva billetes, las copas no bajas de los siete euros, y lleva tapones en los oídos para la música. No hará falta que te los quites cuando se aproxime un grupo de chicas. Uno, porque no van a hablarte. Dos, porque en el caso de que lo tú lo hagas, no van a escucharte. Puede que se dé el caso de que huyendo de la masa que se agolpa, uno, de chicos en torno a la barra, dos, de forzudos que se pavonean en torno a un grupo de tías buenas que no les echan ni puta cuenta, subas por una escalera de lo que parece una zona VIP y consigas aire. Da igual que a ese recóndito lugar al que nadie te ha invitado lleguen hasta tres grupos distintos de despedidas de soltera, en total, casi 50 chicas y que los únicos que se parezcan a un ejemplar hombre en metros a la redonda seáis tú y tu colega. Ellas no repararán en vuestra presencia, ni siquiera cuando les hablas, así que relájate y disfruta. Eres el hombre invisible.

La teoría del jarrón chino. Dicen que las cordobesas, por lo general, son guapas y complicadas. De lo que no me cabe duda es que antes de salir de casa no han dejado nada a la improvisación, al menos las chicas que van al Vial Norte. Da igual si tienen 14 años. Ellas quieren correr rápido, saltarse los tiempos y ser mayores, ya. Pienso que quizá tengan más presente la última vez que se pasaron con la raya de los labios que de aquella otra que, despreocupadas, se mancharon las manos de chocolate con un helado. Es Córdoba e ir siempre guapas tiene un precio. Apunta, la primera vez que hables a una desconocida te mandará a la mierda. Si sigues intentándolo, correrás la misma suerte. Si tienes tanta confianza en tus habilidades que vuelves a por una tercera, suerte. Las chicas en el vial son como un jarrón chino, bellas, pero no te atrevas a tocarlas o algo te romperán.

La chica a la que habría que prender con un bidón de gasolina. Suerte que generalizar es sinónimo de errar. No todas las chicas son iguales y siempre hay alguna simpática con la que se pueda hablar, sin intención de más. Rodeando la manzana, a la espalda de las terrazas del vial, hay un pequeño Long Rock, cueva de transeúntes y maleantes. El único lugar fiable donde llevaría a mi chica. Los vaqueros gastados ganan a los cinturones-falda. Allí incluso puedes tener la oportunidad de que una mujer mayor, con experiencia, de la que ha recorrido mundo y se le nota en la cara, quiera ligar contigo. “¿Perdona, tienes fuego?”. Sí señor, así se ligaba a finales de los 80 y así se lo aprendió ella. “Este sitio está muy bien, viene gente de nuestra edad”. Sí señora, ella sí que sabe subirte la autoestima. El Long Rock te da al menos media hora de conversación con una mujer curtida en la vida, no como esas niñas que van de perfectas una esquina atrás. Es un bar popular y cabe de todo, aunque a veces eso se note en la selección musical. Imagino a los de la barra diciéndose por el pinganillo: “¡Rápido!, quitad al Nino Bravo que los heavys se nos están durmiendo”. Heterogéneo y, por lo tanto, recomendable.

No me eches que (aún) llevo chanclas. Como el Long Rock grande esta cerrado no sé por qué leches nos explicaron de la licencia municipal, puedes tener la intención de querer entrar en uno que está en la esquina y que reconocerás por la cola enorme de gente que siempre lleva anexa en la puerta, el Góngora. La primera vez pasamos de largo en busca de mejor suerte en el Underground y similares pero, oh temeraria ignorancia, puede darte por pensar que si allí va la gente es porque algo tendrá y decidirás probar suerte una vez más. Tanta dedicación le pusimos al empeño que nos chupamos media hora de cola. Apúntate para tu visita a Córdoba no ser de Cádiz, porque los porteros no comprenden que, un gaditano que se precie, se pone las chanclas el 1 de mayo y se las quita el 1 de octubre. Así que será que en esta ciudad no somos un must de temporada.

La última copa, siempre en casa. Error cometerás, anota, no sólo en esta ciudad sino en todas, si ante un imprevisto como el que no te dejen entrar en un bar, reclamas venganza. Te vengarás si buscas otro bar abierto para la última copa, sí, pero contra tu hígado, que el pobre no ha hecho nada más que acompañarte. No recuerdo el nombre del último bar, así podría llamarse ésta y otras de mis letras, así que hasta aquí llegó esta guía de una remota visita a Córdoba con el deseo de que, en un futuro cercano, se sucedan los próximos capítulos.

Llámame Monse

Si yo fuera Dios / y tú me pidieras mi vida / quieres saber lo que haría / fijate lo que te digo, escucha, mira / que sin dudar ni un momento / te juro por mí, te juro por Dios / que te la daría (Yosi)

Estudiar en un colegio salesiano ofrece algunas ventajas. Fomenta la imaginación, para camuflar los pecadillos en el confesionario. Si robas en las tiendas de chuches, escoges al cura más viejo y dices muy rápido “me peleé con mi hermano, dije palabrotas, discutí con mi madre y de los mandamientos, el siete”. Avemaría, dos crucecitas y a correr libre de culpa camino otra vez de la tienda.
También tiene una salida laboral de futuro, si le coges afición a eso de ser monaguillo. Por mi casa aún hay una foto de cuando encabecé la procesión de María Auxiliadora, con polito de pico, llevando el incienso. Veinte años intentando hacerla desaparecer y ella librándose milagrosamente de la quema.
Te hace más fuerte, por las continuas peleas entre niños y más salío, porque rezas por ver a una chica. Descubres antes para qué sirven los atributos masculinos que Dios te ha dado y vuelves a desatar la imaginación con qué le habrán puesto a las chicas, esos seres inhóspitos que salieron de una costilla, lo que hacía preguntarme de cuál huevo había salido la gallina.
Y es muy válido también si, ya una vez currando, necesitas infiltrarte en una congregación religiosa y pasar desapercibido. Nos desayunamos una mañana con que De la Vega iba a “revisar” los privilegios que tiene la Iglesia, comenzaba la cruzada socialista. La llamada de la agencia en los madriles no se hizo esperar. “¡¡Queremos a Amigo Vallejo antes de que cante el gallo¡¡”. “¿Vivo o muerto?”, pregunté a los histérica mafia que siempre iba con bullas. Despúes de la campaña que le hicimos para que fuera Papa de Roma, me había ganado la confianza de algunas personas cercanas al cardenal arzobispo de Sevilla, así que me chivatearon por dónde iba a pasearse esa mañana.
Iba a visitar con los obispos de todas las diócesis andaluzas las obras de la Iglesia de El Salvador. Blanco y en fumata, me dije, y salí corriendo a hacer guardia hasta que llegasen los prelados. Casi tres horas estuve, ayudó que en el sitio las cervecerías estaban abiertas, cuando al fondo de la plaza adiviné la llegada de la misiva apostólico romana. Ya había engatusado al parroco, el difunto Juan Garrido, con que iba a hacer un reportaje de lo bien que estaban quedando las obras de la iglesia, y entré como san pedro por su casa.
Mis plegarias imploraban que hubiera cogido el día libre el hermano Pablo, mano derecha del cardenal y voraz inquisidor de periodistas. Pablo, pegado a las faldas del cardenal desde que de crío perdió a sus padres, era el protector de la inmaculada espalda del arzobispo y no dudaba en engancharte por el brazo, hasta que salían moratones, cuando de repente entre la maraña de grabadoras se alzaba una voz, siempre la mía o la de mi compañero de sección, que preguntaba por la eutanasia, el matrimonio homosexual, el trasvestismo, la pedofilia de los sacerdotes y otros temas de inminente excomunión.
A Amigo Vallejo le caíamos en gracia, lo sé, se reía y contestaba, que no es poco entre la jerarquía eclesíastica, y estuve seguro de que si me quisiera casar en la Catedral, iría en la lista antes que las infantas. Aunque mejor dejarlo, tendría que ser con una sevillana y la mitad de mi familia no vendría. Total, le caíamos tan bien, que hasta se rió el día que le puse la grabadora en la boca cuando estaba repartiendo las hostias, obsesión que teníamos con sus declaraciones.
“¿Y tú que haces aquí?, interrogó Pablo nada más reconocerme. “Reportaje de iglesia”, alegué orgulloso como el que tiene inmunidad parlamentaria. Y todo fue divino, con mi casquito de obra entre huesos de muertos que nadie conoce y piedras por los subterráneos de la iglesia, preguntando a cada cura qué le parecía lo de los rojos, “hay que ver con los ateos éstos, van a ir todos al infierno”, y dándome la vuelta de incógnito para apuntar en el cuaderno.
El primer susto me lo llevé cuando me llamó el obispo de Huelva, difunto también. “Hermano”, escuché antes de darme la vuelta sintiéndome ya crucificado, “¿sería tan amable de anudarme los cordones, que estoy fatal del reuma”, y allí que me arrodillé muy serio cual beato. Pero fue a mitad de visita, en mi acercamiento al obispo de Córdoba, cuando éste me delató dejando a la vista al fariseo. “¡Usted es periodista¡”, blasfemó en toda mi cara antes de que apareciera de entre las sombras el hermano Pablo para iniciar el juicio final al desalojado. Para cardenal, el que me llevé en el brazo.
Hoy el Papa Benedicto ha nombrado a Juan José Asenjo como arzobispo adjunto de Sevilla, para que vaya facilitando el relevo de Amigo Vallejo cuando éste falte. Ignoro si el chivatazo de entonces, esa profunda demostración de protección al cardenal, ha llegado a oidos del Santo Padre y ha influido en la decisión de nombrarle su sustituto, el coadjutor que se llama.
A pesar del esfuerzo de Asenjo, la noticia con las declaraciones de los obispos andaluces, incluido el cardenal y a excepción del de Córdoba, lanzando improperios contra el Gobierno, acaparó páginas de todos los periódicos, incluido la sección de Sociedad de El País, un terreno inexpugnable hasta el momento. Mi particular Código da Vinci desembocó en una subida de sueldo, aunque limosna sería el término correcto.
Fuera como fuese, la relación con monseñor Amigo Vallejo, monse para los amigos, no varió y siguió contestando agradable a nuestras preguntas sobre todo tipo de perversiones humanas y mundanas, y así sigue haciéndolo. Al fin y al cabo, también los periodistas somos hijos de Dios, del dios Baco claro.

Loco encontrao

Sé que la vida sin una banda sonora que la acompañe sería una vida bien aburrida.

Escuché a Los Enemigos por primera vez a los 13 años y conecté al momento. Verdad que aún no entiendo muchas de las crípticas canciones que compusieron, verdad que los conocemos una pandilla de fieles porque es verdad que el rollo macarrilla si eres feo no vende y verdad también que había que ponerle un final al grupo después de 20 años porque podían defraudar a sus incondicionales. Así que en 2004 pusieron punto y final a su carrera y a muchos sólo nos quedaron sus discos, ya rallados, una alfombrilla de ratón, y los recuerdos, de los momentos vividos y de ex obligadas a ser enemigas a la fuerza.
A la Copera de Granada me fui a despedirlos, a gritarle al cantante “Josele quiero un hijo tuyo”, y la olla se me fue tanto que a las semanas me monté en una furgoneta con otros piraos y me pasé tres días durmiendo en los jardines para la gran traca final, tres días de concierto en La Riviera en Madrid.
Ahí se perdió la principal ventaja de ser fan de Los Enemigos y no, por ejemplo, de Madonna: nunca antes tuve que hacer una cola entrar a los conciertos. Aquello fue una experiencia cuasi religiosa, fieles con un único dios cantando a todas horas sus canciones, y uno de los flipaos con una aguja empeñado en que me tatuara uno de los logos del grupo como ellos. Puestos a elegir, hubiera preferido el del botijón de vino aguitarrado a la espina de pescado. Algún resorte en mi cabeza borracha, drogada y extasiada saltó y caí en que aquella chaladura fanática no tenía razón de ser y, a riesgo de ser un apestado de la comuna enemiga, aparté el brazo.
Hoy entiendo por qué. Desconozco qué fue de mis amigos para todo el fin de semana a los que perdí el rastro en el último bis del último concierto y cuya furgoneta no encontré a la vuelta porque irían camino de a saber dónde, pero ya en aquel momento supe que mi congénita y aburrida responsabilidad separaba nuestros caminos. Nunca me hubiera arrepentido del tatuaje, pero dudaba de poder estar a la altura de lo que significa.
Empecé a fallarle a Los Enemigos. No fue al principio, cuando Josele Santiago sacó disco en solitario al año y ahí estaba servidor a las nueve de la mañana en la tienda, sino un poco después. Empecé a fallarle en los conciertos, por compromisos, por trabajo, por.. Josele Santiago presenta mañana su nuevo disco en Córdoba con Andrés Calamaro. La ocasión viene a huevo, al día siguiente comienza el congreso del PP y sería un bonito preludio, un reencuentro con lo que fui y espero seguir siendo, pero veo muy complicado llegar a tiempo.
¿Qué me lo impide? La deuda histórica, una suerte de mentira política que justo tiene que decidirse el día que presenta disco Josele y que me va a tener en el periódico hasta que se apaguen los focos y se vaya el último borracho del concierto que hubiera sido mi amigo de toda la noche.
¿En qué me he convertido? Tiene un razón un olepapa cuando dice que últimamente me ve más reflexivo. Hé ahí el dilema. Por qué cuando me decido a hacer una de las cosas que menos me gusta hacer en esta vida, comprar ropa, no me reconozco en el espejo si no llevo camisa. Por qué en el periódico vamos a celebrar con gran borrachera el día que termine por fin el rollo de la deuda histórica y salgamos por fin antes de la once de la noche cuando nunca he encontrado excusa para beber. Y sobre todo, qué coño pinto en un congreso del PP.
Esta crisis no es pasajera, es un antes y un después. No estoy sólo, conozco otros casos de vida o muerte entre el rock y el trabajo donde gana el bichejo repeinao del pepito grillo. No hay fairy en este mundo que hoy hubiera borrado el pintajo que me hubiera hecho el melenas aquel. Hasta tendría que cambiarle el nombre al blog, tributo a una de sus canciones que los amigos tomamos como banda sonora de nuestra vida, amigos que por cierto tienen niños que cuidar y ni siquiera saben que actuaba.
Cómo hemos cambiado y cómo hago para resistirme a esta resignación. Qué razón tienes Josele, y van mil y una coincidencias, titulando tu nuevo disco. De loco perdío a loco encontrao.

G-n-l (sms2)

A veces soy tan fácil que me indigno conmigo mismo.
“¿A Córdoba un sábado en pleno mes de julio? Bueno”. Qué fácil se me convence. Ahí voy estrenándome en el Ave como la gente importante camino de un certamen literario, del que no pienso escribir un comino. Es lo que tenemos los stars, lo vemos fácil si nos dicen billete pagado, hostal enfrente de la Mezquita y barra libre de salmorejo. Un taxi negro me deja nada más apearme de la estación enfrente de la fundación donde Antonio Gala apupila a los que son, dicen, las promesas noveles de la literatura.
“Aquí está el tío”, brindo al público entrando por la puerta del teatrillo. Me miran 20 viejos y pasan. Me he equivocado, seguro, este taxista cordobés y gente de bien no puede ser, yo venía a un cachondeo juvenil, literario sí, pero cachondeo, con sus poetisas liberales e, insisto, cachondas. Era tan joven que aún confiaba en la literatura. Nada, allí la generación Z estaría de resaca. Me acogió un tal Eloy, rocabili que me pegó una brasa con su libro que ni yo con mi blog años más tarde. En las Tendillas pasa el tiempo tan lento.
Jornada vespertina y más escritores. Algo aprendí, no confíes nunca en la literatura femenina. Menos mal que a última hora vinieron los SFDK (Siempre Fuertes De Konciencia) a un taller de rapear, y los presentes improvisamos unas letrillas para reírnos un rato.
Al terminar, nueve de la noche, me veía to Tristofer metío en la habitación del hostal hasta que saliera el Ave de vuelta. Pero la desesperación a veces es el camino a la solución. Vi de lejos a Juanma. Lo conocía porque un año antes ganó un premio de poesía a sus veintipocos añitos y había salido en todos los periódicos. También fui a su rueda de prensa.
“Oye, tú eres Juanma, ¿no?”. “Sí”. “Pues dime que esta noche nos vamos de marcha, no hace falta que rime con nada”. Fuimos a cenar y me contó que había mucha gente joven en el cursillo, llevaban tres días de certámen en la barra de los bares y que a quién se le ocurría ir a las conferencias. “Perdona, soy nuevo en este mundo, pero veo que es igual de borracho que los otros mundos que conozco”. Dentro de la programación, del sábado destacaba el concierto de SFDK, así que cogimos río arriba hacia la carpa.
“¿Y toda esta gente es del certamen?”, por fin el chavaleo. “¿Y está una chica que ha ganado el concurso de sms?” ”Estuvo ayer, impresionante, la dejé anoche con un tal Paco, periodista de Sevilla, ¿te suena?”. “Y tanto que me suena, la misma canción, siempre llego tarde”. Adiós a la gimnasia, voy a levantar unos vasos a la barra.
Para las manchas de mora, amoralidad, o sea, cualquier amor es bueno. Apareció una chica de Villarrobledo que me contó su vida hasta que dije “vámonos” y ella dijo “venga”. Cogí camino de la puerta, pero me paró una voz conocida, no de hace mucho tiempo. Mi salvador, ahora absolutamente prescindible. “Ey, ¿adónde váis?”. “Esto, mira Juanma, gracias por todo, un tío genial, eh, buena gente de verdad, te deseo mucha suerte en el futuro, cuando seas famoso acuérdate de los amigos, pero hasta aquí duró, adiós chico, un placer”, le tendría que haber dicho, pero se me encaramó y me lo llevé de copas. A veces soy tan fácil que me doy asco.
La chica no comprendía la jugada, cómo haber dejado a Juanma en la estacada. Pero del marrón a veces sale la solución. “Oye, ¿tú no quería conocer a la del sms?, ésta es amiga suya, dice”. “¿Y crees que le importará que la despertemos a las 3 de la madrugada?”. No me podía ir sin conocerla, así que tras burlar a la seguridad de su hostal, “toc, toc, toc” y ya éramos cuatro, dos pareados.
Bebimos ron en la habitación de la albaceteña hasta que descubrí el mejor recurso literario jamás visto, propio de un maestro del género. Juanma se quedó dormido en una cama. Al rato la del sms dijo que se iba a su cuarto que estaba cansada y a la de Villarrobledo lo mismo le daba mientras hubiera buena métrica, así que vi fácil el cambio de melodía, me despedí y al abrir la puerta miré atrás y comprobé lo sospechado: Juanma entreabría un ojo y sonreía. El poeta canalla, noctívago, mujeriego, farolero, entrañable, resucitó y seguirá vivo por muchos años. Brindo por ello.
A solas con la poetisa, la historia merecía un final feliz, un epílogo digno de recordar. Así fue. Toda la noche, en su habitación y en la mía, bajo la luna y el sol, a las faldas de la Mezquita, hablando. Fácil de conversación. La erótica de las palabras, será, la chica no estaba dispuesta a que su “convertimos el amor en un gimnasio” le volviera a ocurrir. Ya me lo dijo por teléfono el día que le anuncié su premio: “el amor, como otras tantas cosas en la vida, no se debe hacer con esfuerzo sino con calma, paciencia y tranquilidad”. G-n-l.
Salía su autobús, desayunamos mientras Córdoba volvía a la vida, y la acompañé a la estación antes de coger mi Ave de vuelta. Para que el círculo quedara cerrado y como la vida es azar, allí estaba Juanma, solo en la barra con media de pan con aceite. “¿Que tal?”, pregunté cuando la poetisa fue al servicio. “Buff, una fiera”. Reímos. “¿Y tú con ésta?, bien, imagino”. Le sonreí. “¿Sexo y seso riman fácil, poeta?”. Sólo cuando quieren.

Lucky, no fortuna

Rubio, ¿tienes un fortunita?

De resaca no apetece fumar. Va pasando la mañana y la nicotina va haciendo su efecto, así que cuando salgo a las cuatro de la tarde para el curro voy con un mono que no veo. Tan contento con mi primer cigarrito y escuchando los cascos con el mp4, cuando intuyo que me están llamando. Miro y viene hacia mí una familia gitana, enterita con tos los avios. El chavea canorro me pide tabaco y acepto el impuesto revolucionario que he asumido desde chico.
Los cuarteles de los picoletos siempre los ponen enfrente de las barriadas gitanas, no creo que sean ellos quienes se pongan enfrente, así que conozco la tradición calé. La ley, pa los payos. Del roce también hice amistades. Me acuerdo la vez que después de salir de una discoteca de verano e irnos a un campo a disparar a las palomas con una escopeta de fogueo, llevé de vuelta al Keko a mi casa a desayunar. Estaba el gitano zampando un bocata de mortadela cuando aparece mi madre con bata de domingo y casi le da un infarto cuando lo ve. Es lo que dice mi padre: “éste se hace colega de cualquiera que lo aguante en los bares hasta las tantas”. Y es lo que añade mi madre: “hijo, tú hasta que no se va tol mundo a casa cuando cierran el bar no te quedas tranquilo”. Uno que se preocupa de la gente.
Pues digo que iba tan tranquilo y le iba a dar el cigarro al gitano pidiendo disculpas por no haberlo escuchao, cuando la mama (la suya) no acierta a bajar la acera, pierde el equilibrio y se pega una carajazo calorro pa dejarse tol bigote. ¡Ole mama, que piñazo¡ Confusión, en no saber si me iban a matar allí mismo o dejarme pa luego de arrecoger a la madre. La impulsiva niña de unos 16 años que levanta la mano para zumbarme, los demás que se me van acercando y yo diciendo “oye que yo no he hecho nada” rezando por que la mama no se levantase y me echara a la maldición de su familia encima a la voz de “ay, que malaje el pelirrojo, que ma traío mal fario”. Pregunto por la señora morsa, ¿está usted bien?, y tiro millas que la cosa se pone fea y ponte tú a razonar con el calor que hace. Escapo del cuadro a paso legionario y escucho que me chillan. No mires atrás, no mires atrás, y deja el tabaco que sólo trae cosas malas, me digo.
No lo pasaba peor desde que El Lejía me quitó un balón de marca que me habían regalado con unos ocho añitos. Ahí se interrumpió lo que podía haber sido una carrera meteórica hacia el estrellato y comprendí que la suerte influye en el fútbol.
¿Por qué gusta más de veinte tíos detrás de un balón? Por el componente de incertidumbre, como en las buenas películas. El Cádiz hace unas semanas no pensaba que podía descender, que mal augurio, pero perdió un par de partidos seguidos y hoy se la jugaba a cara de perro. Empezó bien, marcó un gol, pero le empataron y sus rivales empezaron a ganar. A un minuto de certificarse el descenso, por el minuto 95 del descuento, le pitan un penalti injusto a favor. Chillo en el periódico como cuando aquella vez que un gol de Oli en el campo de Jerez nos llevó a primera. Lo vi en codificado mientras daba teletipos.
Una vuelta al guión inesperada. Si lo mete, se salva el Cádiz y es el Córdoba el que baja. El capitán toma el balón y se dispone a tirarlo. Abraham Paz es de la cantera, no conoce más camiseta que la amarilla con la que hace unos cinco años, y gracias un penalti suyo, subió al equipo a Segunda y, después, a Primera. El ídolo. Después metió el gol que eliminó al Sevilla en la Copa del Rey, y sonó para ir a la selección, pero tuvo mala suerte y en otro penalti que decidía si el Cádiz seguía en primera hace un par de años, falló.
Hoy le rondaría todo eso por la cabeza, toda la afición pendiente, tantas ilusiones y sentimientos y miedo de bajar a los infiernos de donde quizá ya no se vuelva, porque el equipo desaparezca por la crisis. El capitán pone el balón en el círculo, respira profundamente, corre, pega y…manda el balón al palo.
Adiós. Lágrimas en los rostros pintados de amarillo, el Cádiz desciende. Amarrillo el corazón, el alma rubia como la cerveza. Hemos venío a emborracharnos, el resultado nos da igual. De este carajazo, hay que levantarse. Con una sonrisa, como siempre hemos hecho.