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¿Por qué lloran las mujeres?

Escenario. Dos personas sentadas en un sofá. Él, un hombre; ella, una mujer. De repente, en el transcurso de una conversación no demasiado tensa y sin que él se percate de que algo grave haya pasado, a ella le viene una sensación, le llega, está a punto, se avecina, es inminente, se le acaban de poner los ojos vidriosos, la voz se le entrecorta, un leve suspirito y… las primeras lágrimas acaban de caer.

El ser humano masculino, absorto mientras tanto en la peli que ponen en la tele, porque sabemos hablar y ver una peli de las de guerra a la vez, repara en que su compañera está llorando. Saltan todas las alarmas, evidentemente, porque ese ser humano masculino entiende las lágrimas como que algo malo está pasando. Entonces, comete el error: se acerca y pregunta incauto qué es lo que pasa. Las tímidas lágrimas del principio se suceden entonces en cascada, vertiginosamente, un río se desborda y el ser humano masculino se echa para atrás, se asusta y piensa de nuevo: ¿qué coño ha pasado? Ella mientras tanto continúa en un llanto inconsolable y contesta repetidamente a su compañero que “no ha pasado nada, no ha pasado nada”, dejando en el aire sin embargo la sospecha de que algo ha pasado, pero que a él su inteligencia no le daría ni en cien años para entenderlo.

Bien, analicemos la cuestión desde un punto de vista racional, y atendamos a las variables de tiempo, biología y sociología.

Primera: si eres un ser humano masculino y estás viendo una peli de guerra en la tele, probablemente no hayas reparado en que ella al llegar a tu casa o al sentarse en el sofá ya tenía marcado en la frente que algo le pasaba. Por lo tanto, cuando te preguntas “¿qué ha pasado?”, muy probablemente la circunstancia por la que ella esté llorando no se remonte a los últimos cinco minutos, y menos aún a que esa desconsoladora emoción haya acontecido durante el transcurso de la publicidad de la película, que es cuando te has dado cuenta de que está llorando. Si fueras observador, habrías supuesto que esto se remonta a antes, mucho antes, incluso puede ser antes de que te conociera. La escopeta ya estaba cargada. Puede haberse acordado de cualquier acontecimiento o sensación desagradable, incluso puede estar pensando en la muñeca que le rompió su hermana mayor cuando tenía cinco años pero, por lo que sea, el marrón te lo vas a comer tú. Así que consejo: apaga la tele, porque ya la peli no las vas a ver.

Segunda: La razón biológica por la que una mujer llora es indescifrable. Hay científicos que la achacan a una hormona llamada prolactina, según he encontrado en Internet, donde por cierto no viene que esa jodida hormona pueda ser calmada ni con chocolate, ni con otra suerte de dulces, ni con promesas de escapadas románticas a la luz de la luna ni siquiera con la pócima siempre a nuestro juicio infalible de un “te quiero”. Si estás sentado junto a un chica con la hormona desarrollada, eso a lo que ellas llaman “no te preocupes, es que yo soy muy llorona”, primero reza y segundo coge pañuelos que tienes para rato. Así que como contra las leyes de la naturaleza no se puede luchar, consejo: quédate callado, todo lo que digas o intentes averiguar mientras ella esté llorando, será irremediablemente utilizado en tu contra con las razones de “es que tú no me entiendes” o su prima hermana “es que tú no te enteras de nada”.

Tercera: Ser humano masculino, piensa en la última vez que lloraste. ¿No fue acaso cuando a CR7 se le escapó ese tiro pegadito al palo que pudo marcar el rumbo de ese partido que al final tu equipo acabó humillado y te fuiste a la cama sin cenar? ¿O fue entonces, recuerda, cuando te cogiste un dedo contra la puerta, justo cuando llorabas de alegría porque tu equipo acababa de ganar la última Liga, la Copa de Europa o el torneo de futbol alevin que hacen en navidades? Haz aún más memoria, ¿cuándo fue la última vez que te vieron llorar? Matarías a cualquiera de los wikileaks si lo desvelaran. Socialmente, también tenemos distintas razones para llorar, todas comprensibles, sólo que las nuestras pueden ser más materiales y profundas y las de ellas, más espirituales y, por lo tanto, volátiles.

Por estas razones, volvamos de nuevo al tiempo. Porque pasarán horas de dolor por ese tiro pegado al palo, mientras la jodida prolictina, al paso de cinco minutos, se desvanece. Para entonces, con la tele ya apagada, estarás dándole besos en la cara hasta que pienses que esa sonrisa que le nace sucede gracias a tu acción y a tus palabras, eso, sin saber aún qué ha pasado ni asomo de que te lo expliquen. Entonces, mientras tú tienes toda la cara llena de mocos, la preocupación de ella ya desahogada se ha trasladado hacia “ala, ahora con los ojos hinchados, voy a estar fea”.
Y al día siguiente, cuando aún te preguntes por qué a la muchacha le dio por llorar, si tiene algo que ver contigo o tus ancestros, andes cauteloso en todas tus declaraciones para no despertar de nuevo aquellos demonios interiores en su espíritu, y sientas todavía el corazón en un puño si rememoras el drama, ella ya no se acordará ni un segundo de la noche anterior y te dirá: ¿Qué pasó?

PD: Hasta las chicas más duras, lloran.