Archivo de la etiqueta: ligar

Verdades universales

El Hawking lía un sindiós y los seres humanos nos quedamos huérfanos en este mundo sin verdades universales, ésas que sólo pueden ser así y no de otra manera. El Hawking, tan chulito él, va y dice que probablemente Dios no existe, y ahora a ver quién ha hecho todo lo que anda, salta o gatea por aquí, sin Creador que lo cree ni lo creará. Yo, a estas alturas de siglo, algo me sospechaba, pero como no quiero dármelas de resabiado, no voy a quitarle méritos al chaval. Si no hay Dios, reflexiono, han estado unos cuantos años tomándonos el pelo, a los humanos digo, aunque hay que reconocer que a los guionistas la Biblia les quedó chula. Como no hay Dios que nos diera unos mandamientos, habrá que inventarse unos nuevos, me pongo a ello. Mientras tanto, para no lamentarnos de que la Verdad Absoluta ya no es tan verdad, propongo otras más actualizadas para los próximos siglos que seguro no tienen discusión y que he recopilado este último fin de semana:

1-Todo el mundo cree que una buena forma de ligar es preguntar en un bar “perdona, ¿sabes adónde se puede ir después de esto?” Verdad, verdad absoluta. Un clásico del género varón. A medio camino entre el carácter informativo y la intención aviesa. Sin riesgo y sin compromiso de meter la pata, sin necesidad del comentario ingenioso ni de la demostración de habilidades. Vas, te acercas, lo sueltas y punto. Qué más da que vivas en la calle de al lado y que te sepas el historial de cada uno de los bares de esa ciudad, desde el día que lo abrieron hasta cómo se llamaban los dos que había antes. Y si preguntan de dónde eres y se te escapa “yo, de aquí, de toda la vida”, ni siquiera quedas mal ni se preguntan si eres un monje con permiso de fin de semana. Por eso se quedará para siempre como lo que es, y no puede ser de otra manera, una verdad absoluta para intentar ligar.

2-Todos los tíos de pueblo creen que los que llegan de fuera tienen más probabilidades. Verdad, verdad absoluta. Como tío de pueblo, lo confirmo. Como tío que ha estado en decenas de otros pueblos, no lo confirmo tanto. Pero es universal que si hablas con los autóctonos de una población, siempre pensarán que las oriundas se fijan en lo desconocido, así el tío lleve los ojos atados a los cordones. El de pueblo lo sabe, porque ha sido así toda la vida y así seguirá siendo.

3-Todos los turistas hacen cosas raras. Verdad, verdad absoluta. El otro dí vi a dos guiris poniéndose delante de dos caballos de policía para echarles unas fotos. No lo habrían visto nunca y los caballos estuvieron a punto de levantar las patas con el revuelo y llevárselas por delante. Estoy seguro de que si voy a ver camellos o elefantes, el que está con la cámara debajo de las patas soy yo. Así somos los turistas.

4-Todo el mundo ha escuchado a un cantautor en su casa. Verdad, verdad absoluta. Son progres, lloricas, pagafantas aporreando una guitarra. Vale, pero los has escuchado. El mejor cantautor es un cantautor muerto. Vale, pero se te ha pegado esa jodida canción. Canta de pena y no entiendes que la gente diga que tiene unas letras cojonudas. Vale, pero un día te descubres cantándola en la ducha y, al día siguiente, buscas el disco y te lo pones. En tu casa, donde nadie te ve.

5-Todas las personas de este mundo piensan que su madre es la más pesá del globo terráqueo. Verdad, verdad absoluta. Pues no llevan razón. La más pesada es la mía.

6-Las tías del PP son las que están más buenas. Verdad, verdad absoluta. Esto aún está a prueba de algunas validaciones, pero transcenderá a la posteridad como una verdad absoluta. Digan lo que digan, si las más pijas, si las que tienen más tiempo para arreglarse, lo que sea, todo el mundo coincide y así lo proclaman a quien quiera enterarse: las tías del PP, oé, oé, oé.

7-En todas las películas que salga Leonor Watling, se la zumban. Verdad, verdad absoluta. No creo que alguien vaya únicamente a ver una película por si sale esta señorita, ahora, si surge que esté en el reparto, teta ves fijo. Me dio este finde por ver la de Lope, hubiera preferido muerte, y al menos me tranquilicé cuando la vi aparecer de secundaria por allí. A la media hora, cronometrado como en toda película española, pumba.

8-Todas las mujeres saben cuando les están mirando el culo. Verdad, verdad absoluta. No soy mujer, pero según mis amigas, esto es cierto. Tienen al menos la discreción de no decirte cuando eres tú el que lo está mirando, que es de agradecer, pero si compartes que un tío te cae mal, dirá: “Ese tío es un salío, me miró el culo”. Pondrás cara de “ayqueverconel tio” y la vida seguirá su curso, ignorante de que saben que tú también lo has hecho. Valga el sitio para decir, chicas del mundo, que sí, a todas os hemos mirado el culo.

9-No te has casado hasta que cambias el estado en el Facebook. Verdad, verdad absoluta. Ha quien tiene más amigos en la red que en la red-alidad, así que es lógico. ¿Quien va a invitar a más de mil amigos al convite? Así que cuando el mundo realmente se entera de las cosas es cuando lo haces saber por donde se saben las cosas. Puedes estar un año contándoselo a los amigos, pero amigo, hasta que no lo publiques en el Facebook, no cuenta.

10-Lo que sientes por él/ella, se sabe cuando lo/la ves durmiendo. Verdad, verdad absoluta. Pues eso, me está entrando sueño.

No te fíes de las chicas que piden fuego en un bar, eso es de los 80, y otras historias para no dormir (cosas que no hacer en Córdoba)

Madrugada de sábado. Ciudad de Córdoba.

Llega, elige, ¿vence? Todos los dioses que este mundo ha conocido saben que, a la hora de salir de noche, mi prioridad la tendrán aquellos bares en los que me guste su música y que tengan a bien reservarme al menos una baldosa por si me apetece moverme y un centímetro cuadrado de aire por si me apetece respirar. Salvo una excepción: que sea verano. Entonces, al menos una noche, sacrifico mis principios por, ábrase de nuevo corchete, ver chicas pijas en su apogeo estival que una vez al año no hace daño y alguna otra cosa que ahora no recuerdo. En Córdoba ciudad, diría que casi en todas las ciudades, tienes dos opciones: o vas a los bares que sabes que te gustan pero no hay ni cristo, o vas a los bares que les gusta a las tías pijas y que están llenos, llámense en esta ocasión bares del Vial Norte. Nadie ha muerto por intentarlo…

Las solteras ni enteras ni se enteran. Tomada esta opción, apúntate dos cosas. Lleva billetes, las copas no bajas de los siete euros, y lleva tapones en los oídos para la música. No hará falta que te los quites cuando se aproxime un grupo de chicas. Uno, porque no van a hablarte. Dos, porque en el caso de que lo tú lo hagas, no van a escucharte. Puede que se dé el caso de que huyendo de la masa que se agolpa, uno, de chicos en torno a la barra, dos, de forzudos que se pavonean en torno a un grupo de tías buenas que no les echan ni puta cuenta, subas por una escalera de lo que parece una zona VIP y consigas aire. Da igual que a ese recóndito lugar al que nadie te ha invitado lleguen hasta tres grupos distintos de despedidas de soltera, en total, casi 50 chicas y que los únicos que se parezcan a un ejemplar hombre en metros a la redonda seáis tú y tu colega. Ellas no repararán en vuestra presencia, ni siquiera cuando les hablas, así que relájate y disfruta. Eres el hombre invisible.

La teoría del jarrón chino. Dicen que las cordobesas, por lo general, son guapas y complicadas. De lo que no me cabe duda es que antes de salir de casa no han dejado nada a la improvisación, al menos las chicas que van al Vial Norte. Da igual si tienen 14 años. Ellas quieren correr rápido, saltarse los tiempos y ser mayores, ya. Pienso que quizá tengan más presente la última vez que se pasaron con la raya de los labios que de aquella otra que, despreocupadas, se mancharon las manos de chocolate con un helado. Es Córdoba e ir siempre guapas tiene un precio. Apunta, la primera vez que hables a una desconocida te mandará a la mierda. Si sigues intentándolo, correrás la misma suerte. Si tienes tanta confianza en tus habilidades que vuelves a por una tercera, suerte. Las chicas en el vial son como un jarrón chino, bellas, pero no te atrevas a tocarlas o algo te romperán.

La chica a la que habría que prender con un bidón de gasolina. Suerte que generalizar es sinónimo de errar. No todas las chicas son iguales y siempre hay alguna simpática con la que se pueda hablar, sin intención de más. Rodeando la manzana, a la espalda de las terrazas del vial, hay un pequeño Long Rock, cueva de transeúntes y maleantes. El único lugar fiable donde llevaría a mi chica. Los vaqueros gastados ganan a los cinturones-falda. Allí incluso puedes tener la oportunidad de que una mujer mayor, con experiencia, de la que ha recorrido mundo y se le nota en la cara, quiera ligar contigo. “¿Perdona, tienes fuego?”. Sí señor, así se ligaba a finales de los 80 y así se lo aprendió ella. “Este sitio está muy bien, viene gente de nuestra edad”. Sí señora, ella sí que sabe subirte la autoestima. El Long Rock te da al menos media hora de conversación con una mujer curtida en la vida, no como esas niñas que van de perfectas una esquina atrás. Es un bar popular y cabe de todo, aunque a veces eso se note en la selección musical. Imagino a los de la barra diciéndose por el pinganillo: “¡Rápido!, quitad al Nino Bravo que los heavys se nos están durmiendo”. Heterogéneo y, por lo tanto, recomendable.

No me eches que (aún) llevo chanclas. Como el Long Rock grande esta cerrado no sé por qué leches nos explicaron de la licencia municipal, puedes tener la intención de querer entrar en uno que está en la esquina y que reconocerás por la cola enorme de gente que siempre lleva anexa en la puerta, el Góngora. La primera vez pasamos de largo en busca de mejor suerte en el Underground y similares pero, oh temeraria ignorancia, puede darte por pensar que si allí va la gente es porque algo tendrá y decidirás probar suerte una vez más. Tanta dedicación le pusimos al empeño que nos chupamos media hora de cola. Apúntate para tu visita a Córdoba no ser de Cádiz, porque los porteros no comprenden que, un gaditano que se precie, se pone las chanclas el 1 de mayo y se las quita el 1 de octubre. Así que será que en esta ciudad no somos un must de temporada.

La última copa, siempre en casa. Error cometerás, anota, no sólo en esta ciudad sino en todas, si ante un imprevisto como el que no te dejen entrar en un bar, reclamas venganza. Te vengarás si buscas otro bar abierto para la última copa, sí, pero contra tu hígado, que el pobre no ha hecho nada más que acompañarte. No recuerdo el nombre del último bar, así podría llamarse ésta y otras de mis letras, así que hasta aquí llegó esta guía de una remota visita a Córdoba con el deseo de que, en un futuro cercano, se sucedan los próximos capítulos.

La gathica

la gathica 600[1]

Tenía que hablar con ella. Danzaba en medio del bar rodeada de melenudos y chicas con aspecto de haber salido de una tumba media hora antes. Era su grupo y la jaleaban por alguna razón que se me escapaba desde mi posición privilegiada en la barra del bar. Mis amigos hablaban de algún tema que para mí había perdido interés desde que ella entró por la puerta y me fijé en la diadema plateada que atravesaba su larga melena oscura. Su sonrisa brillaba en medio de un círculo de vestimentas negras que contrastaban con la palidez de las pieles. Ella era la luz.
Acercarme no iba a ser sencillo. Así de primeras era consciente de la dificultad de hacerme el simpaticote en un grupo de góticos. Quizá no volviera a ver amanecer. Y de segundas, estaba en Donosti, donde hablar con alguien que no sea de tu cuadrilla es igual de complicado que disparar al Papa. Pero me encantan los desafíos, cuanto más enrevesados, mejor. Soy de ésos a los que le dicen “a que no tienes güevos de…” y antes de terminar la frase el toro está mirando a un tío que se le acerca en calzoncillos diciéndose “que no tengo güevos yo, que no tengo güevos yo…”.
Ella seguía a lo suyo, ajena a que un vampiro de incógnito maduraba cómo acecharla. Me fijé en sus amigos. Ellos eran muy delgados, con el pelo lacio cubriéndoles la cara, uñas pintadas y por lo general, pinta de haber intentado hasta el último momento convencer al portero de que el cuervo podía entrar con ellos, que apenas mordía a nadie. Algunas de ellas llevaban collares de pinchos, arañas de plástico o redecillas que, a algunas, las encorsetaban como a un morcón tenebroso. Imagino que hay muchos tipos de góticos, ella a simple vista era una recién llegada al mundillo porque sólo se adornaba con una corona.
Pensé en qué grupo me encuadraría, a mí o a mis amigos. Me hubiera gustado pertenecer algunos años a alguna tribu urbana, pero los chicos de pueblo lo tenemos más complicado. Vemos con más frecuencia a nuestras abuelas y eso complica los pasos iniciales. Me pasó cuando me puse un piercing en la ceja. Salía a la calle temeroso de que a ella se le hubiera ocurrido dar un paseito y pudiera encontrármela en cualquier esquina. Como pasó más de una vez, me convertí en un auténtico velocista en quitarme la argolla con dos dedos en un simple movimiento de centésimas. Ella nunca preguntó por qué a su nieto mayor le caía un hilito de sangre de la ceja cada vez que lo veía por la calle.
Durante los tiempos de facultad me catalogaron con los hippies, pero entiendo que más bien fue porque no cuadraba en el grupo dominante de los pijos. O eras de uno o de otro, y a mí me tocó ser hippie porque mi ropa parecería del mercadillo.
Había pasado casi una hora de fina observación cuando decidí que había llegado el momento. El primer intento fue infructuoso. Justo cuando me hacía hueco entre el grupo, ella cogió la puerta que tenía detrás y fue a hablar por el móvil. Me quedé a medio camino entre dos sombras. Una de ellas me miró, pero no sé si me vio porque llevaba lentillas blancas con las que parecía que le habían quitado los ojos de las cuencas. Ante el cuadro siniestro que se presentaba, di dos pasitos atrás. Mis amigos habían visto la jugada y se apresuraron a intentar convencerme de que desistiera y no volviera a acercarme.
Pero los chicos de pueblo pensamos que detrás de cada fachada hay una persona, aunque en este caso parecieran que estaban más cerca del patio de los callaos que de otro sitio. Así que cuando ella volvió, me acerqué de nuevo, pero el grupo ya se había dado cuenta de que un intruso quería entrometerse y afilaban colmillos dispuestos a beber sangre. Mereció la pena, porque ella por primera vez reparó en mi presencia y advirtió que ese chico temerario, con camiseta de rayas azules estilo marinerito, estaba dispuesto a dejar su vida en el intento.
Sólo una vez se retiró del grupo, para ir al baño, y a la vuelta, apostado en una viga del bar como si fuera el poste de un muelle, la estaba esperando. Di dos pasos hacia delante y cuando la tenía a mi altura la saludé con un saleroso “adiós, mi reina” que la hizo mirar hacia arriba para conocer al rumboso autor de semejante piropazo. Me encontré con la mirada de un gato, unos ojos claros, como amarillos, una gata-gótica que me soltó algo en euskera que no acerté a comprender, no supe si un “gracias, majete” o un “anda y que te coma una gárgola”. Intuía que debajo de esa imagen arisca, vivía una gathica deseosa de caricias. Sólo había que atreverse a acercarse.