Llega un momento en que a las criaturas que has engendrado hay que dejarlas crecer.
En próximas fechas, las mejores historias del Olepapa y muchas que tengan que venir, se mudan al papel. (Habrá más información y capítulo de agradecimientos).
Hoy he resuelto una duda que llevaba muchísimo tiempo rondándome. Entiendo que el ser humano naciera en África, vale, allí hay un montón de monos y de ellos venimos. Y que luego se trasladasen a Mesopotamia, porque a mí también me atrae el nombre y a esos sitios hay que ir, y que fueran rumbo luego a Europa, que está bien, y que llegasen hasta Cádiz, ole, cogieran un barco y fueran a América que también tiene unas playas del carajo. Hasta ahí todo el proceso me resulta comprensible y así colonizando este redondo planeta. Pero siempre me he preguntado: ¿Qué coño vieron los esquimales para quedarse allí?
Cuando venía de vuelta del Parlamento a las 14:00 y estaba chorreando en sudor, lo he comprendido: éstos fijo pasaron por aquí y cuando llegaron a la Antártida se dijeron, “sin duda, tío, aquí nos quedamos, ¿te acuerdas de cuando pasamos por Sevilla?”.
Entonces montaron un iglú. Y me entretengo imaginándome en uno. Caigo en la cuenta de que me hacen falta ventanas, pero cuidado con poner una redonda en el techo, me llenarían la salita de botellas reciclables. Siguiendo los desvaríos de mi mente, pienso en cosas redondas. Las que me gustan y las que no.
Antes de casa, me toca el super. Tomates para un gazpacho fresquito, me decanto por la sandía más que por el melón. Aún me sorprende ver naranjas tiradas por la calle. Las evito para no resbalarme y hacerme un chichón. De postre, me gustan los lacasitos, pero no en verano que me pringo las manos. Y donuts, una día redondo. Meto la mano en el bolsillo y saco monedas, aquí prefiero más el papel.
Salgo y me gustan las cosas redondas que resaltan bajo las camisetas, no las planas. En los pantalones, formas redondas claro. Creo que soy más de botones que de cremalleras. Los lóbulos de las orejas me fascinan, en la intimidad y que me miren unos ojazos redondos. Salvo si lleva pendientes de bolita, ni grande ni chica, nunca me he fiado de las que llevan pendientes de bolita.
Llego a casa y necesito otra ducha. Me dejo llevar como si volviera a un jacuzzi, donde hago pompas de jabón. Salgo, pongo un cd y preparo tortellinis, que echo en un plato, redondo claro, que esto lleva salsa, de tomate. Me siento en mi redonda mesa y me digo que está muy bueno, me merezco una medalla. Mañana, tortilla. En la tele ponen deportes. Me gustan los esféricos.
Recojo y voy de camino al curro. Lleno de pelotas, de los que no me gustan. Como hace semanas que sólo escribo de los cero que le van a poner al nuevo sistema de financiación, me aburro, juego con las anillas del cuaderno, que éstas sí me gustan a diferencia de los anillos, y dejo pasar las horas del reloj. Cuando el sol, redondo y que me está haciendo desvariar, deja paso a la luna, llena, vuelvo a la calle y entonces me dejo llevar hasta caer, otra vez, en redondo. “En vaso ancho, por favor”, que no de tubo, “y con mucho hielo”. Fresquito, la rueda está otra vez donde empezó.. Aunque llevo 39 y me falta uno para redondear el ciclo. ¡Ya está¡. Y Punto.
Después de una gran carrera por el río en la que he batido a todos los viejos que me he encontrado, me merezco un homenaje. Creo haber visto a un par de conocidos por el camino, pero la velocidad de mis zarpas en acción seguramente les habrá impedido distinguirme, es algo imperceptible para el ojo del ser humano. Para reponer fuerzas, voy a prepararme una comida reponedora.
Busco por Internet en recetasfaciles.com (tampoco es plan de estar toda la mañana en la cocina), buceo y de repente, plas, ahí está, éste será mi menú. Llego al supermercado concentrado, con un posit en el que he apuntado todos los ingredientes necesarios. Mi lista de la compra me dirige hacia la sección de verduras. Primer problema. ¿Qué pone aquí, un puerro, qué cojones es eso?
Hay veces en las que uno se sorprende a sí mismo. Cierto es que durante determinadas épocas de mi vida he tenido dificultades para diferenciar ciertas verduras. Ésta es una de esas etapas, algo prolongada, de 30 años. Me ayudo de los cartelitos, pero no lo veo. Por suerte, el encargado pasa por allí, pregunto y me manda a la sección de “frescos”. Le miro, me parece lógico, y cojo camino. Allí diferenció a las lechugas, “hola qué tal” y a las frutas metidas en tarritos, pero dónde está el maldito puerro. Admiro la determinación de las señoras, cogen y se van, sabias de las verduras frescas. Aquí no hay cartelitos y me decido por un paquete de “cosas”. Nada más darme la vuelta, el encargado está reponiendo y me advierte sin mirarme: “eso son apios, los puerros están abajo”. Como no es cuestión de llevarle la contraria, dejo el paquete y cojo lo que él dice, una especie de, no sabría definirlo, planta o algo así con un montón de hojas. El apio me parece más asequible.
Con las manos en la masa, el plato a preparar lleva patata. Bien. Chorizo. Bien. Cebolla. Bien. Pimentón. Bien. Y puerro. Bien, picha, bien. Son la una y para Los Simpson estoy yo ya sentado a la mesa con mi barra de pan para mojar sopa. Me veo bien pelando la cebolla, a un tío tan duro una lagrimita de vez en cuando no le hace daño, con las patatas apenas me corto y el pimentón creo que lo he cogido bien, que no es pimienta ni nada de eso.
Ha llegado el momento puerro. Lo miro. Me mira. Cojo el cuchillo para intimidarlo (como se eche para atrás la cosa ésta salgo corriendo por la puerta) y cuando voy a entrar a matar me pregunto “vale, ¿pero dónde?”. Reflexiono. Si a una lechuga se le quitan las primeras hojas, esto debe ser más o menos parecido, es de la misma familia, de los “frescos”. Pero una duda me corroe al ir quitando media docena de hojas y no encontrar nada: sería muy absurdo si de una lechuga me comiera sólo el tallo. Da igual, hay que arriesgar, descarto comerme las hojas y me quedo con el tallo. Cuando compruebo que me he quedado con un tronquito y que todo el puerro está descartado, busco la factura: 1,80.
En ese momento se me viene a la cabeza un recuerdo que tenía olvidado. No es la primera vez que veo a un puerro tan de cerca. Hace dos años (entro en una especie de flashback), vi esta receta y me dije: tiene buena pinta. No consigo acordarme de cómo di con un puerro, pero estoy seguro de que llegó a mi frigorífico. Luego, por estas cosas que pasan en la vida, se me apetecería otra cosa o me llamó alguien para salir a comer fuera, y durante días, aquello acompañó a los yogures y a la coca-cola. Recuerdo que me dije: no lo tires, esto no se pone malo, ya lo cocinarás. Y durante cierto tiempo aquello permaneció en el frigo, no sé calcular cuánto, probablemente se escondió en las rendijas de las verduras, hasta que un día la abrí y dije: “qué coño es esto”, lo metí en una bolsa y lo tiré.
Ahora no se ha salvado, porque me he atrevido a pelarlo. Vuelvo al ordenador y pone que lo corte a la juliana. Bien… ¿A la qué? Estoy por llamar a mi madre, pero no puedo esconderme siempre bajo su falda, cuando vienen los problemas hay que enfrentarse de frente. Así que cojo la planta ésta y cha cha cha, a la olla.
(…) “Son las tres y media, me llamo Antonio y tengo hambre”, podría grabarme en una cámara como la tía de Callejeros. La patata está dura, el puerro, como intuía, ha desaparecido en la olla y todavía no le he echado el pimentón porque me he quedado sin Internet y no sé si es demasiado pronto o ya es tarde.
Improviso y a las cuatro y media, cuando la patata tiene toda la pinta de un puré y aquello cuesta reconocerlo como la foto que había visto en el ordenador, me sacó de comer. Lo pruebo, y creo que la cosa ésta me ha estropeado mi guiso. Marco por teléfono. 954425849. “Sí, hola”. “Hola, ¿Telepizza?”. “Sí”. “¿Todavía poneis de comer”. “Sí”. “Pues una pizza”. “¿De qué, señor?”. “De lo que sea, pero que no lleve ni una verdura”. La próxima vez que vea a un puto apio de ésos, lo mato.
Hoy me han recordado aquellos días en los que se gestó este blog. Aquel de la campaña electoral con el que perdí la virginidad bloguera estaba clausurado y me animaban desde distintos frentes a iniciar uno personal que continuase aquella senda. Durante semanas, y siempre sabiamente guiado, le fui dando forma a la criatura mientras para entretenerme me ponía fino a pipas, de las buenas, de ésas que de repente te encuentras una almendra, no de ésas baratas que sólo llevan palos, ¿y a que viene esto?, pues a que la memoria es selectiva y es de lo que me acuerdo, hace ya más de un año.
Por aquellos entonces era un embrión de periodista político y la intención inicial era un espacio de cuestiones políticas aderezado con humor, en la línea del primero. El material que me proporcionaban nuestros políticos no me daba para chiste diario y al tiempo me aburrí. Hace meses que no sale uno. Luego los derroteros me llevaron hacia una racha reflexiva, más sentimental, que descarté el día en que andaba escribiendo una relación desamorosa y a la pregunta de “¿y esto cuando deja de doler?” contestaba “Si tienes suerte, nunca”. Era bonito, y triste. Subrayé todo el texto, lo copié en una carpeta que crece en otro rincón y algún día puede que se aireen.
Hasta el día de hoy, y a excepción de políticos y amor (¿cómo pueden estar cerca estas dos palabras?), cualquier otro tema que me provoque curiosidad tiene cabida, siempre claro está, teniendo en cuenta mis aficiones preferidas (las barras de los bares y meterme con los miarmas compiten duramente por el primer puesto) y mis personas más queridas, familia y amigos. Pero sobre todo, reflejar ese día a día que te encuentras en la calle, esas personas que se mueven, hablan y sienten sin guión, y los acertijos sociológicos de este mundo que intento descifrar son los que despiertan a los dos deditos con los que golpeó compulsivamente el teclado (nunca fui a clases de mecanografía, pensaba que no me iba a hacer falta porque iba a ser astronauta) y los que me provocan los bostezos al día siguiente por la falta de sueño. Esfuerzo recompensado, cuando al día siguiente siento que hay alguien al otro lado, ese feed back con un lector casi nulo en la redacción de noticias para un periódico. Por ello debo darle gracias al olepapa, aunque haya pensado cargarmelo más de una vez o la haya abandonado durante días.
Quizá deba sólo mantenerlo por lo que le intenté hacer antes incluso de que naciera. No es que su nombre entusiasmase a quienes lo escucharon la primera vez. “¿El quéeee?”. “Olepapa”. “Ahnnn”. Mi posición tenía que ser firme, de lo contrario, nunca hubiese encontrado un nombre.
Porque lo que sólo conocen un escaso número de personas es cómo tenía pensado bautizar a este engendro, precisamente lo que hoy me han recordado. Reproduzco a continuación literalmente la primera propuesta para el blog, remitida a un amigo que me ayudó en estos primeros pasos.
“Hola Luis. Creo que lo tengo, dime a ver que te parece. Tachán, tachán, el blog quiero que se llame Elmo en San Telmo. Te explico:
Elmo es un muñeco de Barrio Sésamo que esta siempre descojonao y que enseña a los niños. Y San Telmo, pues la sede de la Junta. Utilizaría al muñeco, con el que guardo un notable parecido físico, de alter ego, para contar la actualidad política y sus impresiones. La cabecera sería el muñeco (si no hay que pedirle permiso a la Disney, sus muertos o a quien lleve eso) y detrás la fachada de San Telmo. Eso de cabecera, pero claro, ahí me surge una duda, porque no me voy a hinchar a currar yo y el éxito se lo va a llevar el pelanas éste. Así que he pensado que en algún sitio, en un enlace o así, salga una foto mía. Se me ha ocurrío salir en la cama acostado semi desnudo poniéndole los cuernos con Pelocho, el muñeco del 11888, que tengo uno por casa. Creo que es un gran recurso si alguno de los joly (mi empresa) lo descubre algún día. Les digo que es el muñeco quien escribe, que a mí qué me cuentan. En fin, dime si desvarío mucho y le doy vueltas a otra cosa o si es factible hacerlo así. Un abrazo”.
Mi amigo no quiso contestarme por e-mail y a primera hora de la mañana me llamó, imagino para comprobar si ya se me había pasado la enajenación mental transitoria. Releyendo esto, me pregunto qué futuro le hubiera deparado a ese blog y, sobre todo, cómo hubiera reaccionado el presidente de mi empresa si alguna vez me hubiera llamado a su despacho preguntándome qué coño era esto con una foto mía en la cama semidesnudo con un peluche y yo le hubiera dicho que a mí qué me contaba, que sería un robado y que si tenía que echarle la bronca a alguien que llamase al muñeco.
En fin, termino con un video, sobre lo que fue el original de una historia que no prosperó, como mi primera idea de blog. Pensaron en otra música y tuvo más éxito. Sé que no lo vais a ver, según veo en las estadísticas, pero así es el olepapa: noticias, anécdotas y rock. Por vosotros.
Leo que los complementos sexuales existen desde hace unos 2.500 años. Tanto tiempo después, su mención aún sigue provocando esa risilla floja de “jejeje qué jodío”. Dice el artículo que los antiguos egipcios y griegos ya usaban consoladores, al igual que los romanos. Por lo visto, estos últimos hacían velas semejantes a enormes penes y me imagino que en las instrucciones pondría “para bene placito, no usalo encentito”, lo que viene a traducirse “usalo apagaito, que te lo deja calentito”. Aunque di latín dos años, sólo me acuerdo de la frase que me enseñó mi profesor, la de “Bove ante, ab asino retro, a muliere undique caveto”, lo que viene siendo “Guárdate del buey por el frente, del burro por detrás, y de la mujer por to los laos”. Unos avanzados a sus tiempos estos romanos.
Volviendo al tema, antiguos manuscritos chinos explican cómo atar la base del pene con seda para mantener la erección (una versión primitiva de los anillos para el pene). Un cipote con lacito, ideal para una sorpresa de cumpleaños. Y otros juguetes más imaginativos como el erizo chino, un círculo de finas plumas unidas a un anillo de plata que encajaba sobre el mandao. Para que no pase frío en el cuello, así disfrazaíto de David Bowie en su época Glam.
¿Queda mono o no el lacito?
Sigo leyendo y compruebo que la mayoría de los cacharros están ideados para las mujeres, uso individual o en pareja. Nosotros con la play tenemos bastante por lo visto. Los más conocidos son los vibradores, versión moderna del antiguo pollón de cera, y que ahora se mueven, tiene múltiples formas, giran y hasta dan besitos de buenas noches. El día que uno de éstos aparque en linea, los hombres tenemos los días contados.
Existen también los aceites, no el de freir huevos, sino unos de olores (y sabores) que en una situación normal te pillas un cabreo de mil demonios porque te dejan las sábanas perdías pero que en este caso así haya que poner lavadoras para tres juegos. Masajeadores, que en apariencia son objetos normales, pero que incluso pueden utilizarse como consoladores, salvo si los ha diseñado Mariscal, o las bolas chinas, que es como lo que llevan los canis en el cuello y que a más de una jefa que he tenido le hubiera venido de perlas. Y las esposas, ese clásico, no prescrita para ciudades como Sevilla, que te despistas, te vas de vacaciones en verano y te dejas en casa un mes a uno/a amarrao y con el aire off.
De todos los que he leído el que más me gusta es el yogur, que lo extiendes sobre la pareja y a comer, siempre que no sea de frutas del bosque, que no me fío de la procedencia de los trocitos morados, “¿de qué bosque es esto?”, o de muesli, que me recuerda a lo que ponía de comer al canario. Y los espejos, buah, esa fantasía de poner uno en el techo. Si alguien tiene uno, que avise, que yo no lo pongo porque no sabría qué decirle a mi madre cuando viene a ver el piso. “Sí mamá, es lo que piensas, lo he puesto para ver cómo me queda el pijama cuando me despierto”.
Y voy a dejarlo ya que me están entrando unos calores… El peluche me está empezando a mirar con ojitos tontos y de juguetes solo puedo sacarle el monopoly. Jejeje, una risita floja que me está entrando.
Llamadme delicado, pero no me gusta cocerme en mi jugo a 40 grados a la sombra. Así que hago el petate y cojo camino de mi casita de verano, la que tienen mis padres en usufructo hasta que les metamos en una residencia. No saben de mi llegada, pero la sorpresa me la dan ellos nada más cruzar la puerta. “Esto, ¿y tú dónde vas a dormir?”.
La casa de mis abuelos lleva más tiempo en obras que la Sagrada Familia y mi cuarto lo okupa mi tito soltero. “Bueno, ya buscaremos algún sitio”, repone mi padre en tono conciliador, aunque inquietante. A las horas han encontrado una solución. “¿Cómo que hay un sitito en el sotano entre la lavadora y el armario de los zapatos? Pero qué soy, ¿la tabla de la plancha?” Llenando a pulmón un colchón de aire, mi padre escucha como el que oye llover la furia del primogénito, que amenaza con echarse una novia esa misma noche con casa donde quedarse a dormir en oposición a tamaño desagravio. Mi madre no puede reprimir la emoción y se pone a tocar las palmas. Más de una vela va a tener que ponerle…
Por compensación, me dicen mis abuelos, nos van a invitar a comer. Somos cuatro los que celebramos san Antonio (mi abuelo, mi abuela, mi padre y yo) y hace años que no coincidimos. Por lo visto, a la tradición familiar se ha incorporado un restaurante de Sanlúcar, El Rancho, y el menú se lo conocen mejor que la tabla de multiplicar. Ya por el camino han decidido con la boca hecha agua cuatro parrilladas, tres de chistorra, dos de chuletas, otras dos de costillitas y de solomillos y patatas bravas. “Y unas ensaladas”, añado en voz baja. Ante la inminencia de mi salida de la línea hereditaria, mi padre repone para tranquilizarme que debajo de la chistorra ponen lechuga, con lo que el saldo de vegetales queda cubierto.
El Rancho tendría un eslogan fácil en su campaña publicitaria: “aquí se viene a comer”. Cuatro salones llenos de mesas largas de madera y camareros llevando bandejas y jarras para saciar a la plebe. No es un restaurante de diseño, me extraña no haberme encontrado en la puerta abrevaderos para las bestias y se nota que los cuadros de bodegones se han puesto para darle uso a las alcayatas. Mi familia se conoce cada rincón y son los más rápidos a la hora de adelantarse a otros cinco para pillar la única mesa libre. Se celebra como el triunfo de una batalla, mirando orgullosos a los que se quedan de pie hambrientos y desolados ante un clan superior. En la repetición de la jugada, se hubiera observado un leve codazo de mi madre a la señora enlacada de la otra familia, punible pero dentro de las reglas de juego, como el atleta que se hace hueco en una carrera.
En El Rancho las servilletas de tela no han estado de moda nunca, los refrescos son en latas, lo que se conoce como entrantes allí se llama aceitunas de las gordas, el pan es de pueblo y vino el de la casa, los platos se sirven todos a la vez y los cubiertos te los ponen si los pides, en realidad, si los pido. “Claro, como éste está acostumbrado a que lo inviten a comer los ministros”, se mofa mi padre de los recatos del niño ante la risotada general.
Cuando llega el cochino en trozos que está reservado para cada mesa, tiembla el suelo. A mi abuela le han pedido unas ortiguillas, que es un bicho con algas rebozadas típico de la zona y que al final tuve que comerme yo, Antoñito el verde, porque ella se tiró a la morcilla y la panceta para no desentonar en la estampa.
En la mesa de al lado, otra reunión familiar chillaba más que la nuestra, pensábamos que de otra zezeante tribu cercana, chipioneros o sanluqueños, hasta que vino a saludar un chaval que por lo visto había estado en mi colegio. No le reconocí, ahora pesaba 40 kilos más, un asiduo al tex-mex, intuí. “Y yo que me pensaba que erais forasteros”, les hizo hueco mi madre, que así denomina a todos los que no son del pueblo, mientras mis abuelos ya no los miraban recelosos. Cuando volví de fumar con mi hermano, las dos mesas eran una y allí corrían jarras de tinto y cervezas como en una taberna, los niños correteaban, la carta de los postres estaba en el suelo y el ‘digestivo’, eufemismo del whisky con hielo, venía de camino.
A las tres horas y media de haber entrado, ni mi padre sabía lo que era la tensión, ni mi tío el colesterol, ni mi madre el azúcar, ni a mis abuelos les dolían las piernas, ni las camisas ignoraban los lamparones. A la salida, aún con 40 grados, mi padre me tenía reservada una sorpresa más camino del coche, las llaves. “Bueno, ha estado bien la reunión familiar, vamos a casa”. Pero entre parrillas, se había diseñado un plan alternativo para el que no hacía falta mi consulta: me tenía que meter dentro de la ciudad, mi abuela quería ir al centro comercial. “Allí podemos merendar”, escuché a mi espalda. Cambio rancho en Sanlúcar, por una casita de playa en San Antonio.
Mi lista de quehaceres un lunes libre parece la agenda de un ministro. Lo más importante, tras llevar el traje al seco, será rendir cuentas con mi casero, aquel que insistió como un mandamiento que tenía que pagarle en los primeros cinco días del mes. Cojo camino de mi banco en sandalias y los diez deítos todos a una me preguntan qué ha pasado con los calcetines, que están arrecíos con la rasca mañanera.
Muy serio a mi llegada a la cola, una señora sentada me avisa con voz desagradable “oiga, que la última soy yo”, a la vez que las dos perritas pijas que lleva empiezan a ladrarme. Observo que la diferencia entre la cartera de esa señora y la mía no será tanto en el billetaje, que más o menos andaremos igual, sino en el número de fotos de carné que lleve. “Ésta es mi hija la mayor, ésta la chica, mi marido que estará en la gloria, ésta la nieta de la grande, éste el sobrino de la pequeña, éste un perro que se me murió, éste un guardia que me puso una multa y éste el funcionario que me la quitó”, me imagino que relatará al que pille confianza. “Yo voy antes que ese chico”, la escucho a la espalda dando la bienvenida al que llega y vanagloriándose de su lugar privilegiado a pesar de que está sentada 500 metros más atrás.
A su turno, la mujer mira a un lado, después al otro y dice muy bajito: “4.000 euros, en billetes de 500”. Miro yo también a los lados por si alguien más la ha escuchado, no por buscar un cómplice que se encargue de sus acompañantes mientras me acerco a la vieja, que no sería por falta de ganas de llevarme puesto en las sandalias una calcamonía de las perritas que no paran de ladrarme, sino por saber si tienen la misma curiosidad que yo de ver por fin un billete morado de ésos, un misterio de los que todos hemos oído hablar alguna vez, pero nadie con certeza asegura su existencia. Creo que Iker Jiménez le dedicó un programa un día.
Me pondría las gafas de sol por si eso reluce y me deja cegato, pero no tengo. La vieja mira otra vez hacia atrás, sus perras siguen ladrando. Mete en su cartera los billetes y se larga como si nada hubiera pasado. Es mi turno y me siento como si el de delante en la barra de un bar hubiera pedido un Jack Daniels con agua y yo fuera a pedir un batido de fresa con pajita. “Hola, buenos días, me pone un billete de 500 y uno de 20”. No voy a ser yo menos para pagar mi alquiler, además me hace ilusión.
El del banco me pide el DNI, todo conforme. Miro hacia detrás yo también, izquierda, derecha, cojo mis billetes, los introduzco en la cartera y al dar dos pasos hacia la puerta empiezo a sospechar de todo el mundo con mirada aviesa.
De mi banco al de la cuenta de mi casero me separan 50 metros y una esquina. Empieza a sonar la banda sonora de Misión Imposible, “tan tan tana, tan tan tana”. Me echo la mano a la cartera, sigue allí. Al salir por la puerta todo está en su sitio, no hay ningún coche negro aparcado en la puerta que no hubiera visto antes, el cuponero parece tranquilo y el que da a probar garrapiñadas en la esquina parece que no le hace señales delatadoras a ningún sicario. En las obras de la Encarnación parece que no hay movimiento, bueno, como en el último año y medio, el camino parece despejado.
Dudo si echar a correr, no me tendría que haber puesto las chanclas, y opto por caminar muy despacio con la mano pegada al bolsillo del pantalón. Joder, tengo que comprarme unas gafas de sol para no llamar la atención. Unas gotas de sudor empiezan a recorrerme la frente y creo que me van a dar con un palo en la cabeza en cuestión de segundos, pero ya he llegado a la esquina y veo de lejos el cartel del Santander. La vieja de las pipas no sabe nada, los dos mendigos no me miran a su paso, las chicas de carpeta de instituto no están organizadas y llego sin problemas al banco lamentando no encontrarme a nadie de seguridad en la puerta. Espero encontrarme a la vieja y sus perritas haciendo cola de nuevo para compartir experiencias, pero a saber dónde estará la capo de la mafia sevillana.
Cuando tras un ratazo me toca mi turno, saco de la cartera esa pieza de museo morada y hasta el cajero se sorprende y dice “coño”. Me siento como si fuera Indiana Jones entregando el Santo Grial al British Museum después de hacerme hueco con mi látigo por la calle Imagen y salgo del banco sonriente y con la impresión de que he hecho un buen trabajo. Voy a tener que repetirlo todos los meses, hasta el alquiler me parece hoy barato.
“Illo, ¿como estás?”, escucho al descolgar el teléfono. Llevaba meses sin saber nada de mi amigo J y se lo digo. Me recuerda que en la feria del pueblo desayunamos juntos, me encontró midiendo las calles de pared a pared y me llevó a un bar. Es la primera noticia que tengo. “Bien, ¿qué te cuentas?”. Se cuenta que ahora está rodando un corto, subvencionado por no sé quien, y que tiene un guión. Ha pensado en mí para un papel, casualmente de periodista, este sábado por la mañana. De paso, y ya que tengo la carrera, me recomienda que le eche un vistazo a mi escena, la V, para que compruebe si el personaje es “creíble” y corrija un par de erratas si las encuentro. “Bueno, mándamelo, a ver si tengo cinco minutillos”.
Soy de letras puras, pero así por lo alto, si a cada folio del guión le echamos un minuto de cinta, con 90 folios de archivo, me sale un corto un poco largo. Por lo visto la historia es una especie de thriller mayeto-calabacero typical roteño: unos hackers se meten en el sistema informático de la Base y los americanos llegan a la Luna pero esta vez de una patada. Se veía venir, conociendo al autor, el mismo que sin rubor le chilla en la cara a 40 armarios de la VI Flota ‘Go back home yankes’.
Cojo mi folio y comienzo. Mi primera sospecha conociendo al impulsor del proyecto, que a lo mejor un americano no sale pero un porro es imprescindible en la historia, se desvanece en la primera línea. “¿Quieres tirar el porro? … venga tres y empezamos”, dice Periodista a Cámara 1 en una conexión en directo frente al control de la base. Cómo no, si es periodista, tiene que ser de tele, lo demás es tontería. Primera nota aclaratoria: (illo J, si es en directo, ¿para que coño le dice al cámara que cuente hasta tres?).
En fin, el periodista tiene que estar enojado (según pone entre paréntesis) y echarle la bronca al cámara de que rapidito antes de que los echen. En el imaginario colectivo de mi colega ha calado que vivimos estresados y cabreados. Segunda frase. Periodista: “La noticia se conoció (transcendió, le corrijo) esta mañana pero al parecer…” (Altoooo, encima que llegamos tarde, no lo tenemos ni confirmado. Primera bronca, corrige eso, y pon según fuentes de la investigación o algo así). Sigo leyendo y me encuentro con un “la sorpresa fue mayúscula” y un “cerrado a cal y canto” que tacho en rojo sobre la pantalla, (nada de latiguillos), y luego un “Se descubrió” (¿quien? ¿y el sujeto?) y más tarde un “la polémica surgió” (claro J, si no no estaríamos ahí, eso es lo que piensas ¿verdad?) y en la última frase un “Fuentes bien informadas nos han asegurado que (ahhhh, yo te mato, quién coño son esa gente, un poquito de rigor) y así sigo hasta que el folio inicial se convierten en tres folios de correcciones, tachones y sugerencias.
Se lo envié con el siguiente texto adjunto: “¡¡¡mamón¡¡¡, todos los tópicos del periodismo en un folio, eres un crak, solo le he echado cinco minutos, pero si quieres más ayuda, dímelo y le saco otro rato”.
Esta tarde me ha contestado mi amigo, con un mensaje un tanto inquietante: “Loviu to yu a lot. Gracias por echarme el cable. Por cierto, he recordado que tu hermano es actor y quizá puede venir el sábado que seguro que estás muy liado con eso de las elecciones. También he decidido quedarme con el texto original. Kisses”.
No sabía si cabrearme como un tópico periodista o reírme con mi amigo Coppola, al fin y cabo, cada uno describe la realidad o la ficción como le interesa, ¿o no?
Al día siguiente de la boda, la temida pregunta de mi madre resonó en mi resacosa cabeza como un martillo pilón. Era difícil saber en cuál lado de la línea telefónica había más miedo. Pero la pregunta ya estaba formulada. Yo conocía que su intención no era la opinión de los demás sobre la vestimenta, sino sobre si ésta había sobrevivido. Un largo historial de excesos antecede a su vástago y ella ha ejercido de anegada remendadora oficial muchos domingos por la mañana, esperando a la tarde para, una vez yo despierto, conocer mi versión sobre tal o cual agujero, muchos de ellos de procedencia para mí desconocida u olvidada. Y eso que sólo hago hacerle caso a ella, que me dice eso de que en la calle hay muchos peligros y yo le digo que por eso me quedo en los bares hasta que se haga de día, que por las mañanas hay más seguridad.
En esta ocasión, 24 horas antes, había venido expresamente a vestirme. 140 kilómetros por ver una imagen inédita en nuestra historia compartida en los últimos 29 años. No eran aún las doce de la mañana cuando hizo uso de su copia de la llave, ésa que para mí suponía una pérdida de libertad, batalla perdida, y cuya posesión a ella le suponía una condición sin discusión para seguir ejerciendo su trabajo como madre. Una suerte de segunda parte del cordón umbilical: si ella me lo dejó utilizar en su día, ahora me tocaba a mí devolverle aquella muestra de confianza.
La estampa que se encontró era desoladora. La imagen de un hijo echando babas sobre la almohada como consecuencia de una noche de festival sin medida difiere en gran medida de aquellas ilusiones que pudo tener en el hospital la primera vez que le dieron a su polluelo. “Pero todavía estás así, no me lo puedo creer, pero cómo tienes el cuarto”, imagino que diría antes de empezar a zarandearme como un trapo y yo volver del sueño de la carpa de los dj´s, mi última imagen consciente de la noche anterior. “Pero mamáaahhhhhhhh”, último intento de cerrar los ojos. Creo que fue ella la que me metió en la ducha, ya no en sus brazos, como hiciera hace años, sino a golpe de chillíos cuasi militares. Cuando salí, deseaba que sobre la mesa de la salita hubiera un colacao y una palmerita… y, sí también, que ella hubiera desaparecido, pero allí estaba, con ceño fruncido, y el traje en la mano.
Ahora con el teléfono pegado en la oreja, y ella al otro lado, le podría haber contado el cuidado que tuve. Fue despacito para no sudar, apenas arrugué la chaqueta y el pantalón en el coche, evité todos los suelos de albero hasta llegar al hotel y escudriñé con sigilo durante el aperitivo a una señora con un mondadientes que iba entrando a matar a cualquier plato a menos de 50 metros y que resultó ser la madre de la novia, una auténtica banderillera que con su palito lo mismo pillaba lonchas de jamón que huevos de codorniz con salsas y que podría haber sido la causante de “mi mancha”.
Podía haber seguido el relato con mi escrupuloso comportamiento en la comida, que tampoco es que diera como para tirarnos pan unos a otros pero podría haber pasado, o que incluso botando con la orquesta sorprendentemente ni yo me derramé una copa en lo alto ni a nadie se le fue la mano. E incluso ir más allá y decirle que casi ni le eché cuenta a la hermana del novio para evitar hipotéticos roces y haberle expresado la teoría de que, en mi opinión, si has sido amigo de un hombre durante más de 24 horas, sus hermanas no serán nunca más objetivos tuyos, para el resto de tu vida, salvo que te cases con ellas.
Le hubiera dicho la verdad. Que me despedí de los novios y el traje estaba impoluto y así había llegado el final de la boda. Pero hubiera sido una verdad incompleta. Porque resultaba que después fui a un bar al que no sabría volver a llegar y por lo visto allí había unas velas, y no sé como lo hice para rozarme con todas las velas que allí había y algunas más que tuvieron seguro que reponer porque yo las llevaba todas en el traje, manchas de cera que no descubrí hasta que no me lo dijo un heavy del bar al que fui después yo solo a tomarme mi última y al que estaba molestando con el humo de mi puro que, previamente, se me había roto en el bolsillo de la chaqueta, y que cuando se me terminó, de la fatiga que me entró con el puro o a lo mejor de las 800 copas de ese día y el anterior me vino una fatiga que me hizo salir del bar corriendo hacia la primera esquina que ví y entonces allí utilicé la única parte que a esas horas quedaba impoluta, las mangas. Y que luego volví a a entrar, ahora sí, y por fin me puse la corbata en la frente y, ahora sí, volaban ríos de cerveza por el aire mientras me abrazaba a sudorosos melenudos.
Así que con el auricular en la mano, miré a un lado y allí estaba el traje hecho una bolita en una silla porque parece que cuando llegué no encontré una percha y a todo esto mi madre aún estaba esperando una respuesta. “El traje, dices, bien, bien, muy bonito dijo todo el mundo”, contesté buscando un seco en las páginas amarrillas y levantándome para echar, por dentro, el doble candado de la puerta.
En un centro comercial, me siento como un elefante en una pecera. Me agobio. La táctica consiste en llegar, probar y comprar y, la mayoría de las veces, saltarse uno de los pasos y pasar de los probadores. Esta vez, es un traje, por lo que me voy concienciando del mal rato. La idea la aporta mi abuela, que está pasando unos días en casa porque la suya está en obras, y la secunda sin miramientos mi madre, que está ya vistiéndose para acompañarme, a la vez que chilla a mi padre que se deje dar cabezadas en el sofá y se venga. Él, volviendo del sueño de los justos, anda preguntándose que está pasando para tanto revuelo.
Agradezco la compañía porque sé que soy capaz de decirle a un dependiente desde la puerta que me cobre el del escaparate sin llegar a entrar ni en la tienda. En mi plan, mi madre hará de shopper mientras me quedo con mi padre fumando en los aparcamientos. Y así voy escabulléndome entre el A-22 y el A-23 hasta que descubre mis propósitos y, sí, voy a tener que entrar en la tienda, mirar los expositores e incluso entrar en los vestuarios y no salir de ellos hasta que el conjunto goce de su visto bueno. Mi padre va por el B-23 con cigarro en la boca y sin mirar atrás, su evasión ha tenido éxito.
Bueno, vamos allá. Busco a un dependiente, hombre, en Massimo Dutti, para exponerle la teoría de las tres B y la L. Bueno, bonito, barato…y ligero. Él me comprenderá. Primer aviso de que esto no va a ir bien. Va a llamar a la compañera de la sección masculina. Rezo a todos los dioses porque no esté buena. Me pasa, sé que se me va a poner cara de tonto y no voy a ser capaz de decirle que no así me vista de tortuga ninja. Soy de ese tipo de personas incapaces de llevarle la contraria a una tía buena y mantengo la firme teoría de que las contratan en las tiendas de tíos para que nos gastemos el sueldo del mes y salgamos de la tienda con cara de tontos y un montón de bolsas con ropa modernita que quedará en el fondo del armario mientras nos vestimos con la clásica camiseta de dos agujeritos del cigarro con la que tantos momentos hemos compartido.
Me sudan las manos pensando en el dineral que me va a costar la tontería cuando aparece Mari Carmen, gracias a dios, sólo monilla.
Con el primer traje, negro, parezco el muñequito de una boda, sueca claro. Mari Carmen se da cuenta de que estoy mirándome en el espejo preguntándose quién es ese tío. Se va y me trae otro, con el que entro en la piel de James Bond. Juego a disparar a mi madre mientras me paseo. Mi padre ya anda por aquí, sentado en un taburete que no sé de dónde se ha sacado. “Ten cuidado no te vayan a confundir con un maniquí” le digo mientras se despereza y se arrasca la barriga a la vez, toda una destreza digna de ser grabada y analizada por antropólogos.
Mari Carmen trae refuerzos, otra compañera con dos trajes. Con uno casi reviento el botón del pantalón y con el otro, si me sueltan en el Polo Norte nadie se dará cuenta de que no soy un pingüino. Dos trajes más y esto ya me está costando. La dependienta se da cuenta: “manoli, deprisa, que el chaval se está agobiando”, avisa de que las alarmas están a punto de sonar. Mi madre alo suyo, no pierde oportunidad: “uno que le esté bien que a lo mejor le valga hasta para su boda, aunque sea en el juzgao”. Mamá, no me vendas tan bien, la chavala ya ha tenido que intuir que estoy soltero cuando he venido contigo.
Mari Carmen ya va a saco, pasa de lo que opina mi madre y ahora un traje gris pega con una correa y unos zapatos marrón porque lo dice ella y con una corbata morada porque ella lo dice. A estas alturas estoy en sus manos. “Te estoy vistiendo a mi gusto”, y yo encantado. Me da dos vueltas pa adelante y pa atrás y dice que qué tal. Yo la miro, me dice que me ve muy bien y yo con mi Mari Carmen al fin del mundo. Vámonos.
A la hora de pagar, deslizo la camisa hacia el lado de mi madre, por si pilla la indirecta. Mi padre a metros ha visto la jugada y de pronto le han entrado ganas de fumar. La complicidad con Mari Carmen es total, creo que voy a ir guapote a la boda, “¿la camisa se la cobro a usted señora?”, y yo que tiro de “no, mujer, no” y mi madre se siente atrapada en su condición de ser quien me trajo a este mundo ante la muchacha y pica hacia el monedero.
En el camino de vuelta recuerdo que mi abuela debe seguir en casa. Le están arreglando el cuarto de baño, que le está quedando precioso, yo le he dicho que no se preocupe que iré a verlo. “No te preocupes abuela, el día que me quité la barba voy para allá y te dejo aquello to lleno de pelos”, le avisé por su idea del centro comercial, mientras mi madre me miraba con cara de “verás tú que al final son tus bromitas las que se cargan a la abuela”. Llegando voy con las manos planchando por lo alto el traje. Abro la puerta y entrada triunfal, “mira abuelita, que traje más chulo me he comprao yo solito”.