Si paso unos días en la casa de la familia y amanezco en domingo, la chica de la papelería sabe que tiene una cita conmigo. Eso es al menos lo que pienso de camino, que sus sábados ya no son lo mismo, inquieta por si, de repente, aparece ese extraño que aún conserva la romántica costumbre de dejarse unas monedas en periódicos, quizá dos, a veces tres. Generosa sonrisa, imagino que fantasea con dónde me detengo para acercarme a lo que sucede en el mundo, una tranquila terraza con una cerveza fresquita, la sombra que cobija en un parque o quizá piense que me introduzco en un sótano oscuro donde, minucioso, recorto artículos, columnas, anécdotas, fotografías, que luego guardo en una carpeta de cartón. Es un juego que me entretiene cuando salgo decidido hacia su reino de papeles, donde ella custodia las noticias de esa mañana, que nunca fueron antes ni serán las mismas.
La guardiana de los tesoros caducos sigue allí, como esperaba, y esta vez le traigo además otro negocio. Un tren a Madrid aguarda y necesito una impresora que justifique la compra. “Eso es un minuto”, promete sonriente. No hay nadie en la papelería, como de costumbre. Pienso que quizá sea el único morador que cada cuanto pase por allí.
La recuerdo en verano, con una camiseta amarilla que, al agacharse, me convenció de que, sí, el mejor sitio para los suplementos era allí, debajo del mostrador. O aquella otra vez en que la revista que quería sólo podría alcanzarse si se alzaba a una escalera y, sí, sigo sin tener ningún interés por las motos, pero su sitio era aquél.
Así que cuando me dijo que iba a tener que esperar un rato porque el ordenador no funcionaba, tampoco me importó. Quizá incluso le contara a lo que me dedico, una de esas manos anegadas que pintan el papel que sólo yo le compro un domingo por la mañana cualquiera, ésos a los que ella vigila cual cancerbera de la actualidad.
De pronto un hombre entró. Ella seguía trasteando sin tino en el ordenador y dejé el ejemplar del periódico que estaba hojeando en el mostrador, por si el cliente quería ése. Deseé que quisiera ése, aunque yo no escribiera ese día. Otros más llegaron, en goteo, y se pusieron en cola mientras ella arreglaba mi asunto, “enseguida estoy”, decía, y comencé a especular sobre cuáles podían ser mis potenciales lectores, no ese día ya, pero quizá otros. La máquina seguía sin funcionar, ella se excusó y comenzó a atender a mi espalda, dándome la oportunidad de analizar a los lectores de un domingo cualquiera. La improvisada espera podía ser provechosa. Crucé los dedos y con los ojos les dirigí a mi montoncito.
El primero, muy serio, pidió El País. “No pasa nada, es sólo el primero”, me dije. Pero se había acabado. Ella preguntó si quería otro, pero ofuscado él se marchó. El segundo, un hombre mayor que llegó con un chico en silla de ruedas, también quería el mismo. Igual suerte, claro, aunque éste añadió que lo quería por la chaqueta de Trancas y Barrancas para el chico. Ella, simpática, le imprimió un cupón y él se fue contento, pero sin noticias. El tercero también quería El País, “por goleada, me dije”, y casi entra en furia por su ausencia. “¿Y no hay otro que tenga esta película?” Ella negó con la cabeza.
Acerqué distraído mi montón, titulares en letra gorda, y parece que influyó, porque el adolescente al que le tocó turno pidió El Diario, y entonces media sonrisilla me asomó. “Ole tus güevo, churra. Eso está bien, tenemos a los lectores jóvenes”, me dije orgulloso. “¿Oiga, pero éste no es el de la taza”. “No, ése es La Voz”. “Ah, vale, pues La Voz”. Quise ahorcar al traidor, imberbe felón que se deja engatusar por un cacho de plástico, “mierda de educación de la ESO”, apuñalaron mis ojos al ingrato.
Luego llegó el que sólo quería el Diario, pero el del Carnaval, el otro le daba igual y allí quería dejarlo aunque ella le obligó a llevárselo todo y una que preguntó por unas ollas que, yo sabía, daba mi periódico pero me negué a revelar ante el desconocimiento de ella, la ex guardiana de los papeles, que se bamboleaba detrás del mostrador buscando promociones de un lado a otro, mercadillo ambulante, mientras los lectores le preguntaban por las tazas de café, el dvd portátil o las toallas de no se qué equipo, en la rifa de los regalos con letras de relleno. “Voy a tener que llamar a mi marido para que mire el ordenador”, soltó a quemarropa, justo en el momento en que ya su figura se desvanecía en un montón de ceniza apilada y se esfumaba para siempre la mercader de los papeles atintados. Muy digno, pagué mi Marca y me fui.
La noticia se vende
Martes, Febrero 9, 2010 · Dejar un comentario
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La cobra y el búho
Lunes, Febrero 1, 2010 · 1 comentario
Chicos, cuando uno tiene 30 años y vive la mayor parte de su tiempo en una ciudad, observa cómo se mueven los seres que se mueven a su alrededor y aprende a identificar los pasos de los extraños. Forman parte de un catálogo, se repiten.
Se intuye quién es la madre del pequeño que juega en el columpio, porque le mira desde la cercana distancia, permitiéndole el engaño de su libertad al balancearse. Se adivina por el ritmo quien camina deprisa hacia ninguna parte, porque comienza de pronto a apaciguar sus pisadas, da igual un minuto después. Se presiente que pronto llegará quien se siente junto a aquel que lee un libro distraído en una terraza y bebe a pequeños tragos, casi sin querer, sorbos de espera. Y se conoce, por los ojos, quién anda enamorado con la mirada pérdida y quién busca al rey o reina de corazones.
Por eso chicos se puede llegar a descifrar la identidad de dos individuos desconocidos que zozobran juntos en la barra del bar una tarde cualquiera. Si son pareja, amigos, compañeros de trabajo o amantes se decidirá en breves momentos, sólo hace falta observar.
De las cuatro opciones, una queda descartada si irrumpe un beso en los labios. Puede ser una pareja en un gesto cotidiano, amigos que descubrieron la atracción justo en el momento en el que curioseabas o compañeros que por fin se atrevieron tras días, meses, años de galanteo y papeles en la mesa, pero nunca amantes. Aún hay luz.
Por esa misma razón chicos, porque todos los días los extraños se mueven de acuerdo a un patrón, tuve que haber parado a aquel casi adolescente de barba rala. A los ojos de los demás podían haber pasado por cualesquiera, ella caminaba a su lado y se sentaron. Él, el chico que nunca se debería haber levantado, le consultó y se dirigió a la barra, a mi lado, para pedir dos té con limón. Ella ya había decidido por los dos, era obvio que, él, nunca antes había probado eso y decidió que era buena ocasión. Esperó demasiado a la lenta camarera, sin acercarse de nuevo a su objetivo y la dejó pensar. Error. Ella ni siquiera podía imaginarse que esa tarde había objetivos.
Se sentó enfrente, con mesa de plástico barrera y surtidor de servilletas, y comenzaron a hablar. Ella sonreía y él, siguiendo el patrón mil veces visto, se apresuró a sacar los títeres para divertirla. El repertorio era el clásico, la misma obra, juego de manos y de palabras que la hacían por momentos reír, enfadarse, coquetear, quizá desear, soñar.
“Ahora déjala a ella”, le telegrafíe mentalmente desde mi taburete-cumbre. Hasta los niños se aburren al rato de los títeres, y fuera porque le llegó o porque ella quería participar y empezó a mover los labios, él se echó hacia atrás y escondió los muñecos. Por un momento pareció que la escuchaba y ponía cara de interesarle. “Estás muy atrás, ¡ahora¡”, le transmití. Pero el chico que nunca debería haber sacado a los títeres estaba impaciente por una segunda función, la cortó, dejó de asentir a lo que ella decía y pronto volvió a querer demostrar lo divertido y espontáneo que era, necio y atolondrado chico.
Entonces se levantó y ocupó la silla vacía sin abrigos, dándole el perfil a ella y a mí la espalda. Total, para el caso que me estaba haciendo. Perdí el interés por unos momentos y escuché a mi acompañante, que andaba con no se qué historia de una película de no sé qué actriz. Cuando volví, ahí seguía con su teatro, intentando hacer magia cuando aún es un torpe aprendiz al que se le verían los trucos. “Tócala el brazo”, chillé en silencio en un último intento. Pero nada, era sordo.
El chico que nunca debería haberse sentado al lado de ella no escuchó y se tiró hacia delante, quizá con los ojos cerrados, lo más fácil para precipitarse al vacío. Ni siquiera llevaba la mitad de su té de compromiso.
No había percibido ni mis señales ni ninguna, porque a ver, chaval, ¿ella te había mirado con ojitos brillosos? ¿Se había mecido de lado a lado, casi imperceptible bamboleo, apoyándose en un pie, luego el otro, en una cadencia impaciente? ¿Ella había apoyado la barbilla en una de sus manos, mirándote y sonriendo? ¿Ella había cerrado los ojos en algún momento para que tú, temerario, te lanzaras suicida, como si conocieras todos los agujeros oscuros del universo misterioso de la feminidad?
Pues no. Así que cuando tú sacaste a la cobra, con ese ataque inesperado que no sé cómo no te rompiste el cuello, con un ímpetu instintivo fuera de toda lógica, golpe de cabeza sin manos en la suya donde paralizarla en la mordedura, ella se asustó y te hizo el búho, echó la cabeza hacia atrás y te miró con los ojos muy abiertos, más que sorprendida, acojonada, mientras tú retrocedías sin orgullo, chico impulsivo que ya tienes edad para pedirte un cubata.
Porque ya después de aquello, mientras yo a tu espalda meneaba la cabeza de lado a lado y volvía a mi ‘conversación’, ella te dio unos minutos para que te explicases antes de levantarse, coger su abrigo y marcharse por donde vino, pero ya contigo a unos pasos más alejados, si no en otra dirección. Aprende de este buho, que a todos nos ha pasado, y fíjate, observa a la gente a tu alrededor en este universo y aprende, pequeño predador.
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Una chirigota ¿sevillana?
Domingo, Enero 17, 2010 · 6 comentarios
En los últimos días se me viene preguntando por mi opinión sobre la participación de una chirigota de ilustres sevillanos en el Carnaval de Cádiz. En verdad, nadie se ha interesado por lo que pienso sobre esto, pero a mí me está comiendo por dentro y me da la gana de escribirlo. Vaya por delante mi firme oposición al invento, con tufo a letras de laboratorio y ayuda de letristas de la tierra cuyo ingenio aprovecharon para causas mejor pagadas y volvieron, cuando tuvieron tiempo, como hijos pródigos seguros de que las tablas del teatro les echaban de menos.
Como gaditano militante, tengo miedo. Miedo a la pérdida de identidad y a que estos días se vaya a librar la última batalla de la colonización. Cual leyenda homérica, el ejército invasor escoge a sus mejores soldados, después de que en años anteriores otros hayan trazado el camino, los disfraza con uniformes de la tierra y entran en la fortaleza troyana con la algarabía de los presentes, pueblo confiado e indolente. Para disimular la naturaleza del asedio, las puertas las abren los de dentro, integrados en el enemigo.
Y soy consciente de que no se podrá negar una risa sincera, la expresión más bella, si así lo pide el cuerpo al escucharles. No se puede luchar contra lo que irrumpe dentro. Y soy conciente del talante, fama ganada, de recibir amigable al que llega con buenas intenciones. Que pasen y disfruten de la fiesta.
Pero atentos, que no nos confundan. Que el carnaval no puede, no debe, ser un concurso donde haya ganadores y perdedores. No estoy tan seguro de que eso se entienda, miedo por quienes pueden verlo como una competición y criticarán el resultado por la supuesta envidia de los anfitriones. Porque no pueden ni van a ganar, eso es así, son un show humorístico de invitados.
A mí no me importa que no se entiendan las letras, porque no están hechas para quienes no las sientan. A mí me gusta que se hable del tendero de la esquina, aunque sólo lo conozcan los que allí viven. El carnaval, por mucho que se estudien sus intestinos, no es un producto, es una cultura y eso se mama, se bebe a diario. Y si no funciona en horario de máxima audiencia no es que no valga, es que es lo que es y odio a los que quieren cambiarlo, propios y extraños.
Y desde la distancia, atrincherado en las filas enemigas, observo los aires de conquista que se avecinan. Que son los mejores y van a por el último de los reductos que parecía inaccesible, vencer en el Falla. Y no les va a fallar el aliento de los suyos, que asegurarán no haber escuchado nada igual y aupar a sus elegidos, sin conocer siglos de historia porque no es su cultura y nadie se la ha contado.
Los medios les dedicarán páginas y páginas y alimentarán las expectativas de éxito y destacarán primero, hoy, que supieron congraciarse con el público, pero mañana, ganada la confianza, querrán más, todo, lo venderán como una aclamación, no se habrá visto nada igual, y se sentirán rencorosos cuando digan adiós por una puerta que, entenderán, no se merecían y prometan que volverán.
De los aplausos que reciban, no dependerá lo que será el carnaval. No es para tanto, pero hay que estar vigilante. A mí me gustaría enseñarlo como yo lo aprendí. Que con dos coloretes en la cara ya estabas disfrazao para salir a la calle. Con un concurso de agrupaciones que no era competición. Sin guiones, donde se agradecía la improvisación y no gestualidades ensayadas para buscar la risa como si fuera un sketch. De gente anónima a las que no se les conoce el nombre ni falta que hace, sólo el mote.
Porque de lo contrario, la fiesta pierde su esencia y se convierte en un espectáculo sin identidad, otro más. Y los pueblos son diferentes porque cada uno es como es y no todo tiene que ser igual. Así que bienvenidos, bien recibidos y adiós, con todo el respeto, porque ésta no es vuestra fiesta.
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Queridos reyes magos
Sábado, Enero 9, 2010 · Dejar un comentario
He querido esperar unos días por si se habían dejado algo y no encontraban mi casa. Pero a pesar de que miro y remiro por la ventana, por aquí no aparece nadie y creo que, un año más, con lo puesto me quedo. Hasta cinco pares de calzoncillos, otros tantos de calcetines y un pijama nuevo, ése es el saldo de sus majestades para conmigo, un cada día más desconfiado de la realeza. Y no es porque este año me haya portado peor que en los anteriores. En teoría viendo los regalos, me he portado igual. Cinco años con lo mismo y me pregunto ¿quién le mandó esa carta entonces que se les ha quedado grabada a fuego a estos tres?
Me los imagino diciendo, “vamos a casa de éste, a ver qué ha pedido… anda, como el año pasado”. “Y el otro” dirá un segundo rey. “Y el anterior”, dirá un tercer rey. “Pues a mí me pide lo mismo”, completará Papa Noel.
Si desde aquí espían esto, quiero decirles que se me antoja casi imposible romper un pijama cada año por mucho que me esfuerce aunque, reconozco, que el del año pasado ya lo tenía un poco desgastado y que las visitas se quejaban de la sorpresa que saludaba por el hueco de la cremallera del pantalón.
Así que ellos me dirán con qué animo empiezo yo el año con el propósito de dar limosna, ayudar a las viejas a cruzar la calle o devolver el cambio equivocado en las tiendas cuando sé qué me encontraré el día de hacer balance. Seguiré con la misma cara cuando me llega la carta que pone: con tu ayuda, un niño de Guinea podrá ir a la escuela. ¿Qué pasa, que el niño no sabe el camino?
Luego me toca padecer el disfrute de los demás con sus estrenados regalos, los más cercanos provocados por mi altruismo navideño que, perjuro todos los años, será el último. La única que me entiende es la peque, que siempre me da la razón.
Si yo por ejemplo le digo cuando está abriendo su regalo: “ay, menos mal que los reyes te han traído un libro porque si fuera por tu padre aprendías a hacer el pino antes que a leer, que si, que tu padre na más que sabe de whisky y de golfas, ajo, ajo, ajo”, ella me mira y se ríe porque llevo razón. Si hasta mi madre después de decir “no le digas esas cosas a la niña” añade “pues es verdad que la joía está diciendo que sí” es porque la niña no miente, a ver si no vamos a conocer a su padre.
Aún les doy una última oportunidad para terminar con buen pie estas navidades si acceden a mi deseo de que los bares no cierren tan temprano, que pongan rock&roll a todo volumen y que el Lucky no suba de precio. De ser así, os prometo portarme muy bien este año.
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La leyenda
Lunes, Diciembre 28, 2009 · 1 comentario
Lo que viene a continuación es una historia que probablemente sea exagerada en las versiones de los años venideros con algunos detalles que contribuirán a hacerla casi antológica o, por el contrario, será deslegitimada por sus detractores con la intención de poner en duda alguno de sus pasajes, por lo que 24 horas después de la sucesión de acontecimientos me dispongo a contar lo que puedo recordar de la noche del pasado sábado con la ayuda inestimable, para completar mis océanos de memoria, de algunos testigos que pudieron presenciar la que ya es denominada por los protagonistas como la castaña más legendaria de nuestra vida.
Todo comenzó con lo que a partir de ahora voy a llamar la teoría de los tiempos destructivos, que viene en primer lugar a decir que, si te marcas una hora de vuelta a casa nada más salir por la puerta, esa hipotética hora será superada irremediablemente con creces sin que puedas, uno, haber llegado a imaginar que ibas a pasarte tanto y, dos, ni siquiera recordar qué estabas haciendo a la hora que pusiste como límite. Ejemplo: “Yo como mucho me voy a las dos que se lo he dicho a mi novia y mañana tengo que trabajar”, dijo mi colega a las seis de la tarde con una cerveza en la mano.
La segunda acepción de mi teoría del tiempo destructivo es que las reacciones son diferentes según la hora en la que se sucedan los acontecimientos y éstos estarán inevitablemente marcados por la hora en la que pasen. Ejemplo. Si ese sábado hubiera ido a recoger al suelo un dardo y sólo hubieran sido las seis de la tarde cuando al agacharme escuché cómo a mi espalda se rajaba una tela, probablemente hubiera mirado a todos los lados del bar, hubiera disimulado al quitarme la chaqueta, me la hubiera puesto en la cintura y hubiera mascullado ante mis amigos algo así como un “ahora vuelvo” para unos minutos después haber regresado con otro pantalón puesto.
Pero no eran las seis, eran las nueve y media y ya iba por mi cuarto cubata, así que sólo me limité a comentar entre la pandilla si se veía mucho y, aunque prácticamente la rotura me llegaba hasta el tobillo, todos los allí presentes dimos por bueno el incidente y yo continué la velada con medio culo fuera. Nótese que a la teoría del tiempo destructivo no le afecta el lugar, porque la primera vez que se me rompió un pantalón por semejante sitio (¿qué está pasando con la calidad de la industria textil?) fue hace unos meses en Nueva York y, aunque es la ciudad que todo lo tolera en cuanto a tendencias, sigue siendo puritana en cuanto a lo de enseñar el culo se refiere.
Y este sábado hubiera sido un día más, salvo por el pantalón, si a servidor no se le hubiera ocurrido convencer a sus colegas para ir a la zambombá rockera, donde sólo había chavales con una decena de años menos y donde los cubatas venían en una legendaria forma que casi ya habíamos olvidado, pero que todos recordábamos con cariño: las macetas, también llamados litros, y sus correspondientes pajitas para compartir. “Ostias, tío, ¿te acuerdas?”. “Sí, pídete dos, que vamos a beber como en nuestros tiempos”.
Y ésta es la conclusión de la teoría del tiempo destructivo: ya no podemos beber como en nuestros tiempos. Ni podíamos demostrarles a aquellos chavales que éramos y somos los más borrachos del pueblo, que en una competición una maceta puede caer de un par de tragos, que éramos y somos los que me saltan en los conciertos o los que más gustan a las tías. Las leyendas no tienen forma humana ni tienen que ir a trabajar el lunes.
Así que lo que hicimos fue cogernos la castaña más legendaria de nuestra vida, que hemos tenido que recomponer a trozos en las 24 horas posteriores.
Como ha pasado en la reveladora llamada de hace unos minutos. “Tío, la borrachera más grande de nuestra vida”. “Sí –hago memoria, aunque para esta clase de experiencias es traicionera-, la más gorda”.
Ahí empezó a tergiversarse la historia, porque mi colega empezó a añadirle episodios que dudo estuvieran en la versión original. “Yo cuando más me reí fue cuando mire atrás y te vi en medio del parque victoria con la cara en el suelo y los pantalones por los tobillos ¿qué coño estabas haciendo?”. “Ehhh, no los llevaba por los tobillos, se me habían roto antes ¿no te acuerdas?”.
Pero ya no se acordaba y la noche pasará a los anales de la historia (sin bromitas) como la noche en la que acabé con la cara en el suelo y los pantalones bajados mientras buscábamos el coche, lo que en parte explica por qué tengo aún las palmas de las manos to zollás y un moratón en el brazo.
“Bueno ¿y cómo acabaste?”, ha preguntado mi amigo llegando a asustarme. “¿¿Cómooo?? ¿¿No me fui contigo??”. “No, yo llegué a mi casa y tu hermano me llamó para preguntarme dónde estabas, ¿dónde acabaste?”. La noche más legendaria de los últimos años aún tiene un final abierto y, sea cual fuese la realidad, voy a tener que esforzarme para que la fantasía de los narradores al menos me deje con los calcetines puestos ante las nuevas generaciones que conozcan nuestra leyenda.
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Felicitación de Navidad
Jueves, Diciembre 24, 2009 · 1 comentario
A veces las cosas no son como uno piensa
Igual te deseo que tengas unas muy felices fiestas
Igual te deseo que el año en que vamos a entrar esté lleno de paz, amor y felicidad
Igual espero que sea una fiesta llena de dicha para ti y tus familiares
Igual te pido que no te olvides nunca de tus amigos, sabes que siempre estaremos ahí
Igual te agradezco que me hayas dejado entrar en tu vida
Igual te agradezco las veces que me has dejado pasar contigo en Sevilla
Igual te pido que no cambies nunca y sigas siendo siempre tú
Igual de ti cojo menos de lo que necesito y te doy más de lo que puedo
Igual te quiero ver siempre feliz y que compartamos esa felicidad por muchos años
Igual espero ser el primero en felicitarte el año nuevo
Igual… TE QUIERO
(Pero igual tu vecino de arriba ha llegado borracho como una perra la noche que se recomienda que no salgas porque al día siguiente en la cena las gambas no saben igual con resaca, ha visto un christmas perdío en la entrada que le ilusionaba que fuera para él y esto que me ha costado un güevo decirte nunca te llegará… pues igual)
PD: Vecina, era un chico de Zaragoza
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La chica que nunca se lo propuso
Sábado, Diciembre 12, 2009 · 8 comentarios
Se casa, es definitivo, mi primera novia seria. Por consiguiente, mi primera ex se casa.
En la vida de todo ser humano hay una primera vez para muchas cosas. Y casi todas las que recordamos años después suelen ser.., sí, de ésas, las que recordamos. No recuerdo la primera vez que metí un gol o una canasta, aprobé un examen o me tuvieron que echar puntos en la cabeza. De otras tengo mejor memoria. Y muchas de las primeras veces las compartí con una persona, ella, que en su momento decidió que sus próximas miles de nuevas primeras veces no iban a ser conmigo en adelante.
En realidad, remontándonos a los últimos acontecimientos del desenlace final, no llegamos a romper. Ninguno se atrevió. En realidad tampoco nos pedimos de salir, que se llamaba entonces, así que aquellos tres o cuatro años (para esto no tengo memoria) de vivencias compartidas fueron de amantes. Nos llamaban novios, pero ella prefería que nos llamaran amigos. Cogidos de la mano por la calle como amigos.
Con contrato, claro. Si tenía que salir en alguna foto besándome con alguien, tenía que ser contigo. Si tenía que soñar con alguien, tenía que ser contigo. Y si escribía con sentimiento a alguien, tenía que ser sobre ti. Acepté. Lo que nunca me convenció y es un clásico de las relaciones sentimentales semi abiertas o semi cerradas es la negociación sobre el famoso trío, fantasía sexual elevada al más alto nivel de las pretensiones vitales masculinas. ¿Un libro, un árbol y un trío? Fuiste la primera y luego llegaron otras, pero el discurso fue el mismo: “Yo estoy dispuesta a hacer un trío”. “Ah, vale (pues mira que esto va a ser verdad, pienso, so iluso)”. “Pero tienen que ser dos tíos y yo”. Vamos a ver, eso no es un trío en la acepción varonil de la palabra, arpía.
A veces no te llamé por tu nombre, de hecho casi nunca, pero jamás utilicé tu sobrenombre con otras. Y es cierto, muchas veces te amenacé con que si perdías ese culo te dejaría, porque te decía que sólo eras orejas y culo. Probablemente, eras mucho más. Y puede que mi teoría que tanto te atormentó de que a partir de los 22 las tías entráis en declive no estuviera del todo fundamentada.
Tú tampoco dijiste toda la verdad. Decías que nunca te casarías.
Después de tanto tiempo prefiero quedarme con las borracheras y las resacas, con las canciones con ron que te mencionaban y con las otras con tu nombre que en cierta manera me recordaron a ti, con la primera vez que te vi después de tu fuga y te habías puesto un pendiente en la nariz, por la arena de la playa y cómo te mojabas siempre los bajos de los pantalones en el mar, las veces que me pedías que hiciera ruido para que pudieras mear en la calle, los amaneceres con pelos de fragel rock, por los momentos en que se tomaron las fotos comprometedoras que nunca serán chantaje, por las fresas con nata que devorabas vestida o desnuda y por tantas otras cosas hasta el día que dijiste “no sé que voy a hacer el día que me vaya de erasmus”.
Por tus alusiones a mi raza semi extinta y por cómo me defendiste ante la bruja de tu tía que negaba una descendencia vikinga en la familia. Fue justo cuando te preguntaba por ella y comentaba a título personal que la bruja tenía que ser buena en la cama porque no entendía la paciencia del novio, cuando anunciaste: “por cierto, me voy a casar”. Nada explotó dentro, quiero decirte, sólo recuerdos, que es lo que ahora escribo. Es la primera vez que se me casa una ex y tenías que ser tú, claro, la chica que nunca se lo propuso.
Aquella que sólo quería escuchar a Hendrix y bailar como la pantera rosa, la chica de las carpetas de apuntes que se los dejaba en lo alto de una barra, a la que negué permiso para dar picos a bohemios de teatro y que sólo estuvo conmigo, la chavala que quería quererme cuando quisiera, sin esperar a los fines de semana, a la que no le llegaban las fuerzas para clavar un dardo en la diana pero dejó un alud a reconstruir cuando se marchó.
Aquella casi adolescente de aparatos que se alzó la primera vez para tocarme los labios y que al día siguiente se asustó cuando me abalancé como un pirata salvaje a conquistar el resto del botín, hoy ya es una mujer (y casi señora) que pronto irá con gran sonrisa de dientes perfectos a firmar el papel junto a su futuro ex marido. Enhorabuena.
Pd: si esto sale es que ha contado con tu autorización. O no.
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Un rocker en calzonas
Domingo, Diciembre 6, 2009 · 1 comentario
El cuerpo me pedía esta mañana salir a correr, para liberar tensiones. Odio correr los domingos porque uno, significa que no he salido el sábado, y dos, está lleno de domingueros con la familia en bici que estorban a los verdaderos profesionales. Pero hay que hacer lo que el cuerpo te pide.
Hacía frío, así que empecé a rebuscar el chándal largo, pero, oh sorpresa, no lo encontré. Continué con las sudaderas, pero, oh de nuevo, no aparecían. A pesar de ser tan temprano, en un movimiento de agilidad mental me sobrevino a qué responden las extrañas desapariciones de los últimos días, en concreto, desde el jueves que vino mi madre. Llamé por teléfono: “Mamá, ¿dónde está mi chándal?” “Pues me lo traje a casa que estaba sucio y en el suelo” En realidad, no estaba sucio y se ubicaba en el espacio establecido para la ropa de deporte, que puede que sea el suelo, no digo que no, pero es su sitio. La conversación dio para más, porque me fue desvelado el destino de las sartenes que, por lo visto, tenían grasa (me veo a sándwiches hasta nochebuena), de cinco camisas que, por lo visto, no estaban bien planchadas y de una botella de Tankeray que me había regalado mi compañero y amigo Tito Pedrosa que, por lo visto, había olisqueado mi padre a pesar de mis esfuerzos por camuflarla entre bolsas de plástico. “Tú te lo has buscado por tonto”, remató mi madre para recomendarme que pida por reyes una caja fuerte para las botellas como la de los hoteles.
Bien, a pesar de los repentinos inconvenientes, iba a salir a correr. Me dirigí al armario, calzonas y tenis puestos (no recordaba que tuviera las patas tan blancas) y le di tres vueltas a la ropa hasta encontrar algo que me sirviera de medio abrigo. Descartadas camisas, chaquetas nuevas y camisetas largas, opté sólo dios sabe por qué por una antigualla que ya casi no recordaba, una especie de chaquetilla corta negra de extraordinarios recuerdos con siete u ocho cremalleras y alguna que otra tachuela. Sería por la hora o por mis nuevas sensaciones jevilongas, que me pareció buena idea. La otra opción era un chaquetón largo con cuello de pelitos pero, recordemos, se trataba de hacer deporte, no de que me detuviera la policía o que al pasar por la alameda alguien me pidiera precio.
Para estas cuestiones es una suerte no tener en casa espejos de cuerpo entero, que ya te verás en la calle. De camino, todo hubiera ido bien (me vi el conjunto en el espejo de un coche y. hombre, era peculiar para quien no esté acostumbrado a los carnavales, pero a mí me valía), si no me hubiera encontrado a nadie conocido.
Mira que habré pasado veces este año delante de su casa, pero precisamente tenía que ser hoy. “Ehhh, psss”, noté que me llamaban. Era una hippie con la que estuve un tiempo hace un año o por ahí que, bueno, creo que ella nunca ha tenido espejo de cuerpo entero en casa, pero por primera y única vez que recuerde, iba algo más decente en su vestimenta que yo. “¿Ésta es la chaqueta tuya que me molaba, no?”, ha dicho. “Sí, ahora me la pongo para hacer deporte”, he respondido altivo otorgándole sentido al conjunto y, por qué no reconocerlo, con cierto aire de “fíjate para lo que me vale ahora tu chaqueta preferida” que es una cosa muy recomendable que hay que hacer con ciertas ex, aunque ya no te acuerdes de si fue uno u otro quien rompió o decidió no llamarse más, pero bueno, por si acaso. “¿Y te va todo bien?”, ha preguntado. He estado tentado de decirle “¿no me ves?”, pero he preferido guardar la respuesta para otra ocasión. “Sí, sí, todo bien”, y he seguido mi camino. Si fue ella quien decidió cortar por lo sano, hoy habrá despejado todas las dudas.
Ya en carrera me he visto bien. Mientras estás preocupado porque no se te salga el pulmón por la boca, nuevo oxígeno va llegando al cerebro, se te airea. Y casi no me he dado cuenta de lo que llevaba puesto, aunque sí que en cierto momento he anotado otra cosa por la que no me gusta correr los domingos.
La gente, aunque vaya a paso de tortuga, se pone la ropa del Decatlon y claro, parecen mucho más profesionales que aquí los verdaderos deportistas, que eso va por dentro y no por fuera, que yo hoy más bien parecía un jevi que está huyendo de una pelea y el tío estaba preparado porque llevaba hasta unas calzonas debajo de los pantalones elásticos. Suerte que no me había puesto mi muñequera de pinchos para secarme el sudor.
Sin apenas sobresaltos, a anotar un par de moritos que han salido corriendo cuando me han visto de lejos, y una tía que me sobrepasado (increíble) por el puente de triana y que he tenido que ir detrás hasta el alamillo hasta que se ha cansado y he vuelto a poner las cosas en su sitio (no porque fuera una tía, que también, sino porque a un rocker no se le adelanta así como así), he completado la etapa dignamente.
Al llegar a la meta, en vez de levantar los brazos, podría haberme tirado al suelo de rodillas con el puño en forma de cuerno y chillando “jir aiem taratarara rokiu laik a jurricaaineeeiiiemmmmmm”, pero he preferido no dar la nota. Más, claro.
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Science
Miércoles, Diciembre 2, 2009 · Dejar un comentario
Creo que voy a llamar a la revista Science. Tengo una teoría sobre las relaciones humanas y sociológicas que probablemente arroje luz sobre un colectivo, quizá minoritario, de gente que tenemos una curiosa incapacidad corporal: no podemos mear con otro especimen del mismo género al lado.
Llamadme raro pero yo, así de primeras, y de últimas, soy un tanto reacio a acercarme a un tío, no entiendo como hay gente a la que le pueden gustar, y si ya es con la mandobla al aire, como que paso de todas, todas. Y ella, como que se corta y no le sale el chorreíto, se siente vigilada y así puedo explotar por dentro que no le da la gana.
Dice mi madre (no sé cómo salió la conversación), que ya era así de pequeño. Que me llevaba al baño, me quitaba los tirantes, me sacaba la pilila, y que yo lo primero que hacía era mirar hacia atrás con cara de “esto no es un circo, así que vayan circulando”.
Luego llegaron los colegas, y ahí me fui soltando, después de la noche de las cervecitas. Teníamos hasta una costumbre cuando salíamos fuera del pueblo. Mear en los sitios emblemáticos. Y cuando los invité en mi primer fin de semana en Sevilla, que el lunes empezaba la facultad, ellos lo tenían claro: la Giralda, la Torre del Oro y Canal Sur. Era nuestro propio tour-meón. No es tan raro. Conozco a una compañera de la cadena que se jacta de haber meado en todos los parques naturales de Andalucía, vamos, que veía un pino carrasco y se bajaba las bragas sin pensárselo dos veces.
Ahí no se me daba mal, aunque reconozco que mientras pintábamos con nuestro pincel “ROTA” en tan ilustres fachadas, que menos mal que no somos de Alcalá de los Gazules, alguna vez tuve que pedir “¿alguien puede hacer sonidito de agua?” y sólo con el “psssssssss” me apuntaba al cuadro, feliz.
Y toda esta reflexión a qué viene y dónde está la teoría, se preguntarán intrigados los de Science cuando reciban mi reportaje.
Pues creo que hay una situación en la que ese colectivo de meada complicada no se siente solo en su desdicha, porque, en ese momento, a todos se nos encoge la picha.
Me ha pasado esta mañana y con ello validaré mi prueba científica.
Pongámonos en una oficina. Digamos así por imaginar que tienes una reunión super importante que has salido corriendo porque, para variar, el despertador se ha quedado mudo y sales con la camisa a medio abrochar que cuando llegas al curro lo primero que dices a tus compañeros es “un momentito, que ahora vengo”, porque encima ha estado goteando y eso te recuerda que has dejado deberes sin hacer.
Te encaminas hacia ese pequeño cubículo al que metafóricamente le dan por llamar aseo de caballeros, y estás ahí brindando por el sol de la mañana, portañuela abajo, cuando, de repente, alguien abre la puerta y entra. Te ha cogido de espaldas y no sabes quién se aproxima, pero cuando escuchas ese “hola” de una voz que te suena familiar, te vas concienciando de que, en ese momento, no te vas a aliviar. Es tu jefe.
Y se te pone al lado el tío, porque sólo hay dos y no hay donde elegir, el libre, que sólo faltaría lo contrario, que también te quitase de dónde estás tú. El tipo no dice ni mu, y empieza el ritual de la bragueta. Y tú, que eres un tío educado dices “qué hay” y el otro “ya ves… ¿bien todo?” y tú “sí hombre tirando”, no te vas poner a pedirle un aumento, pero por mucho que lo intentes, nada, se te ha cortado.
En esa ocasión, lo mejor es que lo dejes para otro momento y salgas corriendo, porque si te esfuerzas y lo intentas, será peor. Porque en esas situaciones, sea tu jefe o cualquier otro, va a hacer lo que este tipo de espécimen indeseable tiene por condición, que viene así por defecto desde la prehistoria, que es seguir la conversación filosófica con una frase intranscendente y entonces hace una cosa que no voy a comprender en la vida, que es ese “aaaaaaayyyyyyy” y con un leve gesto de cabeza, que es como que sí pero que no, ladea un poco la cabeza, una miradita y sí, te ha visto la mercancía.
Esto ha sido así toda la vida, lo único que varía es que los neardentales estaban detrás de una piedra, se hacían el remolón y entonces les salía “ugggghhhhh”…. y te la veían. Así que en esa situación, más vale que te cojan meando, pues a ver si no que coño pintas allí.
Por lo tanto, y en resumen, queridos científicos, mi teoría a compartir con el mundo, que ya me veo dando conferencias con diapositivas detrás, consiste en que esa incapacidad de algunos individuos que no pueden ver ni en pintura a sus semejantes porque les parece una cosa abominable son una especie de lo más común cuando se da un factor que ha sido así desde el principio de la historia y que viene a dar por cierta una verdad como un templo que afecta a toda la humanidad y que así seguirá por los tiempos de los tiempos, amén: los jefes no te dejan ni mear.
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