bErLiN (La Guía no Gay)

Lo que a continuación se transcribe es una guía rápida Viajeros a Berlín para gente no cool, no fashion, no coolfashion o superguay, de ésos que son moderné y por aquí te quiero ver. La presente guía se encuentra dividida en capítulos corrientes (comida, gente, noche, chicos/as sin tontería de arroba, idioma…), en definitiva, lo que escribiría Antonio Burgos cualquier mañana si llevase toda su vida en Berlín, verdades como puños sin medias lunas. Este manual de consejos para el viajero a Berlín no contiene rutas raras como las del Lonely Planet, providencia que nos ha guiado en la última semana y que, he concluido, es un tangue. Esta deliberada separación de la guía solitaria se fundamenta en las dos horas que nos pasamos ayer buscando en Prenzlauer Berg, barrio de acogida, un ciervo futurista en un parque escondido al lado de un taller mecánico que, con todo mi pesar, resultó ser que no estaba allí porque estaban reformando el parque y que me dio que pensar para qué carajo tiene necesidad un viajero a Berlín de buscar un ciervo futurista porque lo ponga una guía. Así que concluyendo que esta guía superchachi puede provocar en el viajero confusas decisiones (me veo a los guiris en Sevilla diciendo “Polígono sur, sur, flamenco, ole”), me limito a lo importante para quien quiera pasarse por aquí:

cOMiDa: Punto más importante y enigmático de la guía. Si alguien sabe dónde se come bien aquí, que ya no se preocupe que volvemos mañana. El viajero a Berlín no pasará hambre, hay miles de puestos callejeros y restaurantes italianos; eso sí, echará de menos un gazpacho cosa mala. Berlín es famosa por sus currywurst, una salchicha alemana más blanca que una alemana, troceada, frita en vino, y bañada en salsa de tomate con curry, finamente acompañada de patatas fritas congeladas. Una delicatesen, como su propia descripción indica, que puede estar bien para la tontería de una noche, pero a ver quién aguanta así todo el viaje. Su aroma impregna toda la ciudad. Yo olí una de lejos el primer día y mi estómago lleva malo una semana. Españoles en paro, aquí hay negocio. Como dirían aquellos, aquí te haces de oro con un puesto ambulante de serranitos, con su poquito de lomo, su tomatito, su pimientito, su poquito de mojo picón…

 

bEbIdA: Viajero español a Berlín, tráete una garrafa de seis litros de agua. ¡Una botella de menos de un litro en un bar cuesta 5,40 euros! No he preguntado si la traen de Lourdes (se entenderá cuando se lea el capítulo idioma y la gracia inexistente alemana para pillar los chistes). Aquí se bebe cerveza, y da igual que lleves tu litro por la calle, el metro o el autobús. Y se bebe a todas horas y a todas las edades. Alguna ha caído, pero si se ha leído el capítulo anterior, se entenderá que lleve una semana a coctails free alcohol, porque aquí no existe el acuarius (sólo uno grande en el que hay tiburones y medusas). Mi favorito, el tropical monson (sirope de vainilla, sirope de melón, zumo de limón, zumo de piña y zumo de melocotón). ¡Tan refrescante!

Mmmmm, ¡qué fresquito!

lIgOTeO. Si se ha leído el capítulo Bebidas, precisar que no me he vuelto mariquita y que todo se debe al primer capítulo, aunque el Viajero heterosexual a Berlín pronto comprenderá cuan desentonado está. Sólo una anécdota servirá para demostrar esta afirmación: Durante la última semana, se ha celebrado en este país el Mundial de Fútbol Femenino. ¡Y la gente lo ve! No es que lo vea, es que lo sigue entusiasmado en pantallas gigantes y ocupa las primeras páginas de todos los periódicos nacionales. (Lector español, absténgase de buscar en el Marca, no sale ni una coma). A pesar de mi lamentable estado físico propiciado por la indigestión del primer día, por la calle no me hacían muchos ascos, eso sí, me he abstenido seriamente de enseñar más pelito del pecho del debido. Aquí caben todas las opciones, hasta la de llevar a tu novia (o lo que sea) atada a la muñeca con un collar. Como punto positivo, no se te pierde; como negativo, tienes que mear la cerveza en el parque porque no te decides en cuál de los baños entrar.

Lo mejor era cuando saltaban. O lo hacían sintonizados o... arggg


cHiCaS. Franca decepción. Cuando Dios fue a repartir los atributos, aquí cayeron todos los culos-carpeta, denominación que se explica no porque te entren ganas de darle un carpetazo al verlo, sino por lo plano. Además todas son rubias, y las morenas por lo tanto según he deducido por una lógica incuestionable, aquí son las chungas, las que se pintan más que ninguna y toda la vida han querido ser rubias, pero no hija no, no han tenido esa suerte. A esto hay que añadir que la gran mayoría lucen unos peazos de tatuajes que no le caben en el cuerpo, que me pregunto yo dónde han visto que quede bonito que se tatúen todo lo que viene siendo el triángulo cuello-teta-teta. A mí francamente, me dan miedo.

una alemana-chunga por la calle. (A la modelo casi hubo que obligarla a beber... Que bien empina el codo, hija)


iDIoMA. Miedo que también se explica en a ver quién es el guapo que se atreve a plantarle cara a un mihura de más de metro ochenta que habla como un león, con esa erre que parecen que están a punto de escupirte. Si yo fuera alemán, llevaría ronco diez años. Una chica catalana de un bar de cócteles nos dijo que se pasó dos años y medio de curso en curso para hablar alemán. Aunque parece que se han aficionado a traerse palabras del castellano que le suenen bien. A la palabra Mallorca, con la que se bautiza en los restaurantes a todo lo que suene español o lleve chorizo, se le suman grupos o bares con los castizos nombres de La Chusma o La Vela Puerca, entre los que hemos podido descifrar.

Chicas tatuadas con mariposas; chicos mariposeando al lado

eSpAÑolEs ¿Por qué será que cuando oímos a un español en un país distinto nos callamos la boca y nos separamos todo lo que podemos no vayan a despertarnos de nuestro sueño aventurero? En una visita esta mañana al mercado de los domingos de Mauerpark, he comprobado que el Gobierno español no ha ponderado lo suficiente el volumen de nuestras exportaciones al exterior. Pregunta Sara en un mercado cuánto cuesta un bolso y le salta un hippie con pinta de alemán que resulta ser español que 180 euros porque lo han elaborado a mano y es de piel de camello. Aparte de que parece que sólo a mí en todo el mercado me han entrado ganas de preguntar si ellos mataron al camello con sus propias manos e hicieron el bolso o se lo han inventado porque son unos hippies guays, reparo en cuántos piojosos hemos exportado al mundo. No hay mercado ambulante en el mundo con un hippipunchi español.

Pareja de modelos en la Berlin Fashion Week


cOOl / fAsHiOn Y volvemos al principio para concluir, Viajero en Berlín, que si viajas a la ciudad en busca de la autenticidad que dice la guía del Lonely Planet sobre los creativos y alternativos que residen en ella, sólo encontrarás hippies de medio pelo, muchos pijos y niños bien con pinta de niños mal. Encontrar a un punki verdadero, de ésos que te amenazan con media litrona rota, se ha convertido en imposible por mucho que lo busques en esta renacida Berlín. Quizá en Kreuzberg, pero tienes que hincharte de andar y tener suerte. Habrá que crear una ONG Salvemos a los Punkis chungos.

¿Algo mÁs hijo, que vaya cómo te has levantado? Pues sí, una última pregunta-consejo sobre Berlín para desmentir las guías actuales. ¿Modernos como en Nueva York? ¡Ja!, pero no del alemán ja que quiere decir sí, sino del ja, ja, ja. Y otra cosa, ponerle por la noche luz a las calles por dios, que no se ve ni a quien tienes al lado. El otro día cuando me dí cuenta llevaba 20 minutos agarrado a un tío que no hablaba por no molestar.

Mapa de la reforma. Se supone que eso que parece un bicho espachurrao es el ciervo

PD: Mensaje para las familias. En realidad lo hemos pasado bien, sólo que hay días que te levantas un poco antonioburgos. Necesitamos tappers para un mes.

Manhattan-morfosis

Me ciega el primer rayo de sol que entra por la ventana. Dicen que se trata de un paréntesis: volverán las nevadas y la ciudad quedará de nuevo sepultada bajo un manto blanco. ¿Por qué he patinado como un pato estos días pasados con destinos no siempre claros y ahora que está soleado me quedo encerrado escribiendo en un (cuco) apartamento del Lower? Trataré de explicar el cambio, la transformación, la new yorker actitud, la manhattan-morfosis.
De todos es conocido que cada país tiene sus costumbres, sus modos de hacer, sus way of life, y entre los visitantes hay quien se adapta más o menos a ellos.
El principio pintó bien. Recién llegado del aeropuerto, la primera cerveza no tardó mucho en llegar, para ir aclimatando el cuerpo. Fue en un garito del Lower East con un dibujo de los Kiss en la fachada. Country, generosos escotes y cuatro pantallas con retransmisiones deportivas. Podría acostumbrarme.
Pero los primeros desajustes culturales no tardarían en llegar. Al día siguiente, bajé a desayunar. De muchos es conocido que servidor, con sólo un café, puede empalmar cuatro raves sin dormir, por lo que uno de mis primeros retos pasaba por pedir un café para llevar a las newyorkinas maneras, eso sí, descafeinado. “I want a coffe without coffe”, me lancé con mi inglés de Muzzy y quizá aún influido por el jet lag. Segundo intento: “I want a coffe without, without caffeine, like cocacola to sleep”.
No fue hasta el tercer intento cuando reparé en que el camarero posiblemente me comprendiera mejor en español, porque era básicamente primo hermano de El Puma. Así fue y él me enseñó cómo tomar algo calentito los próximos días sin riesgo de que me suba con los nervios a algún rascacielos. “Discoffe”, le entendí de primeras, lo que me torció el gesto porque me sonó a algo como café para discapacitados, para los que no aguantan el tirón de un buen café y me sentí herido en mi orgullo masculino, pero luego le entendí y me tomé el litro y medio de ‘dicoffe’ que me puso con un baggel, el mejor invento que he probado hasta ahora.
Lo peor aún estaba por llegar, porque en los capítulos decisivos para llegar a la manhattan-morfosis iba a tener que luchar contra mis dos déficits de personalidad históricos y ganar a la nación más poderosa con la que jamás me haya enfrentado y que aún me esperaba en Nueva York (ver capítulos anteriores): los coreanos, más en concreto, las coreanas.
Uno de mis déficits históricos es superar la atracción que me causa la palabra ‘descuento’ o en este caso ‘sale’ (la tarjeta de crédito sí que se `sale’ de órbita) y que me llevó a gastarme cien euros en calzoncillos en el Century, en el distrito financiero. Ir a NYC a comprarse calzoncillos no es muy espectacular, pero se me entenderá cuando en un rato relate mi experiencia llevando leotardos. Mi segundo déficit de personalidad pasa por que me digan: te puedes echar lo que quieras, es decir, buffet libre, porque ahí se desata un aspecto de mi personalidad que me lleva a experimentar, a probar sabores, a cómo pegará esto con aquello, y a crear, pocas veces suculentos manjares, las más de las ocasiones desafíos culinarios para la humanidad.

Sara es más de sopita de puchero con pringá

Esto pasó al entrar en un bar de esos de comida rápida y bocadillos gigantes tras cinco horas de andar (si se le puede llamar así) bajo la nieve. Para paliar el esfuerzo, me dije: voy a comer algo contundente y pedí un bocata de bacon, queso y huevo. “Lo siento señor, desayunos hasta las once”, me contestaron. Me invitaron a continuación a ponerle al bocata lo que deseara. Y yo que soy muy de mis cosas, dije “bacon, queso y huevo” y, de nuevo henchido mi orgullo, añadí pollo takisaki, cebolla y “¿eso qué es? Ah, pues guindillas”, esperando que alguna alarma sonara avisando “por fin, hay un valiente entre nosotros”, pero el tío me seguía mirando como si aquello fuera el entrante, un bocata Light.

EEUU en homenaje a los caídos por su fast food. Yo ya me veía ahí en medio con mi banderita del cádiz

Media hora después, creo, empezó la transformación. Creí que mi antiguo yo se moría y daba paso a otro. En mi estómago algo se movía y no iba a ser bueno. Tenía más grasa en las arterias que un cochino. El espíritu hipocondríaco de Woody Allen me poseía. Juré que sólo comería ensaladas de aquí en adelante, implorando clemencia, pero la manhattan- morfosis había comenzado. Los leotardos para aguantar el frío en esta ciudad nevada se convertían en mi segunda piel, aunque no daban más de sí.

Cuando conseguí respirar, ya era un auténtico newyorker. Entonces me reconocieron las coreanas. En mi anterior visita al MOMA, fui yo quien seguí a una y vi lo que ella quiso ver. Me la tenían guardada y esta vez son ellas las que me siguen a mí. Veo coreanas por todas partes y no hay manera de zafarme de ellas. De todos los varones es conocido que una visita al MOMA es ideal para: 1.- decir, esto lo pinto yo con los huevos y 2.- quedarte mirando absorto una de las obras de arte que pasan por allí, poner cara de interesante y rezar porque alguna se crea tu fingido interés y comience una conversación. Pero a mí sólo se me acercaron coreanas dormidas. En grupo. Y cuando intentaba ver algo, allí las tenía delante del cuadro haciéndose fotos.

ésta iba en plan amelie (para los detractores de mi fotografía: o sacaba la cabeza al enano y la coreana o a washington)

No sólo allí. En un supermercado me quedé alelado viendo cómo la gente se servía fruta de unos estantes, para imitarles yo a continuación, cuando una voz a mi espalda dijo “gai, i´m going to work”, que traducido es algo así como “maricón, deja de estorbar que me tienes hasta el coño”. Cuando me di la vuelta, sí, no podía ser otra.
Reconozco que esto sólo acaba de comenzar y que la transmutación es aún incipiente. Ni yo mismo puedo aún adivinar hacia dónde me conducirá. Por ahora me he comprado un reloj Kenneth Cole (no he llevado reloj en 31 años), duermo en una colchoneta en el suelo como los newyorkers, ya no me despierto con las sirenas de la Policía y ansío que llegue el fin de semana para ir juntos al puente de Brooklyn (y a los grandes almacenes de Nueva Jersey con sus ‘descuentos’, ‘sales’ y ‘your credit card is on fire’). También habrá tiempo de emborracharse a las newyorkinas maneras y buscar el mejor buggle de la ciudad, en el Upper East. Volveré pronto, así que, ladrones, abstenerse de entrar en mi piso, si no quereis ser sorprendidos por este auténtico Newyorker.

si quieres ser un auténtico newyorker, fijate en todos los complementos (yo voy así por la calle y ni me sacan coplillas ni ná)

Nota del autor: Quizá por evitar a las coreanas hoy escribo y aún no he salido a la calle, pese a que hoy no nieve y haya menos frío. Otra de las razones es que Sara me ha encargado hacer la colada en una de esas tiendas tan misteriosas llenas de lavadoras y que, seguro, no voy a saber utilizar y escribir es casi la única razón que tengo para librarme. Otra es que no puedo quitarme los leotardos parta lavarlos después de mi manhattan-morfosis; he cogido unos kilos y me rozan los muslitos. También temo porque la nieve, hoy hielo, vuelva a empaparme los calcetines, y por coger un resfriado por el sitio más insospechado, porque a pesar de los cero grados, mantengo mi costumbre española de ir enseñando la rajilla cada vez que me agacho. Y otra es que ayer vimos el musical de Spiderman y me recordó tanto a mí (un superhéroe en leotardos en Nueva York, con enemigos tan feos) que he preferido ponerme a contar historias. No obstante, ha comenzado a nevar. Es hora de volver a vivir otras 24 horas en NYC.

Las pinzas de la ropa

Pinzas de la ropa de colores: azules, verdes, rojas; pinzas de madera. Un diccionario de inglés en el sofá sobre el que me siento y se me clava un pico, creo que siempre el mismo y en el mismo sitio; mis libros tienen los bordes de las páginas doblados, lo sé, soy un descuidado. Una botella de vodka enfundada en cuero con tachuelas; yo llevo una botella de Johnny medio vacía (o medio llena).
Tus 180 cd originales, mis ocho piratas. Un poster de los Stones, a cambio, otro de Josele Santiago. Una montaña de revistas de la Popu, 12 al año; mis revistas porno que escondí debajo.
Tu reloj de cocina de los Kiss, mi disco-reloj de los Led Zepelling, en vinilo. Si alguien vino no lo sé, no suena el ring, le diste al interruptor cuando te fuiste y la luz se fue al carajo.
No puedo encender mi tele, ni tu equipo de música. La llamas Yamhita, como el fuego interior. Sin internet y sin el Plus, me entretengo con el ordenador.
No me da conversación ni mi Pelocho y me entra apetito. De tu padre, unos pestiños; de mi madre, un bizcocho. El frigo está vacío, habrá que ir a El Rinconcillo.
En el vestidor, mis zapatillas de deporte, tus botas de tacón. Como hagamos ruido, ya verás el vecino cabrón… Las paredes son de papel, ¿se habrá comido el tío el roscón?
Tus 40 cajas de zapatos, mis tres pares de chanclas. Tus diez bolsos, mi maleta naranja. Tus espejos, mis poses de macarra. Tu as de trébol, y yo sin baraja.
Tu cinturón morado, la correa que no es mía, sino de Raúl. Tus secadores de pelo, tu baúl; mis cuatro mecheros y ningún cenicero. Tu batín rosa de Hello Kitty, el mío gris de marqués de Sol; tu sombrero de pluma que, por cierto, te compré yo.
Un puzzle, con una foto de los dos en Copenhague, ¿quién se atreverá a hacer de esto una canción? Podrá utilizar tu guitarra o tu pandereta, yo intentaré poner la voz. El mundo gira en un sentido absurdo, yo te espero. Esto es de Quique González, lo escuché ordenando el ropero.
En el baño dos cepillos, uno verde y otro amarillo. Dos geles, el tuyo aloe vera; el mío olor pino.
Ya llegará algún simpático que diga: el piso qué bien, ¿y el cuarto de los niños? Lo mandaremos rodando por las escaleras, del segundo hasta el bajo; recuerda, te cargaste la luz y no se ve un carajo.
Un espejo de la luna, en el cuarto de invitados; en el nuestro, las estrellas fluorescentes del cielo. Un poster de Silvio, el maldito rockero; te metes temprano en la cama, yo miro al techo y sueño.
No me importa el diccionario, aunque me rompa el orto; ni que tengas tantas cosas, que yo apenas quepa en un rincón; porque cada vez que llegas, te miro y me quedo absorto. Y aunque peque de romanticón, me da igual las pinzas que utilice, las de sin color, las yelow, red or blue; si me cuelgo a partir de ahora, is only for you.

El aburrimiento de la vida en pareja (un día antes de vivir en pareja)

Este capítulo podría suceder a otros como ¿mejor viajar en pareja, con amigos o solo? o ése otro de ¿mejor salir por la noche con ella o con tus amigos? Hay quien se decantará por una de las opciones y otros dirán que por qué no es posible aunarlo todo y hacerlo todo con la pareja, los amigos y llevarse al perro si hace falta. Algunos habrá que prefieran hacerlo solo, sin amigos ni pareja que les ladre. En el caso que nos ocupa, la convivencia, todo no puede ser posible. Así que si es con pareja, no es por lo tanto ni con amigos ni solo, tampoco con más parejas y en mi caso ni siquiera con perro. Primer ejemplo ejemplificador de aburrimiento.
La vida en pareja, presumo, no es como la vida solo o la vida con amigos. Uno vive solo y convive con sus cosas. Uno vive con amigos y convive con las cosas de los demás. Uno vive en pareja, y las cosas no conviven: las cosas están ordenadamente puestas en sus armarios, altillos, estantes, clasificadores y demás muebles castrantes de la libre y alegre ubicuidad de las cosas.
Porque un concepto llamado organización revela su verdadero nombre cuando la vida es en pareja. En un piso con amigos o solo, ese concepto es más libertario.
Por ejemplo ejemplificador: No creo que en un piso de pareja vaya yo un día a abrir la ducha y me encuentre a alguien durmiendo allí, cosa que he visto en las pelis americanas y que siempre he deseado que me ocurra. En un piso que viva ya solo o con amigos es más probable, porque con la borrachera no se sabe a qué extraño te puede dar por acoger. En un piso de pareja, todo está organizado y se prepara un cuarto de invitados. ¡La diversión se diluye por el desagüe!
Y no sólo hablo de la organización de las cosas o de los amigos y extraños que llegan borrachos, sino (ay dios mío, aquí viene) sobre la organización de las ¡tareas!
Porque a mí me la pueden colar si me cogen algo borracho de que irse a vivir juntos es lo más bonito del mundo. Vale, yo me lo creo. A mí me pueden decir que irse a vivir en pareja es la consagración de dos proyectos que se unen en uno solo. Y yo digo, vale chocho, que bonito te ha quedao. Y a mí me pueden decir y yo digo que vale que es muy romántico, que mola mucho, que se comparten muchas cosas, que no hay nada como dormir juntos, por más que yo al Cupido sólo le vea en el zurrón una carterita con algunos billetitos de más que te ahorras. Pero yo a todos esos sensis les digo que más pronto que tarde sale en la conversación la pregunta sumum del aburrimiento, la que da nombre a las cosas aburridas de este mundo, que quien la vea romántica que lo metan en una jaula. Y ésa es: ¿la cocina quién la limpia?
Creo que he salido ganando porque a mí toca el baño y los cuartos, me libro del salón, la cocina y el pasillo, aunque éste último extremo no se ha abordado, pero en mi opinión va ineludiblemente vinculado al salón. Lo de la lavadora, la plancha, quién hace de comer y no sé qué cosas más ya no he atendido, porque yo por las mañanas me despisto. “Quita esa mano de ahí, me duele el cuello”. “Lo ves, otro ejemplo ejemplificador de aburrimiento”.
En lo que ha habido más controversia ha sido en el tema de los postres. En el reparto, he afirmado tajante que los bizcochos y las tartas las hace ella, algo que ha visto como ejemplo ejemplificador de mi conducta machista y cuaternaria. Ha dicho algo como “por ahí no paso, que vamos hombre, qué te has creído”.
La he intentado instruir que los postres no son cosas de hombres, ni siquiera la tarta al whisky puede considerarse como algo verdaderamente masculino. Si acaso, la tarta de café y poco más. “¡Pero si tú tomas descafeinado!”, ha contrariado con un argumento completamente ajeno a la cuestión que se trataba.
Ha continuado que su padre hace mousse de chocolate, algo que tampoco veo yo muy de hombre, la verdad. Ha replicado con los grandes chefs, que son hombres, pero yo de los que he visto, Arguiñano es el que mete al ciervo o al jabalí en el horno, vivo si hace falta, y de las tartitas se encarga la hermana.
No obstante, y como muestra de buena voluntad ante un futuro común en una próxima convivencia en pareja, me he ofrecido a que cuando ella quiera y le apetezca, estoy dispuesto a aparcar mi condición masculina completamente ajena a la elaboración de postres y divertirnos los dos haciendo una gran mousse de chocolate con todos los cacharros que hagan falta. Total, la cocina le toca fregarla a ella. Quedáis invitados. En el salón, claro.

Tú, yo, me, mi, contigo

Echa la vista diez años atrás, ¿te reconoces? Ahora remóntate quince, o veinte años. ¿Qué tienes en común? ¿Y entre ellos? Si pudieras hablar con tus antiguos tú, los consejos más interesantes se los darías al de más edad, previniéndole de lo más cercano, y con el otro, más enano, os divertiríais jugando a los parecidos, embobados mirándoos uno al otro. No somos los de antes, ni seguramente aquellos se imaginaban que iban a ser como eres ahora.
He echado un vistazo a mis notas de párbulo, de cuando tenía cinco años. Es un papel amarillo que conservo plegado entre las páginas de un libro tras la sorpresa de su hallazgo hace unos tres o cuatro años. Ese pequeño-antiguo yo quería mostrarse orgulloso ante sus padres y así lo evaluaba su profe de preescolar: “Ha progresado desde el principio hasta ahora de una forma espectacular ¡Les felicito!”. Reconozco a ese crío. Le cuesta arrancar, se impone la meta de no decepcionar a los demás y concluye exhausto y aliviado. También identifico a mi ex yo en los tres cates, donde necesita mejorar: No utiliza la plastilina de manera creativa (lo mío no han sido nunca las artes manuales), no recorta y pega con destreza (ídem) y no diferencia el concepto espacial derecha-izquierda (profecía temprana de otro concepto futuro, el político).
Estas torpezas se reproducen en mi segundo ex yo, el adolescente. En artes manuales, mis porros eran auténticas trompetas. Recortar los golpes y pegar tampoco se me dio bien en las peleas de pandilla, yo era más de fuerza moral. Y por mi dislexia, creo que se retiró mi profesor de autoescuela (“gire la primera a la derecha, ¡he dicho a la derechaaaaaaaaa!”). Pero en otras cosas, iba mejorando. A ése yo no le importaba tanto lo que pensaran los demás, ni siquiera sus padres, y pronto comenzaría a tomar sus propias decisiones. Estudiaría lo que le apeteciera, probaría, descubriría, arriesgaría y viviría a su manera.
Esta regresión de la que hablo adquiere sentido ante un inminente acontecimiento: dejo mi pisito de soltero.
Puede que dentro de diez años, mire atrás y me vea, al yo de ahora, recogiendo sus pertenencias para disponerse a empezar una nueva etapa. De ahí que dé importancia a la criba de objetos y demás que desecharé y nunca volverán y a aquellos otros que decidiré me acompañen en adelante.
Las cortinas, aunque las donase mi madre, se quedan fuera. “Son antiguas”. “¿Estás llamando antigua a mi madre?” “A tu madre no, a las cortinas”. Está bien. Lo de la ropa a los pobres ha sido cosa mía. Alguna le cabría a mi ex yo de hace diez años, al actual no, compruebo. Me veo a los indigentes de la calle Imagen vestidos en dos días con camisetas sin mangas y pantalones rajados por las rodillas.
Asunto más delicado. Con las revistas porno, ¿qué hago? Mi ex yo adolescente lo tiene claro. Ábrase aquí un capítulo aparte.
Puede que se dé el caso de que algunos seres humanos masculinos conserven algunos ejemplares de este tipo de revistas (no necesariamente duras, algunas pseudo eróticas) desde su más tierna adolescencia, como recuerdo de aquel periodo de iniciación. Años atrás, constituían un preciado tesoro entre sus congéneres. Pasaron los años ocultos a ojos extraños, en un altillo o entre las toallas por ejemplo, algunas de ellas han sobrevivido incluso al olfato inquisidor y omnipresente de una madre, y a pesar de que pudieran haber perdido su utilidad original, desprenderse de este material deja siempre un pozo de melancolía. Esas chicas, se entienda o no, fueron las primeras confidentes de nuestras fantasías y ahora por el simple hecho de irse a vivir con una real, no tienen por qué verse abocadas al frío destierro. No hay deseo, son como nuestras primas. Con dos tallas más de sujetador y sin aparatos, pero como si fueran de la familia. “He decidido donarlas a una biblioteca”, decido generoso. “Puedes hacer lo que quieras, si quieres te las quedas”. Pero ya he decidido desprenderme de ellas, no me acompañarán.
Ha sido un golpe duro, no puedo ceder más. “¡El cacharro de poner velas que me regaló mi amigo Juan se viene!“. Negocio sin rival, ella ni siquiera sabe de qué estoy hablando. Entonces reculo: “La verdad es que tampoco a mí me gusta demasiado, ni siquiera lo he utilizado, además hace como ocho años que no veo a mi amigo Juan”. “Pues ponle una vela a ver si aparece”, masculla. Sólo quiere que la deje dormir.
Hago un repaso de las cosas materiales que quiero llevarme de este piso. La verdad, es que ni siquiera llego a contar con los dedos de una mano las que mi yo futuro puede echar en falta. No es eso lo importante.

Por eso convocadas todas las versiones, concluimos que hay que seguir adelante, una nueva etapa. Lo hemos decidido no por lo que se espera de nosotros, sino porque así lo hemos querido. Sin nadie que nos evalúe, nos fuerce o nos indique la dirección. Progresamos adecuadamente, pensamos. En el nuevo piso nos reuniremos aquellos que fui, lo que soy, lo que seré y tú. Espero que haya sitio.

Salir del armario

De un tiempo a esta parte hay quienes me preguntan por qué escribo con menos frecuencia en el blog. Éstos, a quienes agradezco su interés, especulan con un elenco de ocupaciones sustitutivas del tiempo que antes le dedicaba a este espacio. Como solía y suelo escribir de noche, se relaciona mi falta de actividad con la carga de trabajo del periódico que ha ensanchado mi horario hasta horas intempestivas, o si es fruto del cansancio y del hastío hacia el ordenador, o quizá no escribo tanto como antes porque se me han agotado las ideas, o me he vuelto perezoso y me acuesto antes, o quizá porque mis cenas son más elaboradas que el frugal trozo de pan con queso que componía mi particular dieta mediterránea y por esto estoy más gordo. O a lo mejor porque me voy de bares y me dan las mil o si es porque me he echado novia o qué.
No conjeturan mis apreciados sin embargo con referencias culturales, como que estoy sumergido en la lectura de la vasta obra de un autor austro-húngaro o que me ha dado por ir al cine a ver pelis iraníes en versión original, cosas que por cierto me dejarían también frito a la primera y serían razones válidas de mi desapego bloguero. Así que esquivo todos estos argumentos perfectamente comprensibles y proclamo que la verdadera razón, el leit motiv, la pasión de mi noche, el desvelo de mis sueños, mi compañera y amante, se llama PES. PES de la Play 3, claro.

Para aquellos que aún no saben de qué les hablo (no saben lo que se están perdiendo), obvia decir que se trata del mejor juego de fútbol jamás creado para la consola de videojuegos más potente jamás conocida (así en palabras, pierde magnificiencia). La versión actualizada con el parche no se qué para la edición que me han regalado, la que corresponde a la liga 2010-2011, tiene una opción con la que ya no hace falta que ruegues a tu colega que vaya a tu casa a echar una partidita, asumiendo consciente y feliz que te va a dejar el suelo lleno perdío de pellejitos de cacahuetes. Os preguntaréis por qué. ¡Porque se puede jugar en línea! ¡Con el mundo entero!
Para los que aún sigan leyendo y no se hayan desmayado de la emoción que nos embarga, basten unas líneas para describir lo que para un ser humano ultra competitivo como yo supone un reto de semejantes dimensiones. En resumen, horas, noches, sueño, victorias, amargor de la derrota, revancha, castigo, humillación, consuelo, euforia, alegría sin fin… gol. En una tele grande. Con su cable HDMI. Con un vaso de whisky o de leche con colacao, qué más da, y su paquete de tabaco. Creo que cuando era pequeño, ésa era la imagen con la que soñaba cuando fuera mayor. Yo, más grande y con barba, con los ojos to saltones delante de una tele grande, con un joystick con muchos botones y haciendo lo que me diera la gana sin mi madre pasando la aspiradora por debajo de las piernas.

Y no me da vergüenza reconocerlo. Sí, salgo del armario. Tengo 31 tacos y, cuando me olvido echar el cerrojo de la puerta cuando salgo, sólo temo por una cosa si entran los ladrones.

Llevo tres días jugando en línea y he hecho hasta un estudio sociológico. Empecé a ganar puntos (victorias) el día libre que tuve y jugaba con todo el mundo, de cualquier edad, pero por las noches, pasadas las 12, ahí estamos robando sueño los treintañeros que, por experiencia (son muchos PRO) son mejores jugadores y me la dan. Solución: espero a los niños que salen del colegio, sobre las 3, y me hincho. Sé que puede sonar algo raro, pero ya lo he dicho, mi competitividad me lleva a la depravación. Hoy sin ir más lejos, he jugado contra un niño catalán que se cogió al Barcelona y le he metido cinco. Me gusta llamarle justicia poética.

Eso sí, después el pequeño cabroncete, que había conectado un micro a la play y no paraba de insultarme en mi tele mientras su madre por detrás le regañaba, se cabreó y me dio por tos laos. Me ha metio tres o cuatro y no me ha dado ni tiempo a desconectarme de Internet para que no me contabilizara la derrota (una práctica poco decorosa, cierto, pero esto es la guerra).
Si un treintañero tiene que correr hacia el router y desconectar a todo el barrio si hace falta para que no se registre en los anales una derrota ante un escolar, se hace y punto. Por eso le he dicho a Sara, que está por Barcelona, que si ve a un niño to contento por allí le dé una colleja, por si acaso es el que me ha ganao, y le diga “niño, ya está bien de jugar a la play que te vas a quedar tonto y ponte a estudiar”. Y ahora que me he desahogado, y que parece que el pequeño cabroncete se ha desconectado, voy a volver a lo que realmente me ocupa y preocupa, queridos amigos, que hay por aquí un ruso que se ha cogido al equipo de su pueblo y tiene toda la pinta de ser mi próxima víctima. Ciao!!!

PD. Este post va dedicado a todos los que me comprenden. Para el Juasmas, el Raúl, el Vargas, el Poli, el Juanjo, el Aitor…. y tantos otros. Lo siento, no puedo escribir más, estoy emocionado.

¿Por qué lloran las mujeres?

Escenario. Dos personas sentadas en un sofá. Él, un hombre; ella, una mujer. De repente, en el transcurso de una conversación no demasiado tensa y sin que él se percate de que algo grave haya pasado, a ella le viene una sensación, le llega, está a punto, se avecina, es inminente, se le acaban de poner los ojos vidriosos, la voz se le entrecorta, un leve suspirito y… las primeras lágrimas acaban de caer.

El ser humano masculino, absorto mientras tanto en la peli que ponen en la tele, porque sabemos hablar y ver una peli de las de guerra a la vez, repara en que su compañera está llorando. Saltan todas las alarmas, evidentemente, porque ese ser humano masculino entiende las lágrimas como que algo malo está pasando. Entonces, comete el error: se acerca y pregunta incauto qué es lo que pasa. Las tímidas lágrimas del principio se suceden entonces en cascada, vertiginosamente, un río se desborda y el ser humano masculino se echa para atrás, se asusta y piensa de nuevo: ¿qué coño ha pasado? Ella mientras tanto continúa en un llanto inconsolable y contesta repetidamente a su compañero que “no ha pasado nada, no ha pasado nada”, dejando en el aire sin embargo la sospecha de que algo ha pasado, pero que a él su inteligencia no le daría ni en cien años para entenderlo.

Bien, analicemos la cuestión desde un punto de vista racional, y atendamos a las variables de tiempo, biología y sociología.

Primera: si eres un ser humano masculino y estás viendo una peli de guerra en la tele, probablemente no hayas reparado en que ella al llegar a tu casa o al sentarse en el sofá ya tenía marcado en la frente que algo le pasaba. Por lo tanto, cuando te preguntas “¿qué ha pasado?”, muy probablemente la circunstancia por la que ella esté llorando no se remonte a los últimos cinco minutos, y menos aún a que esa desconsoladora emoción haya acontecido durante el transcurso de la publicidad de la película, que es cuando te has dado cuenta de que está llorando. Si fueras observador, habrías supuesto que esto se remonta a antes, mucho antes, incluso puede ser antes de que te conociera. La escopeta ya estaba cargada. Puede haberse acordado de cualquier acontecimiento o sensación desagradable, incluso puede estar pensando en la muñeca que le rompió su hermana mayor cuando tenía cinco años pero, por lo que sea, el marrón te lo vas a comer tú. Así que consejo: apaga la tele, porque ya la peli no las vas a ver.

Segunda: La razón biológica por la que una mujer llora es indescifrable. Hay científicos que la achacan a una hormona llamada prolactina, según he encontrado en Internet, donde por cierto no viene que esa jodida hormona pueda ser calmada ni con chocolate, ni con otra suerte de dulces, ni con promesas de escapadas románticas a la luz de la luna ni siquiera con la pócima siempre a nuestro juicio infalible de un “te quiero”. Si estás sentado junto a un chica con la hormona desarrollada, eso a lo que ellas llaman “no te preocupes, es que yo soy muy llorona”, primero reza y segundo coge pañuelos que tienes para rato. Así que como contra las leyes de la naturaleza no se puede luchar, consejo: quédate callado, todo lo que digas o intentes averiguar mientras ella esté llorando, será irremediablemente utilizado en tu contra con las razones de “es que tú no me entiendes” o su prima hermana “es que tú no te enteras de nada”.

Tercera: Ser humano masculino, piensa en la última vez que lloraste. ¿No fue acaso cuando a CR7 se le escapó ese tiro pegadito al palo que pudo marcar el rumbo de ese partido que al final tu equipo acabó humillado y te fuiste a la cama sin cenar? ¿O fue entonces, recuerda, cuando te cogiste un dedo contra la puerta, justo cuando llorabas de alegría porque tu equipo acababa de ganar la última Liga, la Copa de Europa o el torneo de futbol alevin que hacen en navidades? Haz aún más memoria, ¿cuándo fue la última vez que te vieron llorar? Matarías a cualquiera de los wikileaks si lo desvelaran. Socialmente, también tenemos distintas razones para llorar, todas comprensibles, sólo que las nuestras pueden ser más materiales y profundas y las de ellas, más espirituales y, por lo tanto, volátiles.

Por estas razones, volvamos de nuevo al tiempo. Porque pasarán horas de dolor por ese tiro pegado al palo, mientras la jodida prolictina, al paso de cinco minutos, se desvanece. Para entonces, con la tele ya apagada, estarás dándole besos en la cara hasta que pienses que esa sonrisa que le nace sucede gracias a tu acción y a tus palabras, eso, sin saber aún qué ha pasado ni asomo de que te lo expliquen. Entonces, mientras tú tienes toda la cara llena de mocos, la preocupación de ella ya desahogada se ha trasladado hacia “ala, ahora con los ojos hinchados, voy a estar fea”.
Y al día siguiente, cuando aún te preguntes por qué a la muchacha le dio por llorar, si tiene algo que ver contigo o tus ancestros, andes cauteloso en todas tus declaraciones para no despertar de nuevo aquellos demonios interiores en su espíritu, y sientas todavía el corazón en un puño si rememoras el drama, ella ya no se acordará ni un segundo de la noche anterior y te dirá: ¿Qué pasó?

PD: Hasta las chicas más duras, lloran.